Sunday, May 11, 2014

Invitados al cocktail-creación: lectura de un poema de Gastón Baquero


Tomado de La raíz Invertida




Felizmente, hablar del poeta cubano Gastón Baquero es cada vez menos extraño. Su obra es crecientemente leída y comentada, todavía con el entusiasmo de quien encuentra una joya secreta, por escritores y lectores de América y España, a pesar de que no ha recibido la difusión que merece.
Enfocado en su poesía, en este ensayo no hablaré de la relación de Baquero con el grupo Orígenes, de sus largos silencios o de su situación de exilio, sino que me dedicaré a algo mucho más modesto: ofrecer mi lectura del poema que es, personalmente, la razón por la que empecé a leer y admirar, para no detenerme nunca, a un poeta monumental. Aparecido en su último libro,Poemas invisibles, el texto es breve y puede ser citado completo:








Oscar Wilde dicta en Montmartre a Toulouse-Lautrec
la receta del cocktail bebido la noche antes
en el salón de Sarah Bernhardt (1)


(Según Roland Dargeles, en casa de Sarah
bebieron esa noche un raro cocktail. Un hombre
preguntó cómo se hacía. Y Sarah dijo: «Este es un secreto de
Oscar. Oscar, ¿querría usted darle en privado la receta
a mi dulce amigo el señor de Toulouse-Lautrec?»)
«Exprima usted entre el pulgar y el índice un pequeño limón verde
traído de Martinica. Tome el zumo de una piña
cultivada en Barbados por brujos mexicanos. Tome
dos o tres gotas de elixir de maracuyá, y media botella
de un ron fabricado en Guyana para la violenta sed
de nuestros marinos, nietos de Walter Raleigh.
Reúna todo esto en una jarra de plata, que colocará
por media hora ante un retrato de la Divina Sarah.
Luego procure que la mezcla sea removida
por un sirviente negro con ojos de color violeta.
Sólo entonces añadirá, discretamente,
dos gotas de licor seminal de un adolescente,
y otras dos de leche tibia de cabra de Surinam,
y dos o tres adarmes de elixir de ajonjolí,
que vosotros llamáis sésamo, y Haroum-Al-Raschid llama tajina.
Convenientemente refrescado todo eso,
ha de servirlo en pequeños vasos de madera
de caoba antillana, como nos lo sirviera anoche
la Divina Sarah. Y nada más, eso es todo: eso,
Señor de Toulouse, es tan simple
como bailar un cancán en las orillas del Sena».

La inteligente belleza del poema no puede menos que hacer sonreír al lector, que termina felizmente desconcertado ante la sencilla estructura del texto: un título largo y contextual que describe la situación narrada y presenta los personajes, seguido de un epígrafe que pretende aludir a una realidad extratextual, y finalmente el “monologo” de Oscar Wilde, que es propiamente el cuerpo del texto. El poema, en su elegante ficción, es el testimonio de una escena real.
Cada una de estas secciones se construye con sumo cuidado, por ejemplo, el largo título sitúa al lector en la acción del poema a partir de un sólo verbo conjugado en presente: dicta, anunciando el presente estático del monologo de Wilde, que sucede frente a nuestros ojos: El poeta (Wilde) está diciendocómo preparar el cocktail. Por su parte, el epígrafe inicia con la fórmula:según Roland Dorgeles, seguida de una serie de verbos conjugados en pasado (bebieron, preguntó, dijo...), creándose con ello la verosímil ficción de que la anécdota referida efectivamente aconteció.
El cuerpo del poema es la receta del cocktail y es también, como yo la leo, una alegoria de la poiesis, es decir que el poema habla de sí mismo, y también del propio acto de escribir poesía, o de crear arte en general. Dicho sencillamente: estamos ante un tratado acerca del acto de crear, disfrazado de divertimento. Desentramar el significado del poema (leer este poema como ars poética) es adentrarse en la propuesta poética de Gastón Baquero. Tal es mi intención.
Por supuesto, los protagonistas de esta anécdota son parte fundamental del significado de la misma. Los abordo uno por uno y comienzo, por supuesto, con Oscar Wilde (1854-1900), escritor irlandés nacido en Dublín que, siguiendo a Baudelaire, formuló una teoría poética en que preconizaba el arte por el arte, y que se puso a la cabeza del movimiento esteticista. Hombre mimado por la nobleza y la alta burguesía londinense que luego lo acusará de aberraciones sexuales y lo condenará dos años a trabajos forzados durante los cuales escribe su largo poema De profundis.
El siguiente, en orden de aparición, es Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec (1864-1901) pintor, grabador y dibujante francés que mejor representó la vida nocturna parisiense de finales del siglo XIX. Artista que frecuentó los coloristas y animados cabarets del distrito parisiense de Montmartre, como el Moulin Rouge, y atrajo con su ingenio y locuacidad a un nutrido grupo de artistas e intelectuales entre los que se encontraban el escritor irlandés Oscar Wilde, el pintor holandés Vincent van Gogh y la cantante francesa Yvette Guilbert.

