Tuesday, October 18, 2016

Ganar sin ganar




Una primera versión de este texto fue publicada en Carruaje de pájaros



Era 2003, yo tenía 20 años y era estudiante del segundo año de la licenciatura. Los llamados Juegos florales universitarios habían cambiado de nombre para ser los Juegos literarios nacionales universitarios —luego Premio nacional de poesía Rosario Castellanos— convocados por la Universidad Autónoma de Yucatán.
Por primera vez en la vida decidí participar en un certamen literario. Más que un libro, tenía en las manos un puñado de poemas incipientes con el horrible nombre de Como entre puertas de un lugar vacío, y eso envié al concurso.

Como es normal en estos casos, esperaba con ansias los resultados del premio. Pasaron varios meses hasta que pude leer en el periódico la agridulce noticia de que fui el segundo lugar. Agridulce no por no haber ganado, sino por no haber perdido: el primer lugar se había declarado desierto. Mi libro era, según el jurado, el mejor entre los participantes pero no lo suficientemente bueno como para merecer un primer lugar, que traía consigo 30 mil pesos y la publicación de la obra. Me debía contentar con un diploma y un lote de libros. Imagino que la misma sorpresa sintieron los autores que ganaron el tercer lugar y la mención de honor, al conocer los peculiares resultados del certamen.


Mis amigos y maestros, siempre solidarios, me dijeron que debía sentirme ganador del premio, que ahora la gente sabía de la existencia de un nuevo poeta en la ciudad, que quién sabe qué mafias estaban detrás de todo esto, y que esos 30 mil pesos y la publicación de la obra en realidad no eran la gran cosa. Yo trataba con el alma, alternativamente, de creerles y de no sentir que el jurado había actuado de mala fe. Pero no podía entender el motivo por el cual, en todo caso, no habían declarado desierto todo, todos los lugares y el concurso entero, ese año.


A pesar de este raro resultado no me desilusioné ni deje de escribir. En mi mente, cuando menos, parecía ser que no estaba escribiendo tan completamente mal. Un segundo lugar es algo, me repetía a mí mismo. Había esperanza pero era evidente que para ganar un primer lugar en un premio debía escribir mejor, o debía (esto pasaba por mi mente) concursar fuera de la ciudad o del estado. Seguí en lo mío como cualquiera que se dedica a esto por amor y por necesidad interna. Los premios mismos dejaron de tener la importancia que en ese momento aquél tuvo.


Pasado el tiempo creo que este reconocimiento que no gané ni perdí ha sido sumamente importante en mi vida, porque me salvó de publicar un libro que ahora agradezco que se haya perdido para siempre, y porque no me dio motivos para pensar que yo era un poeta con dominio o conocimiento de mi propia voz, lo que en ese momento hubiera sido un error fatal.


Con su forma inaudita, esta experiencia me dio lo que necesitaba: la confirmación de que podía escribir y la certeza de que necesitaba trabajar. Ese balance, que no debe perderse nunca en la vida de un poeta de cualquier edad, todavía es mucho más importante que esos 30 mil pesos, y mucho más provechoso que publicar un libro a los 20 años.


Ignoro hasta hoy los motivos del jurado para tomar esa decisión tan rara, pero hace mucho que han dejado de ser relevantes. Lo que importa de verdad es haber entendido que el premio, el verdadero premio, fue precisamente no haber ganado.


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