Thursday, December 22, 2011

¿Para qué sirve usted?: La función práctica de la poesía



Manuel Iris

El presente texto fue leído como parte de una mesa de ponencias con el tema “Función práctica de la poesía”, en el marco del III Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes” En Monterrey, Nuevo León, México, en agosto del 2011.

Tomado de Los poetas del Cinco, revista de literatura latinoamericana.

Primero, quiero hacer patente mi agradecimiento por haber sido invitado a estar de nuevo aquí, en Monterrey, una de las más bellas e industriosas ciudades de un país que ahora se debate entre la esperanza y el miedo, la vergüenza y la fe, la violencia y la calma. Gracias al azar he llegado aquí luego de visitar, en fechas muy recientes, Bogotá y Caracas, investigando sobre poesía.
Bogotá, Caracas, Monterrey. Las tres ciudades tienen o han tenido fama de violentas y peligrosas pero son también lugares de poesía, focos culturales y casa de artistas notables. Hago este recuento de destinos porque en los tres sitios he sido interrogado (allí por taxistas, vendedores y hasta bibliotecarios, aquí en un congreso mucho más formal) acerca de la función práctica de la poesía.
¿Ud. qué hace, en qué trabaja? ¿Para qué sirve la poesía? Son preguntas que escucho constantemente, en contextos tan distintos como la familia o la universidad, y que llevan consigo una tercera pregunta que acaso por pudor nadie formula como en realidad es: Poeta, ¿para qué sirve usted? No me queda más remedio que tomar el asunto personalmente y responder sabiendo de ante mano que, independientemente de lo que se conteste, y del poco aprecio que cierto público suele tenerle, la poesía seguirá existiendo.
Empiezo mi respuesta señalando primero que no soy, y no seré, un poeta social. Soy, sin embargo, un poeta y un ciudadano consciente de su entorno al que no le extraña que en ciudades como las que he visitado en el último mes, y en otras más pacíficas, la gente de a pie tanto como los intelectuales, se pregunte acerca del asunto que ahora nos convoca.
Quiero referirme al cuestionamiento sobre la función práctica de la poesía diciendo que el cuestionamiento mismo me parece tramposo: al preguntar para qué sirve la poesía — que ha aparecido siempre y no desaparecerá jamás, que es necesaria—, el problema no está en la poesía sino en el uso que, al preguntar, se hace del verbo servir, asumiendo que las cosas solamente sirven si crean o producen algo vendible o comprable, o bien si pueden ser usadas como herramienta. Por supuesto, la poesía no es útil, no sirve como un martillo, una pistola o un desarmador. Tampoco vende nada ni lo compra y es por ello, quizá, que tiene una franca, pero falsa, apariencia de inutilidad.
Frente a esta trampa algún poeta se ha visto en problemas y ha llegado a admitir, sin que sea necesario y a veces con alguna vanidad, la inutilidad de la poesía. Nada más erróneo. La poesía es útil en un orden de ideas distinto, no sé si más alto, pero existente: la poesía llena, o cuando menos señala y explora, los vacíos de nuestras vidas sociales, y de nuestras conciencias individuales. Así efectivamente sirve, no para contar cosas ni para producir dinero ni para adelantar en la tecnología, sino para revelarnos nuestra naturaleza de un modo distinto al cotidiano. Tal es su utilidad, y en nada es ideal ni figurada. Es una utilidad práctica. No considerarlo así debe ser advertencia no de una “carencia” de sentido en la poesía, sino de una mecanización evidente de nuestra vida social e individual.
La poesía es (entre muchas otras cosas) desde el inicio del tiempo una manera de comunicarnos con nosotros mismos y con la trascendencia, y no ha variado sino sus formas. No dudo que la idea de que la poesía es inútil también sea antigua pero ahora y aquí, como en otras en épocas de desesperanza, se menciona con más insistencia y hasta con algo de mala fe, siendo resultado, en verdad, de pedirle a la poesía cosas que no tiene por qué ofrecer, aunque a veces lo hace: la poesía no está hecha frenar las guerras, solucionar el hambre, acabar la pobreza, ni tiene porqué hacerlo. No hay porqué exigirle que solucione cosas que ella no provocó y, sin embargo, precisamente en tiempos como estos la poesía, toda la poesía y no solamente la social, es completamente necesaria.
