Monday, February 14, 2022

Cinco poemas de amor escritos por Manuel Iris

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Hacia una posible explicación del amor

 

        

La niña que tú fuiste me saluda

desde el fondo de tus 30 años

y el niño que yo fui

le corresponde, emocionado.

 

Amar es descuidarse

y dejar que los niños que hemos sido

salgan a jugar juntos

 

y que luego regresen

felices y sucios

a mostrarnos hojas

y piedras únicas.

 

El niño que yo fui

quiere salir al patio de la casa

en la que fuiste niña

y jugar en la lluvia contigo.

 

A veces,

mientras caminamos juntos

ellos también

se toman de la mano.

 

 

 

 

(De Lo que se irá)

 

 

 

 

 

 

 

Una mujer y un hombre que se besan sin que nadie (ni siquiera ellos) sepa de su amor, viven en el mismo edificio. Ella arriba, él abajo. A veces, a las dos de la mañana, ella baja un piso y entra sin tocar. A veces sube él. 


 Una mujer y un hombre que se aman sin que nadie sepa de sus besos viven, a veces, en el mismo edificio. También a veces, a las dos de la mañana, sueñan el mismo sueño del insomnio y se preguntan si, abajo o arriba, el otro está dormido.


 Una mujer y un hombre que viven, a veces, en el mismo edificio, se aman y besan sin que lo sepa nadie. A las dos de la mañana, en sueños, uno piensa en subir y otro en bajar un piso. Se ven en la escalera.


 A veces, en la escalera que a las dos de la mañana une el insomnio con el sueño, una mujer y un hombre que viven en el mismo edificio se besan sin que lo sepa nadie.


 A veces, en el mismo edificio, una mujer y un hombre sueñan besos y culpan al insomnio que palpita en la escalera. No saben de su amor.

 



(De Cincinnati, historia personal)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Son

 

 

Odio a todos los que aman

y que felices están.

 

Héctor Lavoe, Qué lio

 

 

Borracho del aroma que dejaste así, tan sin dolerte,

rodeado de cajones, de pedazos de mi casa

a los que ya no acudo

porque allí se esconde 

lo más bello de tus frutos

 

           arrinconado en mí

herido de aguardiente

odio a todos los que aman

y que felices están

y voy, en ebriedad tranquila

a restregarles en la cara mi desprecio

porque yo

no puedo tener

ni amor ni casa mía

y porque vengo

a darle un trago

a mi deseo

y a cantar, en soledad tranquila

que no le tengo

miedo

a recordarte.

 

 

 

                                                      (De Cincinnati, historia personal)

 

 

 

 

 

 

 

 

Mirándola dormir

 

 

 

He leído en tu oreja que la recta no existe

Gilberto Owen

 

 

 

 

Como esta voz, mi lengua
busca el laberinto de tu oreja
y yo te escribo y sé muy bien
que hay algo —hay un lugar— más bello
que tu vientre
aunque jamás lo he visto.


En cambio se revelan
—entrega de la espuma, oseznos de la luz—
tus pies de pan de dulce.


Y no saber el cómo apareciste, no haber vivido

en el momento que tu espalda fue la rosa, abierta luz
de lo que significas.


Afuera escucho algo.


Afuera del poema algo te dice un canto
más hermoso que la piel
pero también más vivo: una caricia: lengua bajo lengua,
sonido bajo letra
en acto de buscarte.


¿En qué momento me has atravesado? ¿Cuándo
tu luz—incendio, llamarada—se clavó en mi pecho?


Hoy puedo hacer un verso en que no mueras nunca.


Un cáliz, un jarrón, un algo que contenga
vino enloquecido, danza, fruta
lenta
carne en movimiento
para entrar en otra carne.


Creyente de tu forma, en mi oración
he decidido no ceder al verbo de tu ombligo, a la floresta
del verano en tus pezones, a todos tus aromas.


