Friday, January 17, 2014

Otros también levantan la mano


                            
                                Para Roberto Fernández Retamar

                             Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
                             las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
                             y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
                             que sus padres y más delincuentes que sus hijos
                             y más devorados por amores calcinantes.
                             Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.


                                                Roberto Fernández Retamar, Felices los normales






…pero también hay que pedir un sitio
para otros
los que no hacen ilusiones ni las sinfonías
los que no tienen sueños
los insignificantes
los que han amado hasta la empuñadura
porque no entienden otra forma del amor
los que rechazan un café que no pueden pagar
y salen de los sitios vestidos de tristeza
y no tienen zapatos
los que andan bajo lluvia
sin el prestigio de escribir palabras que nos desbaraten
los que reparten pan
los que se quedan siempre
los que no saben llorar y que sonríen
los que no tienen nombre
o cuyo nombre no interesa
porque nunca han intentado que se lo aprenda nadie
los que no han hecho más revolución que amar
y ser decepcionados rutinariamente
los que jamás se rinden
los que no se han afiliado con ningúnpartido
los que no importan nada
los anónimos
los mínimos
los transparentes
los que no llaman “normales” a los otros
y que tampoco entienden
la felicidad.



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El presente poema fue publicado antes en Blog Indieo  y en la revista La Otra

Friday, January 03, 2014

Devenir




Salimos de la casa y vemos a los personajes habituales por aquí, en el barrio de Ludlow: el anciano, siempre con zapatos deportivos y sombrero mexicano, que vende un periódico diciendo Street vibe, Street vibe, one dollar; el otro con su corte de pelo tipo militar y los dos ojos perdidos, siempre sonriente, agitando –porque no puede controlar su mano—un vaso desechable que en la mañana tuvo su primer café y que ahora tiene las monedas que le dan los que pasan. El que llamamos “el pingüino”, siempre de traje, corbata y con cara de desasosiego, entrando y saliendo de las tiendas y del cine con su paraguas al brazo. Si fuera noche y estuviéramos en el bar de enfrente veríamos a ese otro de unos sesenta años vestido de mujer en una noche de gala, pero es de día y llegamos al café y vemos a Judith, la mujer mayor de pelo casi violeta que siempre se sienta en la misma mesa y pide un café sin cuchara y un plato con rebanadas de aguacate para pasar el rato mientras teje bufandas y sombreros, que luego vende a sus amigos.

Siempre me han causado atracción estos personajes, le digo a Claudia.

—¿Qué personaje serás tú, en unos años? Me contesta.