Tuesday, January 12, 2016

Máscaras que somos: Ciervos, de Fernando Trejo

Publicado originalmente en La Raíz Invertida


Para hablar del último libro del prolífico poeta chiapaneco Fernando Trejo —cuidadosamente editado por Ediciones Atrasalante en coedición con el CONECULTA de Chiapas, en México— es necesario hablar de la curiosidad humana, de nuestra naturaleza oscura y brillante y de una tercera cosa: el modo en que la literatura ha servido siempre como mascara y anti-máscara. Es decir: si bien al hacer una ficción se habla usando un rostro (una voz) que no es el propio, esto se hace no para ocultar la cara, sino para revelar el interior de quien escribe. La máscara es carnavalesca y ritual, liberadora: usándola uno puede ser verdaderamente lo que es y puede, acaso más necesariamente, lanzarse a explorar el abismo de sus curiosidades o secretas obsesiones. Esto último es lo que creo que ha hecho Fernando Trejo.

Describir la estructura de Ciervos revela su estirpe: se trata de un libro dividido en tres partes, todas escritas de modo autobiográfico a partir de la voz de tres individuos que comparten una característica central: todos son asesinos. Es importante decir que ninguno de estos personajes ha sido inventado por Fernando Trejo: la biografía de cada uno puede ser consultada en libros de historia y hasta en enciclopedias. De modo que Fernando no ha inventado sus vidas, sino su autobiografía, su testimonio: ha inventado su voz. Este libro es, pues, un tríptico de ventriloquia, puesto que el poeta habla no desde el conocido “yo” que comúnmente encontramos en la poesía lírica, sino desde otro personaje que tiene su propia biografía y obsesiones.

Esta técnica, tan normal en la narrativa, ha sido de la predilección de muchos poetas jóvenes mexicanos y latinoamericanos que han tenido en el decano Francisco Hernández su mayor ejemplo de perfección en el uso de este modo de emprender un libro (baste recordar el libro De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios). Algunos de los obvios antecedentes de este tipo de literatura que se deleita en lo oscuro y se realiza en una prosa que va de un lado al otro de la frontera que une la narrativa con la poesía son Rimbaud, Baudelaire, Lautremont, entre los europeos, y Antonio Ramos Sucre y Salvador Elizondo, entre los americanos. Hermosamente logrado, Ciervos se inscribe en esta tradición de ilusionismo verbal que desdibuja (lo cual es igual una tendencia de la literatura contemporánea) las fronteras entre los géneros literarios: creación de personajes, ficción que se disfraza de testimonio, narrativa que no busca la anécdota sino la exploración (que no la explicación) psicológica y emocional del personaje desde el cual se habla, son características fundamentales de un libro que, con todo, es inequívocamente un libro de poemas.

El primero en hablarnos es Richard Dadd, pintor y asesino inglés nacido en 1817 y muerto en 1886. Autor de una inquietante serie de cuadros poblados por hadas, elfos y gnomos, elaborada durante su larga estancia en un hospital psiquiátrico. Dadd estaba obsesionado con la idea de reformar o matar a todo aquel que le levantara sospecha de ser agente de Satán. Su víctima más célebre fue su propio padre.

Los poemas, las confesiones de Richard Dadd no buscan explicarnos los motivos de sus actos sino hacernos testigos de los monólogos internos del personaje. Quien busque “entender” a Dadd debe referirse a otra clase de documentos. El libro que ha hecho Fernando Trejo busca no desnudar al personaje sino al lector, al convertirlo en la caja de resonancia de esta locura. Es decir: hablando desde dentro de Richard Dadd, o dejando que hable dentro de nosotros, el lector y el poeta se permiten decir:

“Mi nombre es Richard Dadd. Nací el primero de agosto de 1817 en un lejano pueblo inglés en el condado de Kent. El río Medway fue mi bebedero. Lo abrí y acaricié como quien desnudo acaricia el lomo de un cordero. Bebí cruzado de piernas. Bebí también desiertos. Canté para hadas y duendes como para mi padre en su química estructura de leche y pan: Robert Dadd. De un hachazo, como quien atraviesa a pie el bosque de Cobham a media noche, le fracturé la sien.” (pp 9)

El acto de magia ha dado frutos: todos hemos, veladamente, confesado un crimen. Todos (lector y autor, personaje y persona) usamos la máscara de Richad Dadd para explorar esas honduras de la naturaleza humana porque sabemos que el odio es tan nuestro como el amor, y el asesinato tan antiguo como la concepción. Richard Dadd delira con un delirio que igual le pertenece al autor, y dice:

Asir cupo entre la transparencia del lenguaje. En mí brotó la resurrección. Si tocaba flores marchitas: germinaban. Si pintaba soles muertos: ardían. Si masticaba el cuello de un hada: ya crecía dentro de mi boca el ajo que parecía su cabeza. Juez de los difuntos. Ante la invisibilidad de las hordas asesinas te soy un siervo. Asentado frente al campo, Osiris, díctame los nombres. Voy del mango de la noche a romper la química sanguínea entre el berreo de los relámpagos. Pintar en la campiña inglesa, en los claros del bosque será mi salvación.
(pp 14)