Hoy no quiero morir: No quiero ver el río
que se duerme en tus muñecas. No quiero andar
la forma en que te extiendes de tu piel hasta la piel
de todo lo que existe.


Árbol de mí, estoy llegando a tu región más fértil.



 

(De Cuaderno de los sueños)

 

 

 

 

 Victoria del amor

 

 

[Yo] que me niego a reconocer los hechos…

Rafael Cadenas, Derrota

 

 

Yo
que me enamoro de mujeres inauditas

que comprendo más que nadie a los que lloran en los aeropuertos

que he visto ya todos los rostros del amor     cuando se marcha
que he dicho “para siempre”  y he soltado sus manos
que todavía sostengo que el amor existe
que he sido amado, odiado y olvidado por la mujer más justa

que me rio de mí
que  soy  el “ pasará’” , “ no es mi intención”, “ todo es mi culpa”
que aún creo en la esperanza
que lucho por tener una sonrisa presentable
que a veces compadezco a quien espera algo de mí
que no merezco nada
que escribo de vergüenza
que llego a mis poemas como quien se cae

me levantaré del polvo para decir tu nombre

y sonreír con expresión de enfermo, todavía.

 

 

 

(De Traducir el silencio)



Thursday, June 10, 2021

International poetry gathering in the memory of Hans Carl Artmann – on behalf of his 100th Birthday.

 a special Session on Poetry, Living Poets and the memory of the legendary Austrian Poet and savant vivant – Hans Carl Artmann – on behalf of his 100th Birthday.

Meet Tara Skurtu, Manuel Iris, Neil Mc Carty and Tanya Ko Hong! With poets from all over the world and a special focus on the sound of languages, the love for languages, the flow of poetry and insights of an ordinary or extraordinary life of contemporary poets!

Join In and Enjoy In

On Poetry and living poets & poetresses

Live streaming here: https://www.youtube.com/watch?v=JNAKEW0ZEjQ




Friday, May 21, 2021

Poetry Spotlight, Episode 4: "Manuel Iris: poetry of dual identity". (Podcast of the Ohio Poetry Association)

 



A few weeks ago I had the very fun experience of talking to Jeremy Jusek for the "Poetry spotlight", a podcast of the Ohio Poetry Association.


The episode is called: "Manuel Iris: poetry of dual identity".


We talked about poetry and poetics, craft and translation, migration, and the many ways that our lives are influenced by poetry and vice-versa. It was a great time. I am very thankful to him and the OPA for this space. If you have some time today or any day, you can listen to the podcast on Spotify or the Ohio Poetry Association Website





Monday, May 17, 2021

Presentación de "Lo que se irá" (FB live en Carruaje de pájaros")

 

Queridos amigos,



Este jueves 20 de mayo a las 7 pm, hora de CDMX, estaremos presentando mi libro "Lo que se irá", editado por Cuadrivio Ediciones, en la página de facebook de Carruaje de pájaros

Comentarán el libro Alicia García Bergua y Julio Cesar Toledo.


La moderación estará a cargo de Fernando Trejo. 


Ojalá podamos saludarnos.




 

Pandemia, identidad y poesía mexicana contemporánea: una charla con Manuel Iris

 

En unas horas voy a tener el gusto de hablar, a distancia, con estudiantes de la Universidad Marista de Yucatán, sobre diversos temas cuyo interés rebasa lo inmediato.

La charla está abierta al público en general. 

Link de registro: http://umarista.com/registro/index.php?id=1647






Thursday, May 13, 2021

Lectura con Los Angeles Poet Society

 Mañana viernes 14 de mayo de 2021, voy a platicar con la poeta México-Americana Masiel Corona Santos acerca de "Lo que se irá", mi libro nuevo, gracias a una invitación de la genial Los Angeles Poet Society. La transmisión será por zoom (link al final de este post), a las 7:00 pm de California (11 pm de Cincinnati, 10 pm de CDMX).

