Monday, December 27, 2010

Poeta de vidrio: entrevista con Armando Romero


La presente entrevista da cuenta de muchas conversaciones sostenidas a lo largo de dos años con el poeta, narrador y profesor Armando Romero, en Cincinnati, Ohio, EEUU., ciudad que se ha convertido en un lugar de encuentros. No dudo en afirmar que Romero encarna para mí la figura de un guía, de un ejemplo en la poesía, de un maestro. Sin embargo, no quiero ser yo quien presente su palabra y persona. Prefiero ceder la voz a Álvaro Mutis cuando dice que
[E]sta poesía de Armando Romero no tiene antecedente en ninguna escuela o grupo conocidos. Yo no le encuentro esas raíces, esos rastros que denuncian presencias ajenas, visiones retomadas, condición por cierto nada peyorativa siempre que esas presencias y esas visiones sean grandes y valederas. Yo encuentro en la poesía de Romero un acercarse, un palpar y narrar, luego, un mundo que le es esencial y sólo compartible a través de la delgada rendija de sus poemas. Qué envidiable y qué terrible condición es ésta. No creo que esta poesía goce —o padezca, según se mire— lo que suele llamarse una gran difusión, una cierta popularidad. Son poemas escritos sólo para poetas, son como agua que una noria febril devolviera a su cauce primitivo.
Debo disentir con una parte de con esta opinión: aunque entiendo la motivación de ese pensamiento, no creo que la poesía de Armando Romero —no toda, al menos— sea solamente para poetas, no me lo parece. Comulgo algo más con la opinión de Gonzalo Rojas sobre otro libro del maestro:
«Libros que se leen una vez y ya al cerrarlos los damos por leídos, y libros que se están leyendo siempre. Es lo que me ha ocurrido con este A rienda suelta, al que le sale luz por todas partes, del poeta Armando Romero. No bien llegó a mis ojos el manuscrito, ya no pude soltarlo. Rehallazgo animal, si es dable decir, de esa América fresca que discurre en cada una de estas páginas. No es que otras piezas líricas suyas como El poeta de vidrio y la versión conjuntaDel aire a la mano no resplandezcan con luz propia ni que desoiga aquí el portento de su narrativa ni —menos aún— su sistema crítico que llega al alumbramiento, pero esta construcción aérea y diamantina me toca de modo singular. Zumbido imaginario y zumbido real cortan y abren el juego con tal dominio en el oficio mayor que uno llega al encantamiento con participación mágica y todo hasta registrar con seso propio lo huidizo y permanente conforme a la mención de Sánchez Peláez. Si alguien anda todavía pidiendo imaginación para descifrar el mundo, aquí fluye a raudales desde un tratamiento del vértigo temporal que va más allá de los trabajos y los días».
Ahora sí: la de Romero es una poesía compleja, basada en la imaginación y elaborada con pleno dominio del oficio. Es, también, una poesía difícil de clasificar atendiendo a los movimientos poéticos latinoamericanos: es un poeta mayor. No creo necesario, luego de la opinión de Rojas y de Mutis, abundar más sobre este punto, y me dispongo a citar algunos datos biográficos.
Armando Romero nació en Cali, Colombia, en 1944, donde perteneció al grupo inicial del Nadaísmo. Viajó y residió en varios países de América y Europa, para después doctorarse en literatura latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh, en Estados Unidos. Es autor de varios libros de poesía como Los móviles del sueño(1976); El poeta de vidrio (1976) y A rienda suelta (1991), libros de ensayo como El Nadaísmo o la búsqueda de una vanguardia(1988) y Gente de pluma (1989), libros de cuento como El demonio y su mano (1975) y La esquina del movimiento (1992), y de varias novelas entre las que destacan La piel por la piel (1997) y La rueda de Chicago (2004), con la que fue finalista del concurso Clarín de novela en Buenos Aires y obtuvo el Latin American Book award de la feria del libro en Nueva York. En el 2009 la Universidad de Atenas, Grecia, le otorgó el título de Doctor Honoris Causa. Actualmente es Charles Phelps Taft Professor en el departamento de Lenguas y literaturas romances de la Universidad de Cincinnati.
