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Wednesday, May 05, 2021

Lo que se irá/The parting present

 


 Por primera vez en la vida he publicado al mismo tiempo, un libro en los dos países en los que mayormente desarrollo mi poesía: México y Estados Unidos. 

En México, el libro se titula "Lo que se irá", y fue publicado con Cuadrivio Ediciones. En Estados Unidos el libro ha salido de modo bilingüe, se titula "The parting present/Lo que se irá", y fue publicado por Dos Madres Press







Manuel Iris reclaims the poetic space as a radical exploration and celebration of paternal love and tenderness. If language is a vector of truth and transformation, if “the poem opens its wound” to the spaces in which we examine ourselves and love begets love, the poems in this bilingual collection offer the magnitude and direction to do exactly what poetry aims to do: say in words what can never be expressed in words. Iris’ poems reveal the silences of our most vulnerable selves, and “the silence/ toward which we migrate,/ from which we came.”

 

 

—Tara Skurtu, author of The Amoeba Game






En esta poética de inminentes proximidades todo está por suceder: un padre, una madre, una hija, una abuela, un corazón, un pecho, una semilla de amapola, un árbol que es un “fruto que vuela”, una necesidad de vincular un vaso de agua con el poema que lo sostiene. Todo está por vincularse y todo ya es, a la vez, Lo que se irá. Por eso, usar ciertas palabras (“Amor”, “corazón”, “Te amo”) es renovar el pacto de lo decible en el poema, ensayando una nueva lengua capaz de fundar una práctica poética de la ternura que dé lugar al otro, prójimo-próximo, y lo conciba no como cuerpo al que se poseee o se subyuga, sino como igual al que se ampara en la escritura. Es fundar, asimismo, una poética urgente del apego capaz de cuestionar el violento mandato de masculinidad imperante que ha hecho del castellano un lugar autoritario, jerárquico, cargado de violencias y eufemismos. Y es que aquí, en este diálogo, que es también una conspiración padre-hija, se levanta una lengua que lame las cicatrices silenciosas que cargamos. Y si, como señala Franciso Ulloa, “hablar de ternura en estos tiempos de ferocidad no es ninguna ingenuidad, es un concepto profundamente político,” escribirla, como lo hace Manuel Iris, es hacer de esa práctica poética una política de la esperanza.

 

Silvia Goldman, autora de miedo



¿Cuándo conocemos el miedo?: Cuando sabes que tu muerte ya no es tuya, dice Manuel Iris.

¿Cuándo nos damos cuenta de la extensión de nuestra honestidad?: Cuando miras a tu hija o a tu hijo de dos años jugar y ser feliz y sabes que tendrás que decirle —porque lo descubrirá por sí misma de todas formas— que el mundo es también un lugar lleno de horrores, de tristezas y atrocidades; sí, ese mismo mundo donde ahora ella es feliz. La honestidad puesta a prueba por la inocencia.

Manuel Iris escribe, en Lo que se irá, sobre la paternidad. Mejor dicho: escribe sobre cómo se ha trastocado para siempre su visión y sentir del mundo desde el momento que supo que habría de ser padre. La migración, la identidad, la teología, el trabajo, los lugares comunes, las pequeñas cosas —una pluma sobre la acera— todo se ve trastornado con la llegada de una niña, su hija. Y eso es un milagro.

 

 

Luis Felipe Lomelí



Tuesday, May 04, 2021

"Cincinnati, historia personal", por Jorge Fernández Granados


Tomado de Latin American Literature Today



 El tema del viajero es un tópico bien conocido en la literatura. Las andanzas por tierras alejadas suelen ser un atractivo pretexto exótico para relatar historias que prometen, por lo menos desde una mirada curiosa, un atractivo dato incógnito del que sólo puede dar testimonio el auténtico viajero. Bastaría con enfilar esa no pequeña colección de títulos que se conocen como libros de viaje para darnos una idea de lo prolífico que ha sido la aventura geográfica. El subgénero de los libros de viaje suele priorizar, como es lógico, la descripción y los detalles del lugar que se explora. Cabe decir que el verdadero protagonista de un libro de viaje es el lugar visitado.

Lo que comento acerca de los libros de viaje es, con toda intención, la primera llamada para establecer un deslinde al leer Cincinnati. Historia personal (Cuadrivio / Secretaría de Cultura, México, 2018) de Manuel Iris. Este libro no es lo que de entrada su título sugiere. Este libro, de hecho, es casi todo lo contrario a los tópicos señalados acerca de los exóticos paseos y las aventuras por lugares alejados. Este libro es, ante todo, una íntima reflexión en torno a lo propio y lo ajeno, un recuento por demás sincero sobre los hechos que, voluntaria o involuntariamente, van construyendo la identidad.


Si algo nos revelan desde el principio estos poemas es que somos quienes somos, quizás antes o por encima de la distancia que antepongamos a nuestro origen, por algo que nos acompaña permanentemente como una sombra; o, mejor dicho, algo que no podemos dejar de ser aunque nos alejemos. Buscamos en la distancia lo que sólo comprenderemos al aproximarnos a nosotros mismos con suficiente nitidez. De tal suerte que el destino no es algo que perseguimos: es algo que nos persigue más allá de la odisea que cada uno emprende por el mundo.

El libro abre, como si fuese un particular álbum fotográfico o un diario recogido a lo largo de un prolongado viaje, con un pequeño prólogo a manera de explicación. Unas pocas palabras que sitúan el origen y las circunstancias en que surgió Cincinnati. Historia personal. Allí, el autor afirma que “el conjunto de textos que reúno en este libro da testimonio de esta ciudad como espacio o escenario de una vida interior que deja de ser la del visitante para convertirse en la de aquel que se queda y adopta al sitio que lo ha adoptado. En otras palabras, hablan de la vida de un inmigrante, del modo que me ha tocado serlo”.

Es asimismo en este prólogo donde Manuel Iris adelanta, con cierta sabiduría borgeana, lo que quizá define de forma sucintamente clara lo expuesto en este volumen: “estos poemas escritos a lo largo de una década dan testimonio no de lo que soy, sino de varios de los hombres que he sido en una ciudad que igual ha cambiado durante ese tiempo. No los poemas sino yo mismo son lo escrito (también) en Cincinnati”.

A continuación, una ventana es el testigo, el punto de referencia visual y, tal vez, la metáfora más adecuada para abordar una historia de amor escrita en flash backs. Una historia de refracciones y coincidencias que van reconociéndose ahora desde la distancia a través de recuerdos y fotografías, es decir, de un modo u otro, a través de retrospectivas reflexiones provenientes de aquel “ojo atónito que mira hacia adentro de la habitación en la que espero que el invierno termine”. Desde esa ventana la caída de la nieve, por ejemplo, no es sólo “ese cristal que vuelve al árbol reverente, que torna delicada su genuflexión glaciar”, sino también un estado de la memoria, un espacio simbólico que permite lo mismo la extrañeza que la comunión, puesto que el origen de esta historia de amor es también el origen de la nieve:

La primera vez pasó como cayéndose en el otro, como yendo de la piel a la certeza. Era invierno y los dos vieron por primera vez la nieve, un par de horas antes de empezar a verse. ¡También va para arriba! Dijo uno, ya saliendo.

El amor, la naturaleza, la amistad, la literatura —en especial la poesía— y la música —lo mismo de Led Zeppelin que de Héctor Lavoe— son celebrados discreta e intensamente en estas páginas. Manuel