Tuesday, January 11, 2011

La otra herencia de Alí Chumacero


Manuel Iris

No conocí a Don Alí Chumacero. Lector constante y deslumbrado de su obra, no supe sino por amigos comunes de su humor, su cordial trato y su generosidad. En agosto del 2009 intenté verlo, entrevistarlo acerca de los temas de mi tesis doctoral (tal era mi pretexto), que contempla su trabajo. Su delicada salud hizo imposible un encuentro que ya no sucederá. El presente texto es, pues, un homenaje y un acto de comunicación con él, usando la única vía posible y verdaderamente a mi alcance: el silencio de lo escrito, las palabras en reposo.
Mucho mejor de lo que yo podría hacerlo, poetas y escritores mayores han señalado la importancia de Alí Chumacero en la poesía mexicana, latinoamericana y del orbe de la lengua. Mucho se ha dicho, aunque todavía no suficientemente fuera de México, de su poesía compacta, exacta como un diamante. Por ello no hago aquí un recuento de sus logros estéticos, sino señalo los diversos compromisos éticos que una vida como la suya deja en quienes actualmente pretendemos hacer poesía.
Lo digo porque tras pensar en un hombre que pasó su vida leyendo, reseñando, editando y comentando libros mientras escribía una poesía que después de tres breves entregas decidió dejar allí, suspendida y todavía creciendo, ahora hacia adentro, no puedo no dirigir mi atención a los poetas jóvenes de México, tan deslumbrados por un aparato cultural que a veces parece prometer fama instantánea y hasta no despreciables prebendas económicas. Nada malo hay en estas posibilidades, por supuesto. Pero quiero llamar atención sobre la vida de un hombre que vivió en y para la poesía, aun dejando de escribir poemas por más de 50 años.
Llegado al DF en 1937, Alí Chumacero trabajó desde un inicio en la difusión y el análisis de la literatura de su tiempo: se dedicó a leer y a colectar libros hasta tener una de las más extensas bibliotecas del país. Consagró toda su vida a formarse como lector.
Siendo el único poeta mexicano vivo que todavía podía reclamar herencia directa de Contemporaneos —grupo que, como señala Ignacio Sánchez Prado en su reciente pero ya imprescindible Naciones intelectuales, prácticamente crea e instaura la idea actual de poesía nacional—, no sólo es uno de nuestros poetas centrales, sino uno de los secretos forjadores de nuestro actual canon literario, gracias a su larga labor en el Fondo de Cultura Económica. Todo ello sin ser nunca un poeta central, y estando voluntariamente apartado de los medios. Silenciosa, su influencia ha sido imprescindible.
El maestro tenía 19 años cuando fundó, con los también muy jóvenes José Luís Martínez, Leopoldo Zea y Jorge González Durán, la revistaTierra Nueva, que es ahora una publicación histórica. No era su intención, únicamente, hacer su literatura. Tampoco pensó en la revista como un medio para difundir su obra, sino como una forma de servir a la palabra. De servir. Esta actitud también debe observarse y ser valorada en sus auténticos alcances.

Sé de oídas que el resultado de esa primera humildad frente al poema provocó la otra humildad de su persona: su disposición de ayudar a los jóvenes. El asunto, siempre, era servir de algún modo a la poesía.
Como cualquiera en este oficio, conozco poetas jóvenes con más premios y cuando menos el doble de la obra publicada de Alí Chumacero, todavía desesperados por “estar vigentes”. Pienso que debemos detenernos y pensar qué pasa. La vida del maestro debe ser una llamada de atención. Por ello, este homenaje quiere apelar al ejemplar silencio de Alí Chumacero, que compone la otra parte de su legado: una ética inseparable de su actuar estético.
Su vida es un llamado a la lentitud en la escritura, al silencio del que escribe, a la calma que produce frutos ya maduros, y a esa paz necesaria más que nunca en un México en que los poetas son casi una nueva clase social, tan gustosos de ser celebridades, antes que servidores del vocablo. Dueño de un oído poético privilegiado, Chumacero no escuchó sirenas.
No quiero extender más este homenaje que es también una acción de gracias para Alí Chumacero, y una invitación a pensar en su silencio y en su vida como propuesta ética congruente, palmo a palmo, con su compacta y luminosa poesía.
Como dije al principio, jamás conocí a Alí Chumacero. No estreché su mano pero acaso no hizo falta: le extiendo aquí, desde esta orilla, mi abrazo y mi agradecimiento.


*El presente texto fue publicado en la revista Tierra Adentro 167-168

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