Escuchemos, pues, a Armando Romero.
MI Poeta, cuentista, novelista, profesor y crítico, eres una persona que vive todo el tiempo pensando en literatura. ¿Dónde y cuándo empieza esto, cuando fue que se volvieron una misma cosa?
AR. Para mí la literatura, la poesía que exhala, es mi alimento diario. No concibo mis días sin ese ir de las palabras a la acción, de la reflexión a su juego con el lenguaje, sin la apasionante realidad de ver surgir de la nada esos seres de palabras que nos habitan, que gravitan a nuestro alrededor. Todo mi ejercicio como escritor, como crítico, está interconectado por una misma necesidad vital, la cual encuentra su destino, su ser, en el retozo de las palabras. Todo esto viene a mí desde niño, desde que descubrí que las palabras se pueden aislar de sus referentes, que pueden volar por entre las paredes de un cuarto, o esconderse bajo las sábanas.
MI Hablas de tu infancia. ¿Fue tu casa una casa llena de libros? ¿Cuál fue tu contacto inicial con la literatura y cómo te descubriste poeta?
AR No hay libros en mi niñez, excepto los de la escuela. Yo vengo de una familia de clase media baja, no había dinero para libros. Sólo sobrevivir. La única lectura posible era la realidad, la cual estaba poblada de hormigas y de avispas. Ellas me permitían escribir mis cuentos y poemas en el aire, en la tierra, por los agujeros del patio. Lo literario era el periódico que mi padre leía, la radio que pasaba las aventuras de Chan-Li-Po. Mi contacto con la escritura se hace leyendo primero novelas de vaqueros, de Marcial Lafuente Estefanía, si mal no recuerdo. Mi padre nos leía a los poetas románticos colombianos, Julio Flores principalmente. La literatura propiamente dicha la descubro gracias a mi hermano, quien me habló de lo nadaístas, de los suplementos literarios de los periódicos de Bogotá, y me regaló un libro de Sartre. Tenía yo 14 o 15 años en ese entonces, pero ya sabía que quería ser escritor.
MI Hablando del nadaísmo, quizá la última vanguardia poética en América Latina, ¿cuál fue tu participación en ello, y cómo afectó esta experiencia en tu obra literaria? Más importante, ¿cómo se ve eso, según tú mismo, en tu obra?
AR Mucho tengo que agradecer a mis amigos nadaístas, especialmente a Jaime Jaramillo Escobar, a Jotamario Arbeláez y a Alfredo Sánchez. Ellos me ayudaron a encontrar un camino literario que de otra manera hubiera sido imposible para mí. Sin embargo, mi participación en el grupo no es muy intensa, por lo contrario, mi naturaleza reservada, introspectiva, me lleva en esos años a ver con cierta distancia lo que hace el nadaísmo. Muchos de ellos no me consideraron o consideran nadaísta y yo estoy de acuerdo, pero también estoy de acuerdo con Jotamario quien sostiene lo contrario. ¿Por qué? La respuesta está en mi exilio del país cuando tengo 23 años. Mi pasado colombiano queda abierto para la interpretación de los que me quieren a su lado y los que no. Entonces si bien mi infancia literaria es nadaísta, no lo es mi vida independiente, de viajero por América y el mundo. Ahora bien, el nadaísmo nunca fue una escuela o corriente literaria, fue una vanguardia vitalista, de protesta. Entonces no hay una retórica a seguir, como sí la hubo en vanguardias como el creacionismo, el ultraísmo, el surrealismo, etc. Nos une un aire de época. Cierta narratividad en el poema, poetización de la prosa, humor, ironía. Pero esto es común a muchos escritores y no define una posición vanguardista determinada. Como ves, yo me hago solo luego de salir de Colombia pero mis poemas de El poeta de vidrio son de los años de juventud, cuando estoy cerca de los nadaístas. Tal vez ser nadaísta es no serlo, podría ser la conclusión.