Pero me calmo y regreso, de nuevo, a la cuestión sobre la utilidad de la poesía, relatando una anécdota reciente. En Bogotá, mientras una señora que me vendía unas empanadas me preguntaba, hablando sobre poesía de modo muy casual, y eso para qué sirve, una jovencita a su lado, que le ayudaba a vender, le contestó, como disculpándose conmigo, que el muchacho hace poemas, que son para hablar de amor, de cosas bonitas. Esta es una respuesta llena de buenas intenciones, que agradezco y aprecio. Creo que la belleza es fundamental en la poesía y personalmente no puedo entender nada sin ella. Empero, decir que el poeta es útil porque hace cosas bellas es poco menos que hacerlo un creador de objetos decorativos, y la función del poema es infinitamente más profunda, si bien parte de la necesidad de añadir un objeto hermoso a la realidad. Así, nos enfrentamos no solamente a una pregunta tramposa (para qué sirve la poesía) sino a una respuesta igualmente trucada (para decir cosas bonitas). Ambas la invalidan y hacen parecer un lujo innecesario, un par de mancuernillas. El poeta, creo, debe tener cuidado de no caer en ninguna de estas dinámicas.
Escuchada la bondadosa respuesta de la ayudante de la señora que me vendía empanadas, discuto ahora la de algunos poetas jóvenes que dicen (yo los he escuchado) que en medio de tanta tristeza y violencia la poesía es una especie de oasis, una suerte de locus amoenus en el cual refugiarse de lo que está pasando. Para tener completo el cliché, no tardará alguien en llamarlos “escapistas” y no tardarán ellos en hablar del simbolismo, la poesía pura, y todas esas cosas dichas y redichas.
Todo es un malentendido, no porque su poesía sea efectivamente un escape, sino porque no ha sido (espero) escrita para escapar, para distraer al lector de la realidad que lo rodea. El poema ha surgido y está allí, en el mundo, cumpliendo su función, que es la de ligar a los hombres con su naturaleza misma, como si se encontraran con ella por primera vez.
Pero, ¿quién ha llamado escapista a los poetas que menciono? Pues los otros, los poetas “conscientes” y “responsables”, los que toman el estrado y hacen que la poesía deje de ser canto para ser un arma cargada de futuro, humana y real. Aquí, compañeros, como poeta, la trampa me parece acaso mayor: creo que la poesía no tiene que dedicarse a hablar de los males humanos, aunque puede hacerlo. Digo ahora que estoy en completo desacuerdo con aquellos que sostienen que la poesía debe hablar de tal o cual cosa. La poesíadebe, solamente, ser poesía y nada más. Hablar de lo que tenga que hablar, sea un tema social o no.
El poema, aún el poema social, acontece como un acto íntimo, sucede en solitario. Así, el poeta debe ser sincero, honesto y responsable, con la poesía. Lo otro puede o no aparecer. Lo digo porque no debemos olvidar que el poeta, en tanto ser social, es también un ciudadano. Lo que el poeta dice o no dice no debe afectar lo que el ciudadano hace. Es decir que el hecho de que no aparezca la protesta en el poema no significa que no aparezca en las calles. El poeta es un ciudadano como todos y desde allí, también, debe asumir su responsabilidad social.
La utilidad práctica del poema es iluminar rincones de nuestra naturaleza ignorados u obscurecidos, es señalarnos que no todo tiene que servir como sirve un automóvil, porque nos muestra otra posibilidad (tan antigua como la primera y acaso más necesaria) de lo útil. La utilidad del poema es, también, tan extensa como sus posibilidades: es capaz de hablar de lo que sea, de expresar descontento lo mismo que odio, amor o deseo. La utilidad del poema —y lo repito, es una utilidad práctica— es servir como instrumento y encarnación de una idea/emoción que no puede ser dicha de otro modo.
La poesía, toda la poesía, es necesaria. El arte es necesario, imprescindible. Su justificación, sin embargo, se encuentra en otro orden de ideas, en tanto arte. Es decir, amigos, que los poetas como los equilibristas, panaderos y arquitectos, servimos de algo. Tenemos ganado el derecho a existir.