Bastante más difícil de rastrear es Sara Bernhardt (1844-1923), actriz teatral francesa, de verdadero nombre Henrriete Rosine Bernhadt que ingresó en lacomédie française en 1862, y luego pasó a Odeón (en 1869), y volvió a aquella en 1872. Descolló por su excepcional vigor dramático y realizó numerosas giras por el extranjero. Escribió tres comedias, un libro de memorias, Ma double vie (1908) y el ensayo L`art du théâtre (1923).
El último de esta lista es Roland Dorgeles (1885-1973) que es el pseudónimo de Roland Lecavelé, escritor y periodista francés que frecuentó el ambiente bohemio y artístico de Montmartre de principios de siglo. La experiencia personal de la primera guerra mundial le provocó la novela Les croix de bouis (1919). El resto de su producción lo forman otros relatos de la guerra, libros de viaje, y tres novelas impoTout es à vendre (1957), A bas l`argent (1965) y Le marquis de la Déche (1971).
rtantes:
Ubicados los personajes referenciados, falta una cosa por identificar: el lugar y tiempo, es decir, el cronotopo en que el poema se desarrolla. Montmarte es un famoso barrio parisino conocido desde el siglo XIX por su agitada vida nocturna, refugio de artistas y escritores, en donde se daban cita los hombres de letras y artes en importantes fiestas que eran el centro de la vida intelectual y artística de París. Montmartre, en el poema y en la historia de París, es el lugar en que convergen los artistas.
Dados los datos de todos los personajes, la acción del texto se desarrolla en Paris a eso de las últimas décadas del XIX, o las primeras del XX. Lo anterior no es sólo una curiosidad narrativa, sino que es importante porque logra un artificio que coadyuva a la particular manera de verosimilitud que el texto pretende: los personajes referenciados efectivamente pudieron haber compartido esa fiesta en el salón de Sarah Bernhardt: sus tiempos y espacios coinciden, y varios de ellos frecuentaron la vida Bohemia de Montmartre, sin embargo —y es importante aclararlo— esta posible veracidad del dato no es característica de la escritura de Baquero, en la que usualmente un personaje referenciado puede encontrase con otro de otro tiempo, espacio y cultura, con un nexo simbólico establecido, pero no siempre declarado, por el hablante. Muchas veces, este nexo simbólico sólo puede ser aclarado tras cuidadosa lectura.
En este poema todos los personajes son artistas, y además viven en Paris, frecuentan Montmarte, y experimentan una época de renovaciones artísticas y científicas fundamentales para la historia del arte contemporáneo. Todos esos movimientos fueron, cada uno en su manera, una exploración de la realidad oculta tras lo revelado por los logros de la ciencia: una respuesta a la certeza, a la certidumbre, por medio de la exploración de la naturaleza humana.
Falta hablar todavía de los ingredientes de la receta, que son un festín para quien los lea desde la teoría postcolonial: todo lo necesario para la elaboración de este raro coctail es Oriental en el sentido que Edward Said le da al término. Lo exótico es América, o bien, Oriente; hablamos, por ejemplo, de una piña cultivada en Barbados por brujos mexicanos, un ron fabricado en Guyana, dos gotas de leche tibia de cabra de Surinam, y dos o tres adarmes de elixir de ajonjolí,/que vosotros llamáis sésamo, y Haroum-Al-Raschid llama tajina, con lo cual se elaborará una mezcla que ha de ser removida por un sirviente negro con ojos color violeta y servida, por supuesto, en pequeños vasos de madera de caoba antillana. No debe olvidarse que nuestro hablante lírico es un poeta irlandés y su oyente es un pintor francés. Se habla en y desde Europa y lo referido es Oriente, y Oriente