Ojalá puedan acompañarnos. Un abrazo a todos.
Link de zoom:
https://us02web.zoom.us/j/83385774937





Thursday, May 06, 2021

Conclave, an international online live poetry reading series

 

On May 11th, 2021, I will have the privilege of reading poems for CONCLAVE (IPWC), an international online live reading series, a festival, and a poetry resource developed in response to today’s fast-changing world. Underpinning this is the new global poetry anthology, World Poetry Today. On second Tuesdays of the month @ 11am EST (USA) / 4pm GMT (UK) / 9:30pm IST (INDIA) — leading writers read in English and/or in their native language, and discuss their work with the series curator Fiona Sampson and Sudeep Sen, and a live-streamed audience. Both global and intimate, these innovative Tuesday Conclaves will initially be free to air on Zoom and archived online on curators' YouTube channels.

 

This time, the readers will be Knut Odegard (Norway), Pia Tafdrup (Denmark), and myself. 

Please, come join us!

 Zoom Registration Link:

https://us02web.zoom.us/meeting/register/tZMofuippzIpEtO2cMevtkcr3LRInnv5MTVi





 

Lieratura fusión: mesa panel organzada por la Real Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE)

En noviembre de 2020 tuve el gusto de formar parte de esta charla organzada por la delegacion de Indiana, de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, junto con Jorge Majfud y Ani Palacios.




Wednesday, May 05, 2021

Lo que se irá/The parting present

 


 Por primera vez en la vida he publicado al mismo tiempo, un libro en los dos países en los que mayormente desarrollo mi poesía: México y Estados Unidos. 

En México, el libro se titula "Lo que se irá", y fue publicado con Cuadrivio Ediciones. En Estados Unidos el libro ha salido de modo bilingüe, se titula "The parting present/Lo que se irá", y fue publicado por Dos Madres Press







Manuel Iris reclaims the poetic space as a radical exploration and celebration of paternal love and tenderness. If language is a vector of truth and transformation, if “the poem opens its wound” to the spaces in which we examine ourselves and love begets love, the poems in this bilingual collection offer the magnitude and direction to do exactly what poetry aims to do: say in words what can never be expressed in words. Iris’ poems reveal the silences of our most vulnerable selves, and “the silence/ toward which we migrate,/ from which we came.”

 

 

—Tara Skurtu, author of The Amoeba Game






En esta poética de inminentes proximidades todo está por suceder: un padre, una madre, una hija, una abuela, un corazón, un pecho, una semilla de amapola, un árbol que es un “fruto que vuela”, una necesidad de vincular un vaso de agua con el poema que lo sostiene. Todo está por vincularse y todo ya es, a la vez, Lo que se irá. Por eso, usar ciertas palabras (“Amor”, “corazón”, “Te amo”) es renovar el pacto de lo decible en el poema, ensayando una nueva lengua capaz de fundar una práctica poética de la ternura que dé lugar al otro, prójimo-próximo, y lo conciba no como cuerpo al que se poseee o se subyuga, sino como igual al que se ampara en la escritura. Es fundar, asimismo, una poética urgente del apego capaz de cuestionar el violento mandato de masculinidad imperante que ha hecho del castellano un lugar autoritario, jerárquico, cargado de violencias y eufemismos. Y es que aquí, en este diálogo, que es también una conspiración padre-hija, se levanta una lengua que lame las cicatrices silenciosas que cargamos. Y si, como señala Franciso Ulloa, “hablar de ternura en estos tiempos de ferocidad no es ninguna ingenuidad, es un concepto profundamente político,” escribirla, como lo hace Manuel Iris, es hacer de esa práctica poética una política de la esperanza.

 

Silvia Goldman, autora de miedo



¿Cuándo conocemos el miedo?: Cuando sabes que tu muerte ya no es tuya, dice Manuel Iris.

