Monday, October 28, 2013

Entro a un café de Cincinnati





Entro a un café de Cincinnati, muy cerca de mi casa, y un desconocido me saluda desde lejos, con mucha familiaridad. Le correspondo igual, con entusiasmo.  Tomo una mesa lejos de él. Su rostro me parece conocido pero me es imposible saber dónde lo he visto antes. Pido, como siempre, un té de menta. Sigo tratando de recordar dónde he visto al desconocido, que de nuevo me saluda. Noto en sus gestos que él tampoco tiene claro quién soy yo. Los dos estamos, ahora mismo, seguros de habernos visto antes—quizá, incluso, hemos platicado— pero no recordamos las circunstancias de ese primer encuentro. Pasan unos minutos y el monitor apagado de un televisor obsoleto, una curiosidad del café lleno de objetos al que habitualmente vengo, me da la probable respuesta: ese hombre –que puede ser de India, Bangladesh o Pakistán, que puede ser de muchos sitios—se parece a mí. Nuestro reflejo de todos los días, creo, ha causado la confusión amistosa.



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