…is not only adjacent to europe; it is also the place of
Europe’s greatest and richiest and oldest colonies, the
source of its civilizations, its cultural contestant, and one of
its deepest and most recurring images of the Other. (2)

Que sea una de sus mas profundas y recurrentes imágenes del (de lo) otro es precisamente lo que nos incumbe. Sólo hay un ingrediente que no es claramente oriental: dos gotas de licor seminal de un adolescente, pero su presencia nos deja seguir con esta cadena de analogías: el adolescente en el texto es también una representación del otro, o bien, de lo otro, lo no-occidental. Su juventud se corresponde con la representación casi primigenia, lejana, de los otros ingredientes. Junto a ello, la mención del Haroum-Al-Raschid, quinto y más famoso califa de la dinastía Abbasí de Bagdad cuya fama y poderío fueron inmortalizados en Las mil y una noches, apoya esta lectura, y otra adicional: los personajes extraliterarios son también personajes literarios: los artistas del poema y el Horum Al Rashid, son también literatura. Debe notarse que el famoso califa llama —en presente, como si se hablara del personaje literario y no del histórico—tajina al sésamo: literatura y la realidad pretenden confundirse en la construcción del poema, al brincar de un lado a otro de sus fronteras.
Debo regresar sobre el poema y proponer una interpretación: lo que contiene este cocktail es la novedad, la rareza, el exotismo. Por esa novedad el cocktailes atractivo. Asistir a preparación ha sido asistir al acto creativo: lograr lo nuevo a partir de la mezcla de lo distinto.
Sin embargo, el poema sería muy sencillo hasta aquí, y sería tal vez cuestionable que un autor caribeño y mulato como Baquero exotice su propia cultura. Para responder a esto el hablante da, en los últimos versos del poema, un cambio de sentido al discurso. Sucede en el momento en que se presentan referencias cercanas al horizonte de quien enuncia (es decir, de Wilde) tales como bailar un cancán en las orillas del Sena. Ese remate revela que lo occidental (lo no exótico, lo cercano, lo no-otro), es también exótico fuera de su contexto, o extrañamente combinado, (para Lautrec no hay nada mas natural que el Can Can y el río Sena): lo sorprendente es su inusitada combinación, y esa trasgresión que vuelve exóticos elementos que no lo son sólo puede ser pensada por un artista. Tal es, en el poema, es el trabajo del artista, encarnado en Oscar Wilde: hacer estas combinaciones, preparar el coktail: crear.
Como dije al presentarlos, todos los que se reunieron esa ocasión en Montmarte son artistas. Sin embargo, únicamente podemos escuchar al poeta, al único que no que no es francés, al castigado socialmente por distinto y, sobre todo, a quien propuso una teoría poética del arte por el arte. Únicamente Oscar Wilde tiene voz. No me parece aventurado decir que Baquero da privilegio a los artistas y, entre ellos, a los más irreverentes, los distintos entre los distintos. Quien habla es Wilde y quien escucha es Tolouse Lautrec, genio al cual su físico diferente siempre marcó: los une ser, en el sentido literal y en el común, extraordinarios, estar fuera de la norma en su ser y en su manera de habitar el mundo.
El texto que hemos leído es una alegoría de la creación y del goce artístico. El coctail es una rara bebida alcohólica preparada, a partir de una serie de combinaciones que solamente puede imaginar quien crea, para su disfrute, con un placer que asocio al goce del arte por el arte. Nosotros los lectores somos, junto con Sarah Bertnard, Roland Doregeles y Toluse Lautrec, los invitados al cocktail-creación.



(1) Baquero, Gastón.  Poemas Invisibles. Madrid, España: Verbum 1991. Pp 41.
(2) Said, EdwardOrientalism. Phanteon Books, NY. 1978. pp 1