¿Cuándo nos damos cuenta de la extensión de nuestra honestidad?: Cuando miras a tu hija o a tu hijo de dos años jugar y ser feliz y sabes que tendrás que decirle —porque lo descubrirá por sí misma de todas formas— que el mundo es también un lugar lleno de horrores, de tristezas y atrocidades; sí, ese mismo mundo donde ahora ella es feliz. La honestidad puesta a prueba por la inocencia.

Manuel Iris escribe, en Lo que se irá, sobre la paternidad. Mejor dicho: escribe sobre cómo se ha trastocado para siempre su visión y sentir del mundo desde el momento que supo que habría de ser padre. La migración, la identidad, la teología, el trabajo, los lugares comunes, las pequeñas cosas —una pluma sobre la acera— todo se ve trastornado con la llegada de una niña, su hija. Y eso es un milagro.

 

 

Luis Felipe Lomelí



Tuesday, May 04, 2021

Poetry and Parenthood, an essay by Manuel Iris (Translated by Slava Faybysh)

First published at Latin American Literature Today 




I

Before we became parents, my wife and I lived in a two-bedroom apartment for a few years. One of the bedrooms was my office. It was the first time I had a physical space entirely devoted to my writing, to my readerly silence: mi casa en la casa. The significance of those four walls and their bookshelves went far beyond just being an ideal place to work: it was an expression of my identity, a visible extension of my obsessions.

In due course, this office was colonized by the presence, the still future presence, of my daughter. Among the bookshelves, there was now a crib and a rocker, along with other pieces of furniture and migrating items. Her books, likewise, took space among mine. The sanctuary no longer belonged to me alone.

I remember being scared: was it possible to write poetry while devoting one’s life to another human being? The happiness of those months was often mixed with the anxiety of this incessant question.

In reality, the problem was logistics: how to make time to write? To read? To do all the things that were part of my writer’s life during the first years of fatherhood? When and with what energy would I pick up my pen or plant myself in front of my keyboard?

It was enough, of course, to look at my women friends, poets who were also mothers, to realize there was no need to worry: they were able to both write and take care of their kids, albeit with tremendous effort. Watching them and reading them is proof you can commit to both things. And on top of that, they often do it without help. Other times, they still manage even when life itself is against them (I mean, society, the health system, the work system, their own families). My circumstances were much easier.

It dawned on me that my anxiety was not about my urge to write and do nothing else (that was never an option) but my desire to be a committed and loving father. To be there, to enjoy paternal loving and affection, and the voice of that little girl whose face I hadn’t yet seen. It’s not that I was asking myself when the writer would be able to be a father, but when, while enjoying fatherhood, would I be able to be a writer?

 

II

When I first saw my daughter’s face I was also able to make out another, beautiful and fragile face, the face of reality. As anticipated, my time and energy became scarce. Later, the many consecutive nights of sleeplessness had me dozing on the books I was attempting to read. Rewriting my drafts demanded a concentration that was physically impossible. On top of that, this new presence populated my mind and my field of vision: I spent hours gazing at those little hands without feeling the need to write, because now reality had become complete. I was happy, and it was very difficult to write in these conditions. So I devoted myself to experiencing those moments without a thought to anything else: my recently discovered love left me no other option.

But the poems came little by little, slowly but distinctly. My new life, which decided to have a siesta in what had once been my office, now inserted itself directly into my creative work. My love for my daughter, the fear of the world in which she lives, in which we all live, my fatherhood, became recurring themes in my poetry. The least of my concerns was my office: by then I had already been colonized on the inside. I say that with a smile on my face. It’s true that my time and energy had been considerably reduced, but the intense need to write about this love had become the driving force of my poetry. Writing had never been harder, but it also had never been more urgent.

Everything has its flipside.