¿Quién no ha querido hablar con esa soberbia, tan natural entre los asesinos? El siguiente en mostrarla es Johann “Jack” Unterweger, nacido en 1950. Este asesino tiene la particularidad de haber salido de la cárcel para convertirse en un playboy: siendo guapo y adinerado, pudo reinsertarse en las fiestas de la alta sociedad austriaca. Se hizo famoso y las mujeres lo buscaban. Para el público general, era el ejemplo mismo de criminal reformado, pero nunca dejó de ser lo que era antes de entrar a la cárcel: un asesino. Un desdoblamiento importante hay en este personaje: se llama a sí mismo Johann cuando se refiere a sus momentos de inocencia, su infancia por ejemplo, y se nombra Jack cuando identifica su personalidad de homicida. Cito dos poemas:

Johann es una sombra asida a los dedos de mi mano
Nada como la cárcel para encontrar a Johann. Es un niño, a la vez, tan parecido a mí. Se coloca en mi vientre y escribe la palabra “Purgatorio”. Es tarde pero aún hay luz y entonces el color del viento se escribe “rojo”, “azul”. La libertad tiene letras que se escriben con la boca. Todo como la cárcel para agradecer a Johann y a su invisible silencio.” (pp 31)
Tuve enemigos que fueron asiéndose a mí
Sí, Jack, entiéndelo, la felicidad es un papel periódico donde tu rostro se yergue como un Cristo; y un ciego perro dándole de beber a las lenguas de la luna. Y tú no eres feliz sino cuando en tus manos corre no sólo sangre y sí la carne viva. Tuviste, Jack, dándole de comer al sistema con tus flores rojas incrustadas como sangre en la solapa. Sonríe, Jack, es tu día de foto y nenúfares de vientre. (pp 35)
A diferencia de lo que sucede en el primer apartado del libro, la voz de Jack deja ver un poco más al autor, que hace, todavía desde la voz del asesino, referencias literarias como los epígrafes de Neruda y Gorostiza. La distancia entre el autor y el personaje se va acortando: la máscara revela.

Más cercano al poeta es el último asesino, que igualmente es poeta y es también mexicano. Se llama José Luis Calva Zepeda (1969-2007), conocido posteriormente como El Poeta Caníbal o El caníbal de la Guerrero, cuyo nombre tomó relieve internacional tras producirse su detención el 8 de octubre de 2007 por parte de las autoridades mexicanas, acusado de canibalismo y triple homicidio.

La ficción se apodera cada vez más del libro y tenemos a un poeta-asesino que nos dice:
“Nací el 20 de junio de 1969 en la ciudad de México. Es una fecha conmemorativa. En mi juicio marqué un rumbo: la oscuridad. Y en la oscuridad: sombras. Madre sólo hay una. Me tocó, me tentó una madre algo así como una lengua infernal. Salí de casa como de su vientre: en sangre. Pero la sangre no siempre ha sido esa fallida concepción de las desgracias. De sangre el corazón se yergue como un Cristo o una verga. Dedico estas palabras a la creación más grande del universo (que soy yo).” (pp 57)
El juego de realidades y ficciones de Fernando Trejo se intensifica en esta última parte de su libro, puesto que, al personaje ser poeta, puede hablar de la propia escritura de los poemas que nos entrega, y hacer reflexiones sobre la poesía misma:
Una vez más la noche anterior
Voy a escribir: millones de ojos perdidos. Sí, voy a escribir: dentro de sus órbitas. Y tendré, entonces, tu atención. Como un nuevo acontecimiento. Como el temblor de dientes al masticar, como el calor bajando por tus codos, como el dolor de tus talones clavándose como un alfiler. Y te diré que a diferencia de cualquiera de las noches:esta historia nadie me la platicó. Yo la viví la noche anterior al primer día de mi vida. Y la traigo, tajante, para ti. (pp 61)
Y en el siguiente poema, el guiño literario no es un guiño sino una complete referencia:
Reflexión
No entenderás. Nada es suficiente. La televisión nos dicta ojos, bocas, mierda. Has de cagar el aroma del rocío. Las plantas para ti son sólo plantas. Nada hay de poesía en el tallo de una rosa, en el pistilo de las flores, en los pétalos donde se almacena el olor de las gotas. Mi nombre es Gabriel pero a decir verdad: soy tú. Y te lees. (pp 63)
Astutamente, Fernando Trejo ha hecho estas reflexiones sobre poesía desde la voz de un asesino que igualmente fue poeta: la máscara, que no se ha roto, se ha hecho traslucida. La ilusión no se ha roto.
Otros poemas de esta parte del libro hacen referencia a la vida literaria de la ciudad de México, y en uno de ellos el personaje revela haber sido parte de otra ficción al relacionarse con un famoso poema de Ricardo Castillo en su libroPobrecito señor X.
Anunciar el cierre del libro con este poema me parece una clara declaración de principios literarios: la ficción es su propia verdad y toda realidad, incluida la extraliteraria, es ficción.
Ciervos es, pues, una exploración en la condición humana en sus más terribles momentos y la declaración de varias certezas, como esa (fundamental, necesaria) de que a pesar de siempre identificarnos con la víctima, todos somos también el asesino. Igualmente es un libro que busca, y logra con éxito, desdibujar las fronteras entre narrativa y poesía. Es un libro que le ha servido a Fernando Trejo para explorarse a sí mismo, y que nos sirve para explorarnos cada uno de sus lectores.
Personalmente, agradezco el vértigo que Ciervos ha provocado en mí al obligarme a asomar la cara a mis abismos. Considero que esa es una tarea esencial de la poesía y que aquí se ha logrado con completa cabalidad, y con inquietante belleza.





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