Wednesday, April 30, 2014

Diez años ya






Cuando escribo estas líneas hago inventario de alegrías y amistad compartida, ya desde hace tiempo, con mucha gente a la que ahora, en el día a día, no tengo oportunidad de encontrar. Han cambiado los sitios y las circunstancias. Sin embargo sé que  si me encontrara de pronto con esos amigos, podría  saludarlos como si apenas ayer nos hubiéramos dado un abrazo, antes o después de platicar.
Este texto, que se va convirtiendo en el recuerdo de muchas amistades, quiere recordar que hace diez años tuve mi primer atrevimiento literario en forma de libro: Versos robados y otros juegos, libro de poesía para niños, cuyos poemas buscan rescatar la oralidad infantil de las canciones de cuna, los trabalenguas, las canciones de ronda, y el sonido de algunos poemas igualmente dedicados al publico infantil, escritos por Nicolás Guillen, García Lorca, Rabindranath Tagore o Rafael Pombo, que yo leía en esa época.      
La historia de este libro, como la de cualquiera, es doble. La historia interna, digamos, es que para esas fechas mi hermano más pequeño, del cual me separa una cantidad de años que en ese momento parecía mucho mayor que ahora, empezaba a hablar y decía cosas que me parecían infinitamente bellas. Estoy consciente de que hablar de la capacidad poética de los niños es un lugar común, pero no por ello deja de ser verdad, y en ese momento era yo no un poeta sino un escuchador: pasaba por el mundo como una oreja viva, recolectando sonidos, contando sílabas, repitiendo versos que se me quedaban más por su sonido que por su significado.  No he perdido esta debilidad por el aspecto sonoro del poema pero en aquel momento, empezando en realidad a escribir y a leer, mi oído lo era prácticamente todo y la oralidad, la literatura oral, era para mí el modo más alto de poesía posible: yo quería imitar eso porque pensaba que el poeta, más que un creador, era el recreador de algo que estaba puesto en el mundo desde antes. Todas estas creencias no han dejado de parecerme ciertas, aunque se han matizado a lo largo de la década que separa y une al impetuoso jovencito que escribió Versos robados, y a este otro personaje, obsesionado con la lentitud, que ahora lo recuerda.
La historia externa del libro no me pertenece: fue gracias a Celia Rosado, en la Licenciatura en Literatura Latinoamericana de la Universidad Autónoma de Yucatán,  que el libro fue escrito y publicado. Ella leyó varios de los primeros poemas (que tenían  la intención de ser poemas de amor) y me dijo que podrían ser leídos por un público al que no era común que una persona de la edad que yo tenia, le escribiese. Me dijo que debía seguir por ese camino, y escribir. 
Lo hice con temor, porque pensaba que darme a conocer con un primer libro de poesía para niños iba a garantizarme, sin escalas, el ridículo frente los poetas de mi ciudad. Era—lo dije así en su momento— un suicidio literario. Ahora mismo, a distancia, me doy cuenta de que la única razón por la que perseguí la idea de escribir y publicar el libro (cosa que se hizo gracias a una beca del programa PACMYC, con la justificación del rescate de la literatura oral) fue una suerte de inercia: no podía no escribirlo, era lo que entonces necesitaba y lo que me pedía el oído. Yo era un receptor de ritmos, una caja de resonancia, y ese libro me daba la oportunidad de cantar.
Además, Versos robados era un paso necesario por la luz.  Lejos de la poesía melancólica y oscura que mis contemporáneos escribían, como es normal a esa edad, mi libro era un paseo por ocasiones alegres. Yo no fui, jamás he sido, un poeta  de tristezas. Me obsesionan lo bello y el amor, el placer. Versos robados fue, a su manera, un acto de rebeldía: quise no ser triste por programa. Quise ser yo, y si eso era hablar del sol y de alegría, eso había que hacer.
Al final, luego de casi dos años de escritura, el libro salió de la imprenta y no había manera de distribuirlo. Yo no tenia idea de cómo meter un libro a una librería ni de cómo promocionarlo y, menos aun, venderlo. La figura de Raúl Diego Rivera Hernández, compañero de la carrera, fue fundamental. Raúl se convirtió en mi manager: arregló entrevistas para mí en radio, periódicos, revistas y televisión. Logró que el libro se presentase en muchas escuelas de Mérida y del interior del estado, e incluso perfiló el carácter social del libro y sus presentaciones: Versos robados se presentaba en escuelas privadas de Mérida, en las que el libro se vendía, y las ganancias de estas presentaciones costeaban la posibilidad de ir a comunidades rurales, en las que el libro se regalaba. El libro era la pieza central de una campaña de fomento de lectura y de rescate de la tradición oral. Todo esto, sin apoyo de ninguna institución del estado. El proyecto pudo financiarse por sí mismo gracias a la presencia de otros dos hermanos, Denis Pech y Darío Cruz, que se dieron a la tarea de musicalizar los poemas, que más que leídos eran cantados y hasta bailados por los niños, en las presentaciones. Por supuesto, la idea de que el verso regresara a su primera naturaleza de canción, me parecía natural y necesario.
Presentamos el libro en escuelas primarias, casas de la cultura y congresos de estudiantes de Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Aguascalientes, Chiapas y el DF. Nuestros amigos cercanos conocen una nutrida colección de anécdotas de estas presentaciones en que los niños pedían autógrafos hasta en los calcetines, o como aquella vez en El Cuyo, Yucatán,  en que unos niños  no nos dejaron irnos del pueblo hasta que sacamos los instrumentos del carro (dos guitarras y unos bongós) para cantarles, de nuevo, la Canción del gato, que la mañana anterior cantamos tres veces en su salón de clase. Recuerdo mucho la presentación en el museo de culturas populares del DF, con un público de niños maravillosos, participativos como pocos, que luego supe que venían no de una escuela sino de una casa-hogar. No creo mentir si digo que varias de las más bellas experiencias que he tenido como autor me las ha dado este primer libro que ha sido, como todo lo primero, el mas imperfecto pero igual el más honesto de  los que he escrito.
 Todas esas presentaciones fueron hechas, me parece importante repetirlo, sin ayuda de institución alguna. La edición se acabó en dos años y, gracias a Raúl Diego, la Universidad quiso comprarnos la segunda edición, que salió con un CD que incluye las versiones musicales de Denis y Darío, y que conserva las ilustraciones que Edilberto Barrero, hermano querido que el narrador Juan Esteban Chávez me presentó y cuya amistad, como la de los otros, es hasta hoy un talismán que guardo agradecido.  Hasta ahora, ése libro es el único mío que tiene una segunda edición.
Para el 2006, apenas unos meses luego de tener en mis manos los ejemplares de la segunda edición del libro, dejé Yucatán para irme a hacer la maestría en Nuevo México, donde después terminaría de escribir el Cuaderno de los sueños, empezado en Mérida, y que ya nada tiene que ver con Versos robados.
Es verdad que, poéticamente, el tiempo que ha pasado significa un cambio profundo en mis concepciones acerca de la poesía y en mi modo de escribirla: es natural. Sin embargo, Versos robados y otros juegos sigue siendo en mí el más transparente testimonio de que uno es lo que es, que no puede ni debe falsearse y que además el poema dice, siempre, no lo que uno quiere, sino lo que necesita.