 

III

As is usually the case when I write, I wanted to investigate the tradition that a creative impulse belongs to, or that it dialogues with. I wasn’t very surprised to see that the list of poets that talk about their fathering practiced with love was not very long. In literature, the father is almost always absent or abusive. There are so many examples, so varied and so canonical, that there’s no need to list them. The search for the father is practically a literary genre of its own. Killing the father is a common theme, one that can even be used for talking about our literary tradition itself. Poems to children are usually written after a family tragedy, or they have a tone of asking forgiveness, precisely for not having been a loving father.

I found many poems about loving one’s father that are laments over the death of one’s father. But these were written by the children, and I wasn’t searching for that, but for texts in which a father expresses love and tenderness. Examples were scarce, and writers of criticism almost never made a pitstop to cover these issues—loving fatherhood doesn’t seem to have much representation or literary prestige. Poets don’t tend to broach the topic, and the academy ignores it entirely. It would be worth it to ask why.

 

IV

Her name was Malva Marina Trinidad Reyes. She had hydrocephalus and died at the age of eight without having had the affection of her father, Pablo Neruda. The almost complete disappearance of her story is no coincidence—there isn’t a single public mention of Malva, a single poem about this child, who, due to the size of her fluid-filled head, the poet once called “a sort of semicolon” in a letter.

She was the sole descendent of the Nobel laureate, the child of his marriage to María Antonia “Maruca” Hagenaar. After eight years of illness, in which her mother survived all manner of humiliations, difficulties and financial hardship, Malva died in 1943, in Nazi-occupied Holland. Her father doesn’t mention her in his memoir, nor did he write a single poem about her. She didn’t have the same luck as the cat, the socks, a chestnut on the floor, or the conger chowder. . .

I’m not interested in passing moral judgment on Neruda or reviving the debate on the separation between an author and their work. What I do want is to think about the poet’s silence, and the terrible loss that this has meant for literature itself. A man who was capable writing beautifully about socks could have changed the poetic sensibility of the language itself if he had used his pen to talk about his daughter, about his daughter’s illness, about his love for her and the way this love occupied his heart, which was so full of other wars, conflicts and struggles. Neruda could have written the kind of poem that is still not very visible, and maybe used it to bring up a new topic in literature. But Malva, who was not a vital priority for him, also couldn’t be a poetic theme. It could have been the most original texts of all of Neruda’s work (and I believe that sincerely). But if I’m mistaken, if these hypothetical poems had been bad or corny, they still would have been more beautiful and less reprehensible than the “Ode to Stalin.”

But maybe it’s better to talk about what is really going on: Neruda’s silence about his fatherhood is an all too common story.

 

V

Being that it is such an oft repeated human experience, such a common occurrence, why does a loving fatherhood elude being written about? Or could it be that this is not the right question? Maybe we should ask if this silence betrays an absence in real life? Is it that writers haven’t felt an urgency to write about a reality that doesn’t concern them, or have they censored themselves because these subjects lack prestige? To put it another way: Is it that there is a lack of writing about fatherhood or is it that there is a lack of committed fathers to write about? The answer probably varies case by case, but the result is almost always the same: a textual absence, a lack.

If it’s true, as some people say, that in reality literature has few subjects that change in nuance over time, we might understand why certain issues, certain obsessions, get repeated so often in the work of individuals or nations. The great literary themes (death, time, self-transformation, etc.) refuse to disappear because they are an integral part of the human experience. But given its same ubiquity, you would think that raising children could be a form, a subgenre, of the so-called poetry of love, but that is not the case. The word love must be refashioned in the mouths of male authors. For some time now, female authors have been exploring the connection between literature and childrearing and critically revisiting the concept of motherhood. Isn’t it high time then for us male writers to embark on a similar search, to question our fatherhood and childrearing, and their role in the literature we write and consume?

 

VI

I am convinced that for too long, the patriarchy has blocked off affection from us men as a poetic possibility, and has given the word love a too predictable meaning. The vulnerability of a father who fears, of a man who loves without eroticism, doesn’t have much space or representation in or outside of poetry. In literature, in life, fatherhood is more a synonym for violence or absence than childrearing. Contemporary literature written by men gives more space to caring for nature than caring for one’s own children.