Saturday, July 09, 2011

Palabras y vislumbres: Tiento, de Rocío Cerón




Tomado de: Agulha Hispánica

Migrando, acaso, como una rara avis, y bellamente editado por la Universidad autónoma de Nuevo León, ha llegado a mis manos Tiento, de Rocío Cerón. Luego de leerlo, verlo y escucharlo varias veces me he dispuesto a escribir esta reseña sabiendo que la reflexión sobre este libro me llevará a pensar en la poesía nacional, su conservadurismo, y en el papel en ella de una voz peculiar, distinta y ya con merecido prestigio.
A pesar de su juventud, la figura de Rocío Cerón es frecuentemente nombrada en el ambiente literario mexicano no sólo por su poesía sino por diversas propuestas que, partiendo de lo lírico, exceden este campo para proponer nuevas lecturas y maneras de hacer arte con palabras. Recuerdo como ejemplo al colectivo Motín Poeta que realizó durante varios años un conjunto de propuestas interdisciplinarias vertebradas en el texto poético. En su página de internet (motinpoeta.blogsot.com), hablando de Imperio, libro de Cerón salido bajo el sello de Motín Poeta, puede leerse que:
Imperio/Empire puede leerse, escucharse y verse como una suma orgáncia de las experiencias artísticas que en este libro dialogan: poesía (Rocío Cerón), música (Bishop), video (Nómada), esténcil y gráficos (Tower) y diseño (Magui Pizarro), todo a partir del trabajo hecho en colaboración en feliz encuentro de las búsquedas en un sólo proyecto que deja ver que las realidades del mundo -al menos el que intenta crear un vínculo con el arte contemporáneo- son inmensas. Con un CD y guardas con acabados a mano, haciendo cada ejemplar único, y con la colaboración especial de Tanya Huntington en la traducción, Imperio/Empire es un proyecto expansivo, una pieza única, interdisciplinaria que habla sobre la íntima violencia de una guerra en el núcleo familiar y el estallido que da pie a la caída de un imperio.
Lo anterior da al lector que apenas se acerca a la propuesta de Rocío Cerón, una idea de su trabajo. Quiero señalar, en todo esto, una no pequeña virtud: tanto en Imperio como en Tiento los poemas de Cerón no parecen hacer sido escritos para el diseño, video, gráficos o lo que fuere. Son, eso sí, el punto de partida y de llegada de esas otras expresiones, su epicentro. Otra gente ha señalado lo mismo como un defecto, y pienso que es porque le han pedido al libro o a la propuesta cosas que no ofrece ni tiene por qué ofrecer. Como lo entiendo, el trabajo de Cerón no se trata de crear arte-objeto, sino de ofrecer un conglomerado de expresiones diversas, convergentes en el poema.
Sin hablar más del papel que Motín Poeta indiscutiblemente tuvo como señalamiento de una carencia en la poesía nacional mexicana, sumamente conservadora en sus vertientes canónicas, me interesa tomarlo como antecedente de Tiento, porque creo que un libro como éste no pudo haber salido naturalmente de una pluma mexicana que no fuese la de Rocío Cerón. Digo esto no como halago, sino como consecuencia natural: ella es el más visible rostro de este tipo de aproximación a la poesía en México.
II
Complejo en su concepto más que en la escritura misma de los poemas que lo componen, Tiento es desde su título una indagación. Tiento es el nombre del acto de palpar, de descubrir con el tacto, o el nombre del bastón que usan los ciegos. De cualquier manera, es un vislumbre que deja de lado la vista para descansar en otros sentidos. Por ello este libro no termina de ser, con completa consciencia, completamente lírico ni narrativo. Es una búsqueda, a tientas, por terrenos lejanos fuera y dentro de las geografías del mundo, la emoción y la memoria.
Teniendo como más claro antecedente nacional, cuando menos en lo temático, la poesía de Gloria Gervitz, el libro de Rocío Cerón se compone de una serie de poemas que narran tres historias de migración. Los personajes, que por momentos también son los hablantes líricos, son tres mujeres de distintas edades: La abuela, la madre y Eleonora. Ahora bien, las fronteras entre cada uno de estos personajes es ambigua, no porque se confundan, sino porque la experiencia de la migración las ha cruzado a todas, y porque el libro está construido de tal manera que sus voces se superponen como un palimpsesto que, acaso, no es necesario destejer, sino apreciar en su indiferenciada, si bien lograda, riqueza.