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Canción pequeña


Ayer me dijo mi niñita alegre
esta mañana quiero ser limón.

¿Quieres ser qué? ¿Estás loquita?
esta mañana quiero ser limón.

Está colgado tu vestido verde
 esta mañana quiero ser limón.

Y tus calcetas y tus prendedores
esta mañana quiero ser limón.

Ponte un sombrero y un perfume lindo
esta mañana quiero ser limón.

Ya estas durmiéndote, niñita alegre
ya estoy contenta, ya soy limón.


Para mi niña
cuando no se duerme  


Yo debería de escribirte un cuento
pero no tengo
más que un verso
pequeñito.

Debo tomarlo por las puntas y doblarlo,
hacerle nudos,
jugar un rato,
para lograr que se columpie en tus pestañas
y ver tus ojos ocultándose a la luz.

Después venir,
y darte un beso. 

Yo debería de contarte un cuento.




Canción de arena para los muelles


Yo quiero
merengue y coco,
espuma color de sal,
yo quiero
que el sol me deje
bien tostado junto al mar.

Yo pongo baja la tarde
para alzarla en mi canción,
y busco las palmas altas,
y bajo mi grande voz
van creciendo
alegres barcos
con su carga de calor.

Entonces llega la noche,
y anuncio que ya me voy:

Yo quiero
merengue y coco,
espuma color de sal,
yo quiero
que el sol me deje
bien tostado junto al mar.







Wednesday, March 26, 2014

Lectura a distancia con el Laboratorio de las Artes de Valladolid, España


Hoy, 27 de marzo del 2014, por la tarde de Cincinnati y la noche de Valladolid, España, tendré el gusto de leer vía Skype unos poemas en el marco de Video Versos, evento organizado por el Laboratorio de las artes de Valladolid.

