Tuesday, May 12, 2009

La dignidad y el silencio

sobre la obra de Joaquín Bestard


Estoy tan acostumbrado a la idea de que se escribe como para muchos pero se
publica para muy hipotéticos lectores, que pensaba colocar al frente de esta
recopilación el verso altanero y envidiado de Lope: me basta con que escuchen
las estrellas.

Gastón Baquero, en el “Explico” preliminar a sus Poemas Invisibles. Madrid, 1991.




El escritor guarda silencio. Escribe. Se dedica en el papel a edificar la obra que años después alguien leerá como si fuera nueva, y le dará algún valor. Este final —el del lector que aprecia— es deseable aunque de cualquier modo el escritor aspira al texto como fin y no como medio: al artista le interesa el arte, y por el arte no pierde su dignidad.
Joaquín Bestard Vázquez (Mérida Yucatán, 1935) ejemplifica al escritor descrito. Autor de más de quince novelas y varios libros de cuento, dos veces premio nacional de novela (INBA-Querétaro 1980 y José Rubén Romero 1989), es tema de discusión en mesas de congresos internacionales de literatura del Caribe, parte de los temarios de cátedra en varias universidades extrajeras, y fundador del primer taller literario de Mérida, Yucatán, en 1981. A pesar de todo esto el reconocimiento local de su obra y persona se hace, hasta no sabemos cuándo, esperar.
Su taller literario ha funcionado de modo casi ininterrumpido por más de 25 años en la Universidad Autónoma de Yucatán (coordina desde hace un par de años otro taller que funciona en la facultad de economía), siendo el primer lugar de formación para muchos escritores yucatecos. Pero sobre todo, siendo el lugar del que han surgido muchísimos lectores. Nosotros, los lectores que hemos recibido su generosidad intelectual, le estamos profundamente agradecidos también por su lección de humildad y entereza.
Joaquín Bestard jamás ha buscado el reconocimiento. No ha procurado rodearse de otros que no sean los que quieren aprender de él, y de los que él dice que aprende tanto. No ha cultivado tampoco el rencor que merecerían muchos escritores que, luego de haber recibido su primera formación con él, han decidido darle la espalda.
El maestro calla. Escribe. Su total falta de escándalo es la más digna respuesta a no ser invitado ni premiado, a ser tratado incluso con falta de respeto. Se mantiene tranquilo sabiendo que está creando su obra y que al mismo tiempo ayuda a los jóvenes sin hacerlos escribir como él, que les enseña a borrar, a corregir, a no llamarse escritores, a no ser más que firmes y comprometidos lectores respetuosos de la palabra y de la gente, a no sucumbir (como él ha dicho muchas veces) al canto de las sirenas, a la ilusión de que alguien que de todas formas no sabe leer te llame “escritor” o “maestro”.
Bestard enseña literatura con literatura, y dignidad con el ejemplo. Todos sabemos que no ha sido depositario de las becas del estado, y que no ha ido a leer su obra a París o a Canadá con invitaciones que se haya mandado él mismo. Por el contrario, han sido universidades como la Universidad Autónoma de Yucatán, Ohio University, University of Northern Colorado, New Mexico State University, y la Universidad de Costa Rica, entre otras, las que se han volcado sobre su obra. Analistas como Margaret Shrimpton (Universidad Autónoma de Yucatán), Daniel Torres (Ohio University), y Daniel A. Lee (Universidad de Costa rica), y Ángel Martin Rodríguez Pérez (University of Kentucky), han dedicado una considerable cantidad de tiempo a escribir artículos, capítulos de libros y de tesis, tesis de doctorado y libros completos acerca de la obra de Bestard. Conciente de esto, Joaquín Bestard sigue escribiendo silenciosamente.
Lo han preguntado antes que yo: ¿Dónde está el premio estatal de narrativa Joaquín Bestard? A lo que agrego: ¿Dónde están la promoción y reconocimientos de su obra, que ya es la obra de toda una vida? ¿Qué estamos esperando? El autor está con nosotros y, aunque su dignidad le impida reclamarlo, merece reconocimiento unánime. Mexicano y caribeño, Joaquín Bestard es uno de los escritores yucatecos vivos más importantes del siglo XX.
En estas páginas hago un llamado hacia la literatura y figura del maestro que, quizá también a causa de su autoimpuesto silencio, sigue sin ser reconocido: Su silencio es admirable, el de las instituciones no.
Antes de acabar, agradezco a Joaquin Bestard por todo lo que enseña en literatura y dignidad, y por su invaluable amistad, consejo y confianza. Lo hago en estas líneas porque debe hacerse ahora, y porque soy un lector agradecido.


Manuel Iris
Las Cruces, Nuevo México, EEUU. Septiembre del 2007.

1 comment:

Damiana Leyva Loría said...

¡Qué impactante!
Este texto merece ser difundido para que la gente, sobre todo de Yucatán, conozca la historia de las escuelas literarias, que finalmente tienen un mismo origen.

Gracias por compartir esto durante la premiación, porque también me siento agradecida con las enseñanzas del maestro: literarias y morales.