No es, sin embargo, un libro de anécdotas de viaje en clave lírica, sino un libro de experiencias líricas a través de la historia de estas migraciones. Tan es así que la composición del volumen, que incluye dos partituras de Enrico Chapela y fotografías de Valentina Siniego Benetati, invita a la experiencia lírica. Quiero decir que la música y las fotografías no son “aclaradoras” de lo que se narra en los poemas, sino sus acompañantes complementarios. La música (que puede y debe escucharse en el blog de Rocío Cerón) expresa mucho más una situación emotiva que una historia, lo mismo que las fotografías. Libro que narra, Tiento no pretende decir un hecho (aunque lo hace) sino transmitir una emotividad asociada a la migración y todo lo que ésta conlleva: La familia, el abandono de un lugar, el arribo a otro nuevo, la identidad ganada y la dejada atrás.
En cuanto a su estructura, el libro se compone de tres secciones, a su vez divididas en varias otras. La primera se titula Kalemegdan, 1947. El título mismo nos remite a Belgrado y al año en que la migración empieza. Las siguientes partes se titulan América, nombre del lugar al cual se llega, y Eleonora, que es la más joven de estas tres mujeres.
Al final del libro el lector, algo confuso todavía por este novedoso espécimen verbal, puede leer una reseña-epílogo de José Manuel Springer titulado Palabras, dardos que se entierran en el corazón de la bruma y crean imágenes con su sonido. A pesar de que no soy partidario de los Prólogos o epílogos en primeros libros, o en primeras ediciones de poesía, creo que este texto, dada la naturaleza de lo que lo antecede, es bastante pertinente. De cualquier modo, y como cualquier libro que valga la pena, Tiento requiere y merece varias lecturas.
Hacia el final de la primera parte, y durante la totalidad de la segunda, los poemas de tiento se hacen prosa. El cambio de aliento y la ligera variación de tono entre verso y prosa a lo largo del texto tiene (me parece) una función rítmica: los poemas en prosa dan cuenta de situaciones visuales, corporales, físicas, y con ello logran provocar la emoción a que remiten:
Herrumbre. Contener el puño. La gravedad de las últimas hojas y la nieve. Escucha el resoplido insular. Tan lejos y cercano. El mar brilla para todos pero cerca del carbón sólo resta el miedo. Defendernos de. Acentos sonoros recuerdan a Siberia. Pero en Siberia nunca llega el otoño. Aquí −casi temblando− hay que ir codo con codo. Aquel jardín o muro o tierra nueva. Hacer la América. Herrumbre: desde Portobelo y hasta la Patagonia. Acero sin distinciones. A ojo se hace el tiento. El polvo ensombrece las extensiones de tierra. Lentitud entre los pasajeros: pegar el oído al subte, algo se inflama. Algo ya marca el cuerpo. (57)
Por su parte, los poemas en verso tienden a sondear las emociones de modo más abstracto porque no buscan crearlas sino internarse en ellas. Cito como ejemplo un fragmento del poema Gramática del nudo, que es uno de los mejor logrados del libro, y también título de una de las piezas Enrico Chapela:
Algo nos precede. Letal. Como el primer día que aprendimos a hacer nudos.
Y a cada ritmo un fardo un bloque una ceguera un escondite.
—animal cautivo, apenas intuición o atentado de luz.
Algo clama un patio de hileras verdes y fresnos crecidos hasta el instante de la boca.
¿Quién habla en mi cabeza y aturde al bulbo con su llanto?
El pensamiento busca origen:
Opus nigrum para mantener quieto (anclado)
el secreto de la infancia.
(28)
Tomando en cuenta el libro en su conjunto, diría que los poemas en prosa son más cercanos a la fotografía, mientras que los poemas en verso lo son a la música. No es casual que las dos partituras de Enrico Chapela compartan título, precisamente, con poemas en verso. De nuevo, no me parece que el libro sea ni pretenda ser arte-objeto, sino un conjunto de expresiones distintas que pretenden converger en una sola, porque han sido concebidas, todas, como acto poético.
Tiento es, pues, un libro coherente y bien logrado. Su lectura no es sencilla, pero no tiene razón de serlo, porque pretende precisamente un acercamiento a ciegas, por parte del lector, a la realidad vislumbrada en él.
Lo dije al inicio, y quiero con ello terminar esta breve reseña de Tiento —libro que, dicho sea de paso, me parece recomendable para todo aquel que, consciente de la enorme y clara tradición poética nacional, quiera ver sus esquinas menos comunes—: la propuesta de Cerón es ya clara y respetada, siendo siempre novedosa.
Considero que, a pesar de sus diferentes facetas como editora (no mencioné, por motivos de espacio el bello proyecto editorial El billar de Lucrecia) y creadora de proyectos culturales interdisciplinarios, Cerón es fundamental y esencialmente Poeta. Tiento es, por su parte, un libro de muy bella y verdadera poesía.