El evento es a las  8:00 pm Pm de España, 3 de la tarde de Cincinnati, y una de la tarde mexicana.


                                   Livestream AQUI!!!!!!


Este año se contará  con:

EN ESPAÑA
Miguel Salas (Madrid)
Mar Sancho (Valladolid)
Elisa Martín Ortega  (Valladolid)

EN AMÉRICA
Paola Cadena (Bogotá)
Stephanie Alcantar (Illinois, USA)
Adalber Salas(Caracas)
Manuel Iris (Yucatán, México)
Raquel Abend  (Caracas)

PRESENTAN:

Javier Blasco (Catedrático de Literatura Española UVA)
Armando Romero (Narrador, ensayista, traductor y profesor universitario. Cali, Colombia)

ARTISTA INVITADA:

Cloe Bosco (Voz, piano)


Jueves 27 a las 20:00h, Sala Concha Velasco. / Entrada Libre


Tuesday, February 11, 2014

OVERNIGHT MEDLEY, libro de poemas sobre jazz escrito por Manuel Iris y Floriano Martins, publicado en Brasil







Ahora me toca hablar de Overnight medley, libro de poemas que tuve el gusto de escribir con mi admirado amigo, el poeta brasileño  Floriano Martins. La idea del libro, largamente rumiada por nosotros, fue crear un conjunto de poemas sobre jazz. 
Overnight medley se divide en cuatro secciones. Las primeras dos, tituladas Foofprints y Giant Steps, escritas por mí y por Floriano respectivamente, tienen cada una diez poemas en que se habla de compositores o interpretes importantes de la historia del jazz.  
My favorite things, la tercera sección del libro, está hecha de poemas escritos a partir de una pieza determinada. Sin embargo en los poemas no se habla de la pieza misma sino que hemos hecho, a partir del estímulo musical, un ejercicio de escritura  a cuatro manos a modo de improvisación.
Si en las secciones anteriores se habla sobre jazz, en la tercera el jazz de algún modo sucede. Es un jam session.
La cuarta sección del libro, titulada Don’t eat the yellow snow, es un diálogo entre Floriano Martins y yo, sostenido casi al momento de escribir el libro, acerca del proceso mismo de su escritura.
Todos los textos del libro aparecen en español, portugués e inglés.

La contraportada ha sido escrita por el importante pianista de jazz brasileño Jovino Santos Neto.

El libro ha sido publicado en Brasil por ARC Edições.


Algunos poemas del libro




Round midnight

Manuel Iris


                           And I lost in the morning mist
                          of an age at a riverside keep
                          wandering in the mystic rhythm
                          of jungle drums and the concerto.

                    Gabriel Okara, Piano and drums



El Arquitecto calla, piensa. Planea
juntar las puntas de la media noche
para hacer de nuevo el puente
entre tu voz y tu verdad primera.

...el inicio es torpe. Borro y escribo:

Thelonius Monk ató puntas de la media noche
para tender la melodía que funciona
como puente de tu voz
al grito primigenio.

Acaso ha mejorado. Sigo escribiendo pero entonces apareces. Entras al cuarto y a pesar de que te veo de frente, prefiero la otra imagen que hay en el espejo, la variación del vidrio boquiabierto junto a ti.

...me detiene boquiabierto: evidente efectismo. Pongo de nuevo esa canción del Arquitecto y dejo que te vayas. Continúo:

Thelonius Monk ha atado los extremos de la media noche
para iniciar la variación de los andamios
que se alargan de tu hablar
a tu gemir de orgasmo     al primitivo
tiempo de los otros     los pre-humanos
que se aman contemplando el fuego

Thelonius Monk armó la media noche circular
y entonces la ternura más rudimentaria
se apropió de ti  te convirtió en la imagen
del primer amor  que es casi el eufemismo
de quedar en celo     es casi ronda  casi
día siguiente

...la canción termina pero alguna variación es todavía posible. Callo. Imagino al arquitecto componiendo partituras que sirven nada más para salir o para entrar en ellas. Pongo play:

                                         pensaba
unir las puntas de la media noche
y la ternura más homínida posible
el más elemental amor     te vio las manos
y pensó en dejarlas en la piedra para siempre
en invocarte como a la cacería  y te volvió rupestre
y te dejó en la cueva del amor original
del eufemismo de quedar en celo
de ser Thelonius Monk haciendo los andamios
que se alargan de tu voz a los aullidos     de tu risa
hacia el temblor de orgasmo
y vas del piano al tambor y vas también
en dirección contraria


                         Caigo en cuenta
de que el puente es una forma de la eternidad
que el Arquitecto escribe los reflejos de tu rostro
cuando entras por la puerta     tu precisa variación
tus puntos     tus momentos     de llegada

o de partida.