Nevertheless, talking about nature is still progress because it shows that new sensibilities and new literary themes are possible. The fatherhood that I am talking about will begin appearing in literary works because love exists, because it’s there, walking around my office and around the house of many other families where someone, a father or a mother, is a writer. More and more, I have witnessed parents, whether writers or not, devoting themselves lovingly to their children. However, in order for this reality to show up in poetry, we must lose the fear of vulnerability that comes with affection and caring for children. We need to redefine the word love, enrich it.

Every writer is free to write on any subject, and the conquest of affection is an expression of creative liberty that we should not put off any longer. We have the right to speak about, to feel, the love of childrearing. It would be worth it to fight for it as we sit across from the blank page. We need to reconquer the space we have ceded to violence, to redefine our identity, and along with that, our literature.


Translated by Slava Faybysh

Poesía y paternidad

 Tomado de Latin American Literature Today



Antes de ser padres, mi esposa y yo vivimos varios años en un departamento de dos habitaciones. Una de ellas era mi estudio. Tal fue la primera vez que yo tuve un espacio físico dedicado enteramente a mi escritura, a mi silencio lector: mi casa en la casa. El significado de esas cuatro paredes y sus libreros iba mucho más allá de un sitio ideal para trabajar: era una expresión de mi identidad, una extensión visible de mis obsesiones. 

Llegado el momento, dicho estudio fue colonizado por la presencia, todavía futura, de mi hija. En medio de los libreros ahora estaban una cuna, una mecedora y otros muebles y artefactos nómadas. Sus libros tomaban, igualmente, espacio entre los míos. El santuario dejaba de pertenecerme. 

Recuerdo haber sentido miedo: ¿sería posible escribir poemas mientras uno dedica la vida a otro ser humano? La felicidad de esos meses frecuentemente se mezclaba con la ansiedad causada por esa incesante pregunta. 

El problema, en realidad, era logístico: ¿cómo hacer tiempo para escribir, leer, y hacer otras cosas relacionadas con mi vida de escritor, durante los primeros años de paternidad?  ¿En qué momento y con qué energía sostener la pluma o ponerme frente al teclado?

Bastaba, por supuesto, mirar a mis amigas, poetas que son madres, para darme cuenta de que mi preocupación no debía serlo: ellas son capaces, aunque con esfuerzos tremendos, de escribir y cuidar de sus hijos. Verlas y leerlas es comprobar que es posible comprometerse con ambas cosas. Además ellas lo hacen, muchas veces, sin ayuda. Otras veces logran hacerlo con la vida (quiero decir la sociedad, los sistemas de salud y de trabajo, sus propias familias) en contra. Mis circunstancias eran mucho menos difíciles. 

Caí en cuenta de que mi ansiedad no era el resultado de mis ganas de escribir sin hacer otra cosa (jamás he tenido esa posibilidad), sino de mis ansias de ser padre comprometida y amorosamente. De estar ahí, de disfrutar el amor, la ternura y la voz de esa niña cuyo rostro no había visto todavía. No me preguntaba en qué momento ser padre siendo escritor, sino en qué momento ser escritor disfrutando mi paternidad. 

 

II

Al conocer el rostro de mi hija pude también vislumbrar otro, hermoso y frágil, de la realidad. Como lo anticipaba, el tiempo y la energía escasearon. Luego de noches seguidas de desvelo me dormía sobre los libros que pretendía leer. Corregir mis textos exigía una concentración que me era físicamente imposible. Además, esa nueva presencia me poblaba la mente y los ojos: podía pasar horas contemplando esas pequeñas manos sin sentir la necesidad de escribir, porque la realidad estaba ya completa. Era feliz, y es muy difícil escribir en tales circunstancias. Me dediqué, pues, a vivir esos momentos sin pensar en otra cosa: el amor recién descubierto no me dejaba otra opción. 