Friday, July 01, 2011

Cuatro reseñas de "Cuaderno de los sueños"




La primera, escrita por la Investigadora mexicana Kenia Aubry, y publicada la revista Materika, puede leerse haciendo clic aquí.


La escrita por el joven poeta mexicano Agustín abreu Cornelio, y publicada en la revista portuguesa Triplo V, puede leerse en este vínculo


La escrita por el poeta José Diaz Cervera, publicada en el Periódico de poesía de la UNAM, se encuentra aquí


Y por último, aquí dejo la reseña escrita por el profesor José Luis Canché Escamilla, publicada en el periodico Por Esto!

Sunday, May 15, 2011

Poesía y circunstancia: La sal de la locura, de Freddy Yezzed




Tomado de Replicante

Se me ha pedido reseñar un libro de poesía y, como sucede a veces, antes de abrirlo empecé a valorarlo, a tener cautela. Su historia (aquí deliberadamente inseparable de la propia obra) lo convierte al mismo tiempo en una novedad y en un representante de la que es, acaso, la tradición poética más antigua: esa que habla del nexo, simbólico o real, entre poesía y locura.

Dada la peculiaridad del libro he sentido necesario hacer una reseña tripartita leyéndolo primeramente en su circunstancia, con todas las interrogantes que de allí se desprenden, luego atendiendo exclusivamente al texto más allá de la historia de su escritura, y terminando con una postdata que el lector del libro y de esta reseña no debe dejar de leer.


I

Siguiendo el plan que el propio libro supone empecé, antes que a leer los poemas, a leer en su prólogo, titulado Palabras desde la cordura, la siguiente explicación del autor:
El 11 de mayo del 2005 ingresé a Urgencias del Hospital Neuropsiquiátrico J. T. Borda de Buenos Aires. El primer dictamen fue que sufría de una alteración nerviosa y un grado alto de delirio con fuerte propensión a la violencia. Echaba saliva por la boca, gritaba obscenidades y me golpeaba contra las paredes.
[...]
En marzo del año antepasado ingresó una psicóloga a hacer sus prácticas, la Dra. Dalzotto. Ella fue la primera que me sugirió escribir los “monólogos blancos”, como yo solía llamar a esas voces en mi mente. Me rehusé de forma tajante. Pasaron meses de terapia con ella, hasta que una vez me mostró un conjunto de hojas impresas tituladas “La sal de la locura”. Las miré con temor. Me confesó que me había grabado durante nuestras cortas sesiones y que en sus horas de descanso transcribió lo que le parecía más coherente. Mi primera reacción fue de ira y decepción. Luego abandoné la terapia por petición personal.
[...]
Dedico a la Dra. Dalzotto este libro, que si tiene valor estético es por la ayuda de su mano, que si tiene valor espiritual es por la sal que extirpó de mi locura [pp. 7-8].
Por razones de espacio suprimí otras aclaraciones del prólogo, como la presencia de un “reconocido poeta” que, junto con la doctora Dalzotto, corrigió y seleccionó de entre los 685 —nada menos— textos que en dos años fueron dictados por Fredy Yezzed, hasta que La sal de la locura tomó la forma con que ganó el primer premio del VII concurso nacional Macedonio Fernández en el área de poesía, en diciembre del 2010, en Argentina, lo cual fue el motivo de su publicación.
No podemos ignorar que ese preliminar, firmando bajo el seudónimo Ariel Müller, formaba parte del manuscrito que se entregó al concurso literario. Es decir: se ha considerado necesario, desde ese momento, que la historia del libro preceda al propio texto para su dictamen. Se ha querido condicionar la lectura.
Personalmente creo que la poesía, si lo es, puede (no debe)prescindir de la figura del autor y hasta de su contexto de creación: es el poema quien crea al poeta, y no al revés. Pero este libro no quiere dejarle al lector esa opción: no nos deja matar al autor, sino que se vuelca precisamente sobre él, para que sea a partir de esa anécdota (impresionante, queda claro) que la obra se valore.
Sabiendo que el prólogo pudo ser leído como una ficción, no hablo aquí de su pertinencia, y me dispongo a preguntar por asuntos que me intrigan más: ¿Quién es el autor de este libro dictado (¿podemos llamar dictado a ese delirio?) sin intención de ser poesía, por un ser humano fuera de sí, para ser recogido, transcrito y hasta titulado por su doctora, y que fue finalmente corregido y seleccionado por otro poeta? Aunque valdría la pena preguntar primero: ¿importa resolver lo anterior cuando el libro es, a final de cuentas, un libro de poesía verdadera?
Personalmente creo que la poesía, si lo es, puede (no debe) prescindir de la figura del autor y hasta de su contexto de creación: es el poema quien crea al poeta, y no al revés. Pero este libro no quiere dejarle al lector esa opción: no nos deja matar al autor, sino que se vuelca precisamente sobre él, para que sea a partir de esa anécdota (impresionante, queda claro) que la obra se valore. El lector tiene el libro y la historia del libro, que lo amplía y enriquece.
Tal proceder no me parece condenable por parte del poeta o la editorial: conozco lectores de poesía especialmente interesados en libros y autores con historias similares. Pienso en los seguidores del español Leopoldo María Panero, con sus ya muchos e irregulares libros escritos en hospitales siquiátricos, o en los que buscan y comentan los Poemas de la locurade Hölderlin, por decir dos ejemplos ampliamente conocidos. Reservando las proporciones, estoy seguro de que La sal de la locura ganará hordas de lectores fascinados y de que el autor tiene ya sobre sí el halo de misterio que acompaña a los poetas oscuros.
Creo que hay que partir de allí hacia el poema y que nada justifica un poema deficiente, como nada descifra un poema luminoso. La poesía por sí misma es el misterio, sin importar su génesis. Dicho simplemente, un poema verdadero debe ser capaz de abandonar a su autor. ¿Lo logra hacer esto La sal de la locura?