  

 Hermeto Pascoal

                      Floriano Martins


el músico quiere beber
un té de vísceras     las entrañas del mito     pajarito flotando nubes
frunciendo la cabeza del azar yo juro que vi lo que nadie podía     el universo soplado al revés     la tarde cocida en la boca del sapo
silueta del sonido que sólo podemos hacer juntos
yo me quedo así solo de ver el cielo deshojado por dentro
el trébol de cuatro quimeras que iba a ser y no fue     escondió el pasto dentro del bolso
donde yo te fui a buscar la sorpresa había encantado otro nombre
un tufo de luz cavilando en la oscuridad
la fiesta cribando ritmos por todo el caserío
yo crié mis niños para que el viaje devore su propia cola
la flauta que soplé en el corazón yéndose de Cannoball Adderley fue para decirle que se sintiese libre de irse o quedarse
y dicen que dios es intocable
quien quiera una capilla plantada en el varal que venga a beber el sol en la palma de mi mano
yo toqué la tuba dentro de la escaleta     la tetera imitando un quiosco místico     cigarras solfeando el milagro de la existencia
yo fui pegando los pedazos del mundo que nadie supo mascar
deletreando el pabilo de los desencuentros     oyendo la sinfonía que alguien dejara de escribir
nunca supe amar la vida de otra manera     ella siempre diciéndome     toque un poquito más     yo fui su bebé en todo
irreductible sed     no sé parar de nacer












So sweet my little girl

                                                 Martins & Iris


Si tengo suerte 
un verso que no he dicho va a reír en tu muñeca
como si fuera una pulsera loca     un adelanto 
de la lluvia triste     de la urgencia de que sigas 
de que nunca sepas lo que esconde esa mañana
que bajaste de un columpio sin sentir
esa niñez que habías dejado atrás 

ve buscar tu larga risa que repite sin cesar los cuadernillos del misterio
por las alfombras del mismo sueño     mi dulce niña siempre cuida calentar las piedras de la lluvia     el mar que golpea su ventana     las pocas notas del relámpago

el olvido que se hace encanto y siempre regresa a la misma puerta 
en que una vez lloraste por un globo un pajarito muerto 
era ese llanto repetido y monótono de una tristeza ciega 
y no lloraste así cuando bajaste del columpio 
y  te quedaste allí     por siempre balanceándote     mi niña triste y dulce     

trilce   
                niña mía




Friday, January 17, 2014

Otros también levantan la mano


                            
                                Para Roberto Fernández Retamar

                             Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
                             las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
                             y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
                             que sus padres y más delincuentes que sus hijos
                             y más devorados por amores calcinantes.
                             Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.


                                                Roberto Fernández Retamar, Felices los normales






…pero también hay que pedir un sitio
para otros
los que no hacen ilusiones ni las sinfonías
los que no tienen sueños
los insignificantes
los que han amado hasta la empuñadura
porque no entienden otra forma del amor
los que rechazan un café que no pueden pagar
y salen de los sitios vestidos de tristeza
y no tienen zapatos
los que andan bajo lluvia
sin el prestigio de escribir palabras que nos desbaraten
los que reparten pan
los que se quedan siempre
los que no saben llorar y que sonríen
los que no tienen nombre
o cuyo nombre no interesa
porque nunca han intentado que se lo aprenda nadie
los que no han hecho más revolución que amar
y ser decepcionados rutinariamente
los que jamás se rinden
los que no se han afiliado con ningúnpartido
los que no importan nada
los anónimos
los mínimos
los transparentes
los que no llaman “normales” a los otros
y que tampoco entienden
la felicidad.



...................