MI Aquí llegamos a algo que me interesa mucho de tu obra poética: no me pareces un poeta colombiano sino un poeta latinoamericano, y más allá, un poeta en lengua española, que tampoco se debe exclusivamente a ella. Sé que todo poeta lo es para la poesía y que todos leen poesía en otras lenguas. Sin embargo, acaso por tu situación vital y por tus extensas lecturas de la tradición americana, francesa y griega contemporánea sobre todo, tradiciones que has incorporado tanto como la propia, en tu poesía es difícil seguir un rastro colombiano. Es difícil situar tu poesía en términos nacionales. ¿Qué opinas tú al respecto? ¿Cómo te sitúas?
AR Borges decía en uno de sus cuentos que ser colombiano era un acto de fe. Yo me reconozco, con cierta sorpresa, poeta colombiano cuando estoy en las antologías, no todas las veces por supuesto, y en la grata compañía de poetas que quiero. Tal vez hay en mí algo diferente de la retórica común en la poesía colombiana. Y con esto no quiero decir algo peyorativo. Mi hacer poético tiene muchas vertientes y está muy contaminado de mis viajes, de mis lecturas, de otras literaturas que a veces no son el común de la lectura y de las presencias en mis compatriotas. Yo no soy un poeta fácil de determinar geográficamente, en un sentido literario propio, porque en mi poesía hay muchas voces, tanto que a veces pienso en los secretos heterónimos que me habitan. Mis amigos poetas se desconciertan cuando publico un libro, ya que no cumple con lo esperado en cuanto a seguir una línea. La poesía para mí es un viaje, y no siempre visita el mismo sitio.
MI Llegado este punto me interesa hablar de tus amigos poetas y de la manera en que compartes con ellos la vida y la literatura desde tu situación geográfica y vital que te distancia, sin lograr alejarte, de muchos de ellos. Para ti, creo, la amistad y la poesía están íntimamente unidas. Metiéndote en problemas te pregunto, ¿qué amistades recuerdas, quienes han sido tus amigos y además tus mentores, qué te ha dado esa fraternidad con los poetas de generaciones diversas?
AR. La amistad, el afecto por los otros, es algo fundamental para mí. No creo que pudiera vivir sin sentir que estoy cerca de seres queridos, pasados y presentes. Y de cierto, la poesía como un hecho vital está ligada al amor, al cariño, a la solidaridad. Tal vez por esto soy un político pésimo, un desastre dentro del mundo de las relaciones públicas, donde los valores de la amistad no aparecen más que como conveniencia. Más allá de las fronteras de lo fraternal por familia, mi amistad con algunos de los poetas nadaístas fue y es muy importante para mí. Hablo de Jotamario Arbeláez, de Jaime Jaramillo Escobar, de Alfredo Sánchez. En el campo de la literatura colombiana los poetas cercanos a la revista Mito han sido o fueron mis amigos durante largo tiempo: Alvaro Mutis, Fernando Charry Lara, Fernando Arbeláez. Ya fuera de Colombia el mundo se expande y desde Venezuela, donde Juan Sánchez Peláez y Juan Calzadilla, hasta Arturo Gutiérrez Plaza, son muestra de muchos poetas queridos. Gran suerte tuve al conocer en Grecia al poeta mexicano Hugo Gutiérrez Vega, excelente amigo y poeta. También en México Juan Bañuelos, Margarito Cuéllar, y tantos otros han acompañado mi vida en amistad y poesía. Chile y Gonzalo Rojas y Pedro Lastra, Argentina y Edgar Bayley y Raul Gustavo Aguirre y Francisco Madariaga, Uruguay y Eduardo Espina, y Ecuador y mis poetas hermanos tzántzicos, y así, el número se extiende y me regocija. Imposible citar a todos los amigos que quiero, que han sido fundamentales en mi vida. Tengo sí que recordar a Claudio Cinti en Venecia, a Tassos Denegri y Agathi Dimitrouka y a Ethimia Pandis-Pavlakis en Grecia. A todos ellos algo debo, pero lo más hermoso es sentir que palpitamos antes y siempre por lo mismo: el encanto y el misterio de la poesía. Trabajo en un libro con mis memorias: allí iré a saludar y a festejar a todos los seres queridos.