II

Una vez en el interior del libro el lector se encuentra frente a una nueva serie de interrogantes: ¿Son poemas todos los textos aquí reunidos? Me ha parecido estar, en muchos momentos, frente a un testimonio, una narración o una prosa poética. He visto también poesía. El primer texto es uno de los mejor logrados, y da idea del tono del libro completo:
ES CLARO QUE Dios se escapó de mi cráneo. Que se fue dejando una estela de sangre. Una gotita que un gorrión pisa y esparce sobre el piso blanco.
Escuchaba yo una llanura de carneros, los oía arrancar con sus quijadas las raíces. Ese ruido cuando arrancamos la hierba, ese mismo ruidito cuando arrancamos una rosa como un cabello.
Tal vez quise decir que escuchaba voces. Un susurro inesperado al cruzar la calle. Volteo y miro alrededor y no hay nadie, pero alguien que no está me mira desde la esquina. Solo. Inquietante.
Fue el viento, me digo.
Fue sólo el viento, me repito.
[9]
Tristemente luego hay prosas irregulares, en las que lo autobiográfico llega, me parece, hasta el exhibicionismo y tal vez la invención. No son muchas esas ocasiones, pero sin duda las hay.
Tristemente luego hay prosas irregulares, en las que lo autobiográfico llega, me parece, hasta el exhibicionismo y tal vez la invención. No son muchas esas ocasiones, pero sin duda las hay.
Aunque creo justo calificarlo de irregular,La sal de la locura es un libro consistentemente armado, lleno de poemas oscuros en los que se trasluce a cada momento una retórica del malditismo ya muy conocida, pero todavía bien lograda. A pesar de que su mayor virtud la historia de su escritura, admito con placer que el libro tiene muchos momentos brillantes.
Deambulando entre el testimonio, la narración, la autobiografía, la prosa poética y el poema en prosa, el libro que ahora reseño es definitivamente literatura. Sin creer que es una obra maestra, no titubeo en decir que es un libro de poesía verdadera.


Postdata imprescindible

Freddy Yezzed López nació en Bogotá en 1979. Es Licenciado en Lenguas Modernas por la Universidad de La Salle y Profesional en Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana. Ha ganado varios premios literarios, en cuento y poesía. Su tesis de grado Las raíces del poema en prosa en Colombia: A propósito de José Asunción Silva y Luis Vidales fue laureada y terminó por dar paso a la Primera Antología del poema en prosa colombiano, de próxima publicación. Actualmente radica en Buenos Aires, donde realiza estudios doctorales. La sal de la locura es su primera obra publicada.
Jamás ha estado en un hospital siquiátrico.