El presente poema fue publicado antes en Blog Indieo  y en la revista La Otra

Friday, January 03, 2014

Devenir




Salimos de la casa y vemos a los personajes habituales por aquí, en el barrio de Ludlow: el anciano, siempre con zapatos deportivos y sombrero mexicano, que vende un periódico diciendo Street vibe, Street vibe, one dollar; el otro con su corte de pelo tipo militar y los dos ojos perdidos, siempre sonriente, agitando –porque no puede controlar su mano—un vaso desechable que en la mañana tuvo su primer café y que ahora tiene las monedas que le dan los que pasan. El que llamamos “el pingüino”, siempre de traje, corbata y con cara de desasosiego, entrando y saliendo de las tiendas y del cine con su paraguas al brazo. Si fuera noche y estuviéramos en el bar de enfrente veríamos a ese otro de unos sesenta años vestido de mujer en una noche de gala, pero es de día y llegamos al café y vemos a Judith, la mujer mayor de pelo casi violeta que siempre se sienta en la misma mesa y pide un café sin cuchara y un plato con rebanadas de aguacate para pasar el rato mientras teje bufandas y sombreros, que luego vende a sus amigos.

Siempre me han causado atracción estos personajes, le digo a Claudia.

—¿Qué personaje serás tú, en unos años? Me contesta.

Thursday, December 12, 2013

Muerte de Catulo, de Marco Antonio Murillo

El presente texto fue leído en Mérida Yucatán, durante el verano del 2013, durante la presentación del libro.


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Con todo lo que el autor, mi querido Marco Antonio Murillo tiene de joven, hoy, al presentar su Muerte de Catulo, estoy presentando un libro de poesía  antigua, centenaria, milenaria. Presento un libro cuya originalidad radica, como dijo Gaudí, en volver a los orígenes. Distinto de otros jóvenes que buscan en el gesto iconoclasta y alientos de novedad,  la voz de Marco Antonio Murillo ha buscado avanzar mirando hacia atrás. Ha pretendido, y lo ha logrado venturosamente, establecer un diálogo que va, ni más ni menos, que a los inicios de la poesía en occidente, para dar cuenta con su diálogo con Catulo y con otros que han dialogado con ese poeta latino, de un hecho sencillo: la poesía ha variado poco sus temas.

Pero quiero ser más específico al hablar de este libro, que es el motivo de la fiesta que nos reúne (el nacimiento de un buen libro de poemas, que en este caso es también el acta de nacimiento de un poeta) y decir que ha sido logrado con una economía verbal, y por tanto con una precisión que es poco recurrida en la poesía mexicana, tan gustosa de la retórica, del ornato, del oropel. La voz de Marco Murillo se nos revela en poemas cuyo significado primero es accesible al lector, y cuyas palabras no buscan el lucimiento ni el encantamiento sonoro, sino la transmisión de un mensaje que al mismo tiempo habla de amor y de la propia escritura.
Como lo hizo el primer Catulo, el de Marco Murillo es un libro que habla, sobre todo, de la propia escritura poética. El amor y el desamor de Lesbia, mujer de muchos nombres y maneras en el libro, es el motor pero también el pretexto para hablar no solamente de la poesía sino del habitar poético del mundo, y ese habitar es humano: no existe el pararrayos celeste de Darío, el pequeño dios de Huidobro, ni el Albatroz majestuosamente inútil de Baudelaire, sino un poeta que, fuera del poema, se nos revela patético (Marco ha rescatado el mismo Catulo que rescata Bonifaz, uno de sus autores más estimados Pp 16). Así, el poeta no es sino un humano como todos los otros, o quizá peor: es un humano que puede cantar cómo se vive la frustración de ser menos feliz que todos los otros. 
Este libro que es un libro de amor no es un libro de amor, sino un libro que se disfraza de retórica amorosa para ser un tratado acerca de la escritura misma. Pero ojo: es un libro en que se toma partido. En él, el poeta se declara eso, poeta antes que nada. Incluso antes que amante  o que hombre.  Es, por ello, lo entiendo muy claro pensando que es además la obra primera de Marco, una suerte de arte poética, de declaración de principios, y de Carta de presentación. Muerte de Catulo es la manera en que Marco Antonio Murillo nos muestra cómo, ahora, entiende su papel en el mundo. Es su manera de decir: yo soy poeta, y no solamente eso: soy un poeta viejo, porque soy Catulo y soy todos los que vienen luego de Catulo. Soy un momento del concierto poético universal.
Celebro este acto de conciencia y de toma de postura, y por ello digo, como al principio, que hoy nos reúne la obra de un poeta no joven, sino milenario. Felicidades, Catulo. Felicidades, Marco Antonio.

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