MI Acaso supliendo la posibilidad geográfica, la poesía es el territorio en que compartes y conversas con amigos poetas. Sin embargo hay algo más, de regreso a la geografía: tu vida en Cincinnati, ser profesor en una universidad que tiene un claro carisma creativo, y a la cual acuden jóvenes poetas de varias partes de Latinoamérica y de España, te da la oportunidad de estar en contacto con lectores jóvenes de tu obra, que además acuden a ti por consejo. Sin centrarnos en los poetas cercanos ¿qué le dice, que aconseja Armando Romero a los jóvenes poetas actuales?
AR Hoy en día se torna muy difícil hablar, aconsejar a los poetas jóvenes, sin correr el riesgo de estar guiándolos presuntuosamente por un camino que los retraiga a Rilke y no los lleve al ciberespacio. ¿Dónde estamos, dónde está la poesía? Para mí está en el mismo sitio donde estuvo desde Homero, desde que Safo se sentó en una piedra. Entonces lo que puedo decir no quiere repetir la idea del poema como algo que no traiciona la verdad. Todo poema bueno sigue ese camino. Lo que me preocupa está ligado a la humildad y a la devoción, al gozo y a la exaltación. La poesía nunca corrió una carrera de automóviles, así Marinetti trate de contradecirlo. La poesía es postmoderna porque está antes de la Edad Media, y es renacentista porque se sale del círculo clásico de las vanguardias. Es lo que es antes de serlo, y después. El poeta debe saber encontrar en esto las similitudes y las diferencias.
MI Quiero regresar a tu poesía para preguntarte por ciertos rasgos que me parecen fundamentales y característicos de ella. Lo primero es algo que has declarado muchas veces: un gusto tuyo por trabajar el poema y dejarle allí sembradas algunas incorrecciones, algún trastoque rítmico, porque el poema como la vida ha de ser imperfecto. Tu aliento, aún en tus poemas más líricos, tiene algo de telúrico, de poema de cristal que quiere ser de piedra. ¿De dónde sale esta estética de la imperfección?
AR Si una se tropieza todos los días con los objetos, con las personas, ¿por qué no podemos reconocer que también nos tropezamos con las palabras? Pero yo no busco la imperfección como una estética, ella es resultado de mi ser poeta, si así lo puedo decir. La imperfección se me impone como una marca de ser real. Yo admiro a los poetas perfectos, a aquellos que valeryanamente administran las palabras en dosis medidas, no importa el verso libre o la rima. Darío era un poeta de la perfección pero no así Góngora, afirman algunos. ¿Quién es más perfecto Lezama Lima u Octavio Paz? La perfección en Sor Juana se llamaba Quevedo, y éste se sabía imperfecto, de naturaleza al menos. Tal vez todos los poetas son perfectos hasta que los miras con la lupa de Baudelaire. También habría que hablar de la libertad que hay al saber uno que no es un gran poeta, perfecto.
MI Todavía sobre tu poesía quiero preguntarte por tres símbolos muy tuyos, constantemente repetidos a lo largo de tu obra: El monje, el monte, y el rinoceronte. ¿Qué representan y de dónde salen?
AR. Es interesante que estos tres “juguetes” de mi infancia hayan sobrevivido a mis años de escritor, acompañándome siempre. Obviamente que son símbolos literarios, que aparecieron en el juego de paranomasia de monte y monje, y por encanto con lo absurdo de encontrar en un cielorraso de una casa colonial de Tunja, ciudad andina colombiana, un techo poblado de rinocerontes a la manera de Durero, invitados allí por Ionesco. Pero van más allá, se enredan con mis sueños, con mis azares fortuitos. De una manera continúan apareciendo, atrayéndome con su fascinante simetría o desproporción. Compiten en mí con otra obsesión: los insectos, los cuales plagan mi obra narrativa. Hay tanto misterio en esto de escribir, porque las palabras conjugan imaginación y realidad constantemente.