Monday, May 09, 2011

Vela de armas, de Juan Calzadilla





Tomado de Jornal de poesia




Contrario a la costumbre de las reseñas contemporáneas, no hablo aquí de un libro Vela de armas (Ediciones El árbol Editores. Caracas, Venezuela, 2007) –con la tinta fresca todavía, de una ‘novedad’ editorial. Hablo, sin embargo, de un libro de poesía sumamente actual salido de la pluma de Juan Calzadilla (1930, Altagracia de Orituco), decano de la poesía, el ensayo y la plástica venezolana.
Como si se tratase de un signo caligráfico, pocas líneas son necesarias para trazar su perfil: de talante fielmente vanguardista, participa en la fundación del Grupo Apocalipsis de tendencia surrealista, en Maracaibo, funda en el diario El Universal la columna 'Reseña de la Semana', dedicada a la actualidad plástica, luego es miembro fundador de El Techo de la Ballena, grupo de vanguardia que repercute de manera significativa en la actividad literaria y plástica durante la década de los ' 60, y es más tarde miembro del movimiento pictórico conocido como Informalismo. Con todo, Calzadilla tiene una obra poética de más de 20 títulos, a la fecha. El más reciente de ellos es el que ahora nos ocupa: Vela de armas.
Porque nada es gratuito (lo que no significa dejar de lado el azar) en poesía, ya desde el título se nos habla de lo que será un conjunto de textos contemplativos, pero no pasivos: como caballero medieval, acaso como Don Quijote en su primera salida, Calzadilla está velando las armas, está quieto y al mismo tiempo cuidando la posibilidad del combate. Velar las armas es estar alerta, y el poeta lo está. Sin embargo, su alerta no atiende al orden normal de las cosas. Por ello, declara en el poema que le sirve de Proemio:
Sólo tengo ojos para lo que no existe
pues lo visible es lo que ya ha sido creado
sin resistencia, sin necesidad de nombrarlo
nuevamente por las palabras…
Lo velado, las armas, se encuentran más allá de lo que ha sido creado y aceptado sin resistencia. La batalla potencial es acaso con la realidad misma, pero no en éste libro. Aquí se cuida lo apetrechado, la munición dispuesta. Es este carácter pre-belicoso lo que me parece cohesiona los poemas tan diversos de Velar las armas, que lo mismo habla de la creación poética que del mundo, del poeta en el mundo, de sexo o de la muerte.
Visto así, Vela de armas es una colección de poemas y al mismo tiempo un libro integral. Me explico: sus poemas no tienen un eje temático ni formal, pero los une un carácter proposicional: todos los poemas toman una postura respecto de aquello a lo que se refieren. Quiero decir que, como es de esperarse en un artista “total” o “integral”, como él mismo se define haciendo referencia a su capacidad para pasar de una forma artística a la otra casi sin notarlo, éste no es un libro de exploración sino de propuestas. El tono poético de Calzadilla es ya cierto y sólido. Su poesía es, con plena convicción y sin ningún aspaviento dramático, desencantada, de un pesimismo burlón y desenfadado que empieza y termina por desdeñar el preciosismo, la floritura. Vela de armas es el libro de un poeta decano que se sabe en posición de aconsejar como lo hace en el segundo poema de su libro, titulado Consejos a los jóvenes poetas, y que yo cito completo:
No digas todo de un golpe,
Dilo poco a poco.
Manda al diablo la versificación y la métrica.
La impostación y la retórica.
Promedia tus necesidades de verbalización
de modo que tu discurso no resulte largo ni torpe.
El poema como el aliento debe ser corto,
y las palabras no demasiado enfáticas
para que, cuando te sientes a escribir
digas con exactitud todo lo que nunca
Llegarás a saber de las cosas.
Este poema, como los demás del libro, afirma una postura sin vacilaciones. No estamos frente a un poeta que se acerca a la poesía para indagar, sino frente a un artista que la usa como medio para expresar que ha tomado partido, que cree algo, aunque ese algo sea precisamente no creer, o en burlarse de esa ‘increíble realidad de las cosas’ que abarca incluso la imagen propia y la ajena. Por esta disociación del “yo” salta más de una vez en el libro la imagen de Rimbraud, disociador de lo mismo hasta volverlo múltiple, que Calzadilla sigue hasta el extremo de titular un poema Yo es otro, partiendo hacia la no-comunión con su propia imagen, en el espejo:
Lo que el espejo dice de mí
no crean que me reconforta.
Cuando me veo en él me veo perdido
como si, más que un espejo,
se tratara de mi fosa.
Ya quisiera yo verme en él de cuerpo entero,
libre de edad y de los estragos del tiempo
sin recibir amenazas
de una sustancia extraña y lisa
que tomándose atribuciones
y hablando en mi nombre
se empeña en demostrar que
ese que veo en el espejo no es yo
sino otro.
Esta disociación entre el cuerpo y la energía inmortal que contiene aparece en varios textos de este libro, diseminados como la intención de no aparentar que se trata de una obsesión recurrente. De modo novedoso, aparece en esos poemas el nada nuevo tema del tempus figit que el poeta aprovecha para hablar de su propio cuerpo como algo lejano, no propio. A veces el poema está incluso fuera del ‘yo’ como hablante lírico. Cito fragmentos de dos poemas consecutivos en el libro, aComo espejo de sí mismo:
