Tuesday, May 04, 2021

"Devocionario, de Manuel Iris", texto de Alberto Hernández

 


“DEVOCIONARIO”, DE MANUEL IRIS


Tomado de Cuarruaje de pájaros


Por Alberto Hernández



1.-

Entre la palabra y el silencio, la devoción, ese apego a quien aporta vida y cercanía. Entre la palabra y el silencio se cuaja el poema, se establece un pacto. La precisión plural, los dos en uno, favorecen la creación, el brote, la generación de una fe que sólo existe en el sonido que emerge de la poesía. Ser devoto significa estar apegado a una fe, a un misterio, al Dios que se concibe, el que anda entre todos aupando revelaciones.

La palabra tiene nido en el silencio, como el silencio anida en la palabra. De esta confirmación nace lo nuevo, lo siempre novedoso, lo que no envejece porque existe entre la palabra y el silencio un puente para alejar el tiempo, enemigo de todo lo que se percibe.

“Detrás de la palabra,

en la palabra misma

puede revelarse”

Una devoción siempre radica. Siempre es origen donde habita una voz, el musitar de alguien que dejará una huella invisible o material sobre la cual alguien más podrá recrear el mundo interior, la fuerza de la belleza, ese estigma que para muchos es un secreto.

Entre la palabra y el silencio está el todo y la nada. Ese espacio permite invocar un eco, confirmarlo en signos y símbolos que habrán de añadirle a la existencia el poder de lo escondido.

“¿Qué lado del silencio habita?”

Es decir, sacar del fondo lo que ahora será conocimiento: traducir, convertir en entendimiento, en revelación. Quien traduce inventa, reinventa. No sólo traiciona, como se ha dicho tantas veces, se traiciona, sino que crea una nueva posibilidad de traición. Es decir, silencia.

Traducir también concibe el silencio como una posibilidad para cobijar lo conocido.

“Escucha el alma

transparente

de las cosas”

La poesía –intraducible-permite muchas veces ciertas aproximaciones. Se escribe en un idioma, desde él se traduce lo que ese idioma da a conocer, más allá de que quien lo hable sepa mucho de él. Detrás de las palabras, de todas las palabras, hay algo o alguien oculto. Ese misterio lleva al sujeto devoto a la fe, al robustecimiento de la consolación.

Un devoto se debate entre oraciones, plegarias, rezos, ´clamaciones´, avivamientos, con la anuencia de las palabras y los distintos silencios que ellas, las palabras, conciben.

La poesía estará siempre presente. Y lo ha estado desde las primeras voces que se elevaron en medio de tormentas, terremotos, inundaciones, oscuridades, iluminaciones, miedos, terrores. Desde esos distintos paisajes, naturales o sobrenaturales, las palabras. Y mucho silencio. Cada voz, cada petición, cada frase en una reiteración de dolores, se vertieron plural como poesía. En poesía. Palabra y silencio fueron sus ingredientes.

“Nuestra saliva

es tinta

de la espera”

2.-

“Devocionario”, de Manuel Iris, fue publicado en Bogotá/ Colombia por El taller blanco editores en la colección Voz aislada, este año que cierra, 2020.

Es un libro dividido en tres tramos, en tres estancias, en tres partes por donde circula la tensión de las palabras y su empalme vital, el silencio, ingredientes para elaborar discursos, proposiciones, alegatos, pero en este caso, oraciones, intenciones hacia arriba: el arriba divino que tiene calco en la tierra.

Se trata de un poemario religioso en el buen sentido de la palabra: se asume como ligamento, contacto entre los que aquí están, en el globo terráqueo, y el que está arriba, en las alturas. No se trata de congregación o amuleto para propiciar una entelequia. Es un libro de rezos que provienen de la boca de un hombre que armoniza con el lector. Reza para hacer poesía. Y lo hace parafraseando, creando la oración, recreándola. No es un palimpsesto. Es una proximidad a quien una vez, hace siglos, también dijo esas oraciones con otras palabras. El hombre de hoy, el poeta, las asume con el tiempo que vive.

Religión viene de “religare”. Relacionar, tratar de establecer un contacto con Dios. Todas las religiones, sectas o sociedades secretas se valen de esa palabra para dividir, para expresar que son la verdad, pero la misma expresión ´religare´ desmiente esa propuesta. Siempre ha existido la intención de comunicarse con el cielo. De establecer un contacto con el que está más allá de un más allá hasta ahora imposible. Dios, el que dirige todo, el Todopoderoso, está muy alto, de modo que había que crear una palabra para definir el intento y desdibujar el correlato de la verdad absoluta.

La tercera parte del libro de Manuel Iris nos lleva por esa vía. Antes, “Traducere” y “Silentium” para poder llegar a “Devocionario”, lugar donde están esas voces que buscan el acercamiento con Dios. Porque Dios es un lugar, un espacio inmenso que oye las palabras de los más pequeños, de su creación. Así ha sido establecido en el monumento verbal mayor, la Biblia, un libro –muchos libros- de poesía y narrativa que ha encumbrado la fe y el conocimiento.

En esta región del libro de Iris ´se´ habla del origen, se invoca a San Juan de la Cruz. Se hace un canto al poema como emblema de plegaria, como texto rezado y para orarlo, decirlo desde la sacralidad, sin olvidar que estamos en la tierra.

El Credo, el Ave María (“Salve Regina”), el Padre Nuestro (“Misterio Nuestro”), salmos, acción de gracias. Voces, voces, plegarias, peticiones, desde una petición que origina el resto de las palabras que, entre tanto silencio, se siguen pronunciando.

“JACULATORIA

Déjame ser, poema,

el cristal de una lámpara,

el vaso de una vela.

Que tu luz me habite

y un silencio, tuyo

lo proteja”.

Pero es el silencio el protagonista. Siempre estará mientras la mirada del suplicante busca la mirada del Otro.

En “Plegaria del que intuye” reza:

“Silencio,

concédeme la paz de la ceguera”.

Un duro verso que sugiere un cierre, una vuelta atrás, el latido de una voz que sigue orando, que sigue mostrando el silencio donde habita el poema.

 

 

 

Alberto Hernández. (Calabozo,1952). Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano. Reside en Maracay, Aragua. En 2020 fue designado miembro correspondiente de la Academia Venezolana de la Lengua por el estado Aragua. Tiene un posgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB) y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Nortes (1991), Intentos y el exilio (1996), Bestias de superficie (1998), Poética del desatino (2001), En boca ajena: antología poética 1980-2001 (2001), Tierra de la que soy (2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano: poesía en tránsito (2008), Puertas de Galina (2010), Los ejercicios de la ofensa (2010), Stravaganza (2012), Ropaje (2012) y 70 poemas burgueses (2014). Además ha publicado los libros de ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981) y Notas a la liebre (1999); los libros de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (2000) y Relatos fascistas (2012), la novela La única hora (2016) y los libros de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999) y Cambio de sombras (2001). Dirigió el suplemento cultural Contenido, del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Publica regularmente en Crear en Salamanca (España), en Cervantes@MileHighCity (Denver, Estados Unidos) y en diferentes blogs de Venezuela y otros países. Sus ensayos y escritos literarios han sido publicados en los diarios El Nacional, El Universal, Últimas Noticias y El Carabobeño, entre otros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe. Con la novela El nervio poético ganó el XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2018).

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