Poco a poco, los poemas llegaron, lentos y distintos. La nueva vida que tomaba la siesta rodeada de lo que antes era mi estudio, ahora también se colocaba al centro de mi propio trabajo creativo. El amor por mi hija, el temor del mundo en el que vive y vivimos, mi paternidad, se habían convertido en temas recurrentes de mi poesía. Lo de menos, ahora, era mi estudio: yo estaba ya colonizado por dentro. Lo digo sonriendo. Si bien era verdad que mi tiempo y energía se habían reducido considerablemente, la intensa necesidad de escribir acerca de este amor se había convertido en mi motivo para el poema. Escribir nunca había sido tan difícil, pero tampoco había sido más urgente en mi vida. 

Todo se compensaba. 

 

III

Quise, como sucede casi siempre cuando escribo, investigar la tradición a la que pertenece, o con la que puede dialogar, un impulso creativo. Sin mucha sorpresa pude ver que no es muy larga ni visible la tradición de poetas que hablan de su paternidad ejercida con amor. En literatura, el padre es casi siempre ausente o abusivo. Los ejemplos son tantos, tan variados y tan canónicos, que no vale la pena enlistarlos. La búsqueda del padre es casi un género literario. Matar al padre es un término común, destinado incluso a hablar de la tradición literaria. Los poemas a los hijos suelen ser escritos luego de tragedias familiares, o tienen tono de disculpa, precisamente, por no haber ejercido una paternidad amorosa. 

Encontré muchos poemas de amor al padre, lamentaciones por la muerte del padre. Pero esos son escritos por los hijos y yo no buscaba eso, sino textos en los que un padre expresara amor y ternura. Los ejemplos fueron escasos, y la crítica casi nunca se detenía en ellos: la paternidad amorosa no parece tener muchos representantes, ni mucho prestigio literario. Los poetas no abordan el tema, y la academia igualmente lo ignora. Vale la pena preguntar por qué.

 

IV

Se llamaba Malva Marina Trinidad Reyes, tenía hidrocefalia y murió a los ocho años sin el cariño de su padre, Pablo Neruda. La casi completa desaparición de su historia no es casual: no hay una sola mención pública de Malva, un solo poema acerca de esta hija a la que, a razón del tamaño de su cabeza llenándose de fluido, el poeta llama en una carta “una especie de punto y coma”. 

Fue la única descendencia del premio Nobel, fruto de su matrimonio con María Antonia “Maruca” Hagenaar. Luego de ocho años de enfermedad en los que su madre pasó toda clase de humillaciones, problemas y carencias económicas, Marina murió en 1943, en una Holanda ocupada por los nazis. Su padre no la menciona en sus memorias, ni le hizo un solo poema. No tuvo la suerte que tuvieron el gato, los calcetines, una castaña en el suelo, el caldillo de congrio… 

No me interesa enjuiciar moralmente a Neruda, ni revivir el debate acerca de la validez de la separación entre el autor y su obra. Lo que quiero es pensar en el silencio del poeta y en la terrible pérdida que éste supuso para la literatura misma. Un hombre capaz de escribir con belleza sobre calcetines pudo haber cambiado la sensibilidad poética de la lengua si hubiera usado la pluma para hablar de su hija, de la enfermedad de su hija, del amor por su hija y del modo en que este amor le ocupaba el corazón, que tenía tan lleno de otras guerras, de conflictos y luchas. Neruda pudo haber escrito un tipo de poema que todavía no es muy visible, y quizá con ello hubiera comenzado un tópico literario. Pero Malva, que no fue una prioridad vital, tampoco pudo ser un tema poético. Aquellos pudieron haber sido (lo creo sinceramente) los más originales textos de toda la obra nerudeana. Y si me equivoco, si aquellos hipotéticos poemas resultaban malos o cursis, de cualquier modo hubieran sido más bellos y menos reprobables que la Oda a Stalin

Pero es mejor hablar de lo que efectivamente sucede: el silencio de Neruda sobre su paternidad es un ejemplo común, entre demasiados otros.