Examen de la territorialidad matutina que este sujeto rinde al despertar. Suerte de ceremonia diaria mediante la cual pasa revista a las propiedades de su cuerpo. Despabila, se rasca, examina en el espejo el mapa fláccido de su rostro, flexiona una y otra vez cada uno de sus músculos para verificar si giran en sus cuerpos…
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Y de El espécimen dentro del cual momentáneamente quepo:
Mientras camino me vuelvo real en el espacio que mi cuerpo llena, y me hago evidente como una interrogante que marcha o, con más exactitud, como una palabra ensamblada a duras penas sobre el eje junco de mis dos piernas.
Entiéndase bien, sucede que trato de ser apto, de trata de que existo modelado por las cifras de mi nombre…
Como dije al inicio, éste es un libro de seguridades plenas, aunque sean ellas las que dinamiten la propia concepción de la realidad. Por la factura de los poemas, a pesar de (o precisamente por) ser un libro salido de la pluma de uno de los surrealistas más importantes de Latinoamérica, no me parece éste un libro plenamente surrealista, sino una suerte de cartografía de obsesiones personales desarrolladas como tópicos poéticos, amalgamados por una clara anti-técnica, reservada por momentos.
Uno de los poemas más peculiares por su tema y tratamiento es Asuntos del Trópico, que no puede leerse sin pensar en los poemas llenos de luz escritos por un poeta también venezolano, solamente 8 años menor que Calzadilla, aunque mucho más cuidadoso de la forma del poema, concebido como canto. Hablo por supuesto de Eugenio Montejo, y de su bello texto Trópico absoluto. Por la fecha de publicación, es fácil pensar en una influencia directa del texto de Montejo en el poema de Calzadilla, lo cual es en sí mismo una lección de poesía: las armas se velan contra la realidad, pero jamás contra poesías distintas, mientras efectivamente sean poesía. Por ello adquiere especial significado que la colección en que se publica el libro que ahora reseño se llame precisamente “Alfabeto del mundo”, en honor a un libro de Montejo. Dejando de lado la retórica onírica, el poema de Calzadilla asegura:
El sol
no hace ruido pero cómo
quema. esa es su manera
de dorarnos la píldora
para recordarnos con saña
que le debemos la vida.
Esa es su manera
de pasarnos la cuenta
y de decirnos que son
nuestros cuerpos el papel
donde más goza escribiendo su recibo…
Así, en Vela de armas no hay un tema permanente, pero sí un carácter afirmador que termina por ser el elemento aglutinante del libro. Ciertamente, debo decirlo, en el libro hay una clara reiteración del tema de la muerte y del cuerpo, que no termina sin embargo por ser su eje central, porque no lo hay. Lo mismo puede decirse de las reflexiones sobre el cómo escribir, esbozadas en los Consejos a los jóvenes poetas, y retomadas en el poema Cuando estás cazando caribús/debes pensar como un caribú, en el que se asegura:
Cuando estés escribiendo, obsérvate como si
fueras la escritura
con el lápiz apuntando hacia el centro de ti
rayándote el alma.
Además de los citados hay poemas que hablan de sexo, el arte y el mercado, el cansancio, la duda permanente, y otros temas…pero el libro es sorprendentemente esbelto, breve. No soprende por ello que cada poema cumpla una función aforística: decir algo, si no claramente expresado, firmemente creído.
Desde mi lectura, cada una de estas posturas, cada poema del libro es una forma de velar las armas, de prevenir el combate que será frontal contra la realidad paralizada…pero no en este libro que ha decidido apelar únicamente a lo invisible, desde el Proemio, dejando afuera lo otro.
Con todos sus aspavientos e ironías, estamos frente a un libro contemplativo venido de las manos de un guerrero o de un Quijote que conoce las batallas, que las ha ganado, y que ahora vela y aconseja y que, preocupado por el tiempo, termina el libro escribiendo su Epitafio, e interpelando con ello a los que vendrán después, a los jóvenes aconsejados, a esos lectores que lo siguen y a los cuales, generosa pero veladamente, les anuncia un lugar, una vacante que él mismo heredó:
Todos los que han muerto, murieron por mí.
Todos los que mueren, mueren por mí.
Si no murieron por mí, yo no estaría vivo
ni estuviera yo llenando por ellos
el lugar que dejaron vacío para mí.
No estaría yo ocupado
de escribir en este momento
el poema con que termino.
Vela de armas es, de inicio a fin, un libro en que puede leerse a un poeta dueño de sí mismo y de su propuesta, incluso en su anti-técnica de escritura que algunos lectores pueden leer como escritura simplemente descuidada, pero hay que leer el libro sabiendo su procedencia: Calzadilla es un decano de batalla y al mismo tiempo el más joven de todos, el reinventado.
Contrario a la mayoría de los libros de poesía actuales, Vela de armas no se dedica a cuestionar ni a ‘deconstruir’ nada sino que, partiendo del rechazo de la realidad como la conocemos, ejerce su voluntad expresiva señoreándose, lo que lo hace un libro raro y extremadamente valioso dentro y fuera de la obra de Juan Calzadilla, y de la propia poesía venezolana.