MI Quiero terminar esta entrevista con una pregunta obvia, y no por ello poco reveladora, en su respuesta: ¿Qué le dirías a un lector posible de tu obra, si pudieras darle un mensaje?
AR. Le diría que me gustaría que fuera un compañero de viaje.
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Poemas de Armando Romero


EL ÁRBOL DIGITAL



Era un hombre al que le habían enterrado su mano derecha
Pasaba sus días metido en una pieza vacía
Donde se sentaba
Los pies contra el ángulo superior de la ventana
Y su mano izquierda sosteniendo un ojo de buey
Por el cual los rinocerontes
Ensartaban su cuerno
Y hacían brillar su corteza metálica
Le habla dado por ser poeta
Y se pasaba todo el tiempo hablando de la guerra
De tal manera
Que había descuidado su mano derecha
Esta creció lenta y furiosamente
Y sin que él se diera cuenta
Atravesó el mundo de lado a lado
Cuando los niños de la parte norte de Sumatra
Vieron aparecer un árbol sin hojas y sin frutos
Corrieron espantados a llamar a sus padres
Estos vinieron con sus gruesas espadas
Y cortaron el árbol de raíz
Un líquido blanco lechoso salió de la corteza tronchada
Desde ese entonces
El hombre como un poeta
Siente un dolor terrible
Agudo
En un sitio del cuerpo que no puede determinar



LAS DOS PALABRAS

Un Monte es un Monje parado sobre su cabeza
Un Monje es un Monte sentado sobre sus pies
Monte y Monje
Son la misma cosa
El Monte con su cabellera de fuente de lodo
El Monje como un siluro dando coletazos al aire
No hay un Monte que no haya cabalgado sobre un Monje
No hay un Monje que no haya arrancado de raíces un Monte
Los Monjes se dan silvestres
Oran como relojes de péndulo
A garrotazos
Silvosos como una misa en la calle pelada
Un Monte que grita
Es un Monte que calla
El Monje corta el Monte con una cuchilla
El Monte desgarra el Monje con un serrucho
Hay que hablar bien para que todo quede claro


BRISA

El sólo movimiento de una hoja en el limonero puso en actividad toda la casa.
A ras de suelo un leve humo disipó sus sombras y dejó al descubierto el dulce
ladrillo de los antepasados
El antiguo fantasmero de caoba fue puras risas entrecortadas y pasos blandos
como guantes
Las vigas en el techo y el soporte de las arañas temblaron como una trapecista
en celo de tendones
-Apagada estaba ya la vela en el altar contra el rincón y no se movía-
Al borde y al centro de una pantalla de adobe habían ahora puertas y ventanas
en vaivenes de secos golpes y monótonos
Paso tuvo el sol que quedaba restando y sumando por los postigos y los portillos
En la fragilidad de sus lazos y la corredera del hilambre la hamaca dijo sí o dijo no
Corrió veloz la mariposa única hasta el escaño deshuesado y sólido que esperaba
en el corredor
Y desde allí la ahumada cocina hizo leve muestreo de rescoldos y cenizas
Viejas ollas en depósito de sentencias y perfumes
Desierto de áridos granos y legumbres florecidas
Leña ya en el musgo y el renacimiento de las parásitas
Tardo hueco del fogón y su encanto
Platos y tazas desportillados por un constante repique de los usos
Pocillos en la pared como una interrogación colgando
Por el patio donde se desvanecía el acento trinitario y el punto aparte de las
gallinas caminó como un murmullo que no era sino roce y frotación de pieles
desnudas por la hierba
El cielo se sostenía en un meridiano preciso que era una nube gris y muchas
blancas más azul
Fue solo un múltiple movimiento de pies como las hojas cortadas del plátano
Un sólo movimiento en esa tarde
Pero al detenerse el limonero
Todo en aquel sitio continuó como antes