 

V

Siendo una experiencia humana tantas veces repetida, tantas veces vivida, ¿por qué la paternidad ejercida con amor se escapa tanto de ser escrita? ¿O será que esta pregunta no es la correcta, y en su lugar debemos cuestionar si ese silencio es testimonio de una ausencia que también sucede fuera de la página? ¿Los escritores no han sentido la urgencia de escribir sobre una realidad que no les concierne, o se han censurado porque dichos temas carecen de prestigio? Dicho de otro modo: ¿hace falta escritura sobre paternidad, o hace falta paternidad comprometida para poder escribir sobre ella? La respuesta varía de caso en caso, pero el resultado es casi siempre el mismo: una ausencia textual, una falta. 

De ser verdad, como dicen algunos, que la literatura tiene en realidad pocos temas que van variando sus matices a lo largo del tiempo, podríamos entender que se repitan tanto ciertos asuntos, ciertas obsesiones, en la obra de individuos o naciones.  Los grandes temas literarios (la muerte, el tiempo, las transformaciones del yo…) se niegan a desaparecer porque son parte de la experiencia humana. Por esa misma omnipresencia uno pudiera pensar que el cuidado de los hijos podría ser una manera, un subgénero de la llamada poesía amorosa, pero no es así. El dicho y redicho poema pasional, erótico, el canto del hombre hacia el cuerpo femenino (no sé si a la mujer, pero definitivamente a su cuerpo) ocupa casi todo el espacio de lo “amoroso” en la literatura.

La palabra amor, en boca de autores hombres, necesita ser refundada. Las escritoras, hace ya bastante tiempo, exploran la conexión entre literatura y cuidados, y revisitan críticamente el concepto de maternidad. ¿No es momento, entonces, de que los escritores emprendamos una búsqueda parecida, encaminada a cuestionarnos acerca de nuestra paternidad, cuidados, y el rol de todo ello en la literatura que escribimos y consumimos?

 

VI

Estoy convencido de que, por demasiado tiempo, el patriarcado ha cercenado la ternura como posibilidad poética escrita por hombres, y le ha dado un significado predecible a la palabra amor. La vulnerabilidad del padre que teme, del hombre que ama sin erotismo, no tiene mucho espacio ni representantes dentro ni fuera del poema. En literatura, en la vida, la paternidad es más sinónimo de violencia o de ausencia, que de cuidados. La literatura contemporánea escrita por hombres habla más del cuidado de la naturaleza que del de los propios hijos. 

Sin embargo, hablar de la naturaleza es un avance, puesto que anuncia que nuevas sensibilidades y nuevos temas literarios son posibles. La paternidad que ahora comento irá apareciendo en obras literarias porque el amor existe, porque está ahí, caminando por mi estudio y por la casa de muchas otras familias en las que alguien, padre o madre, se dedica a escribir. Soy testigo de que cada vez más padres, escritores o no, se dedican con amor a sus hijos. Sin embargo, para que esa realidad también aparezca en el poema es necesario perder el miedo a la vulnerabilidad que la ternura y los cuidados implican. Es necesario re-significar la palabra amor, enriquecerla. 

Todo escritor tiene derecho a escribir con libertad sobre cualquier tema, y la conquista de la ternura es una expresión de libertad creativa que no debe seguir aplazándose. Tenemos derecho de hablar, de sentir, ese amor que exigen los cuidados. Vale la pena luchar por ello frente a la página en blanco. Es necesario conquistar los espacios que le hemos cedido a la violencia para redefinir nuestra identidad y, con ello, nuestra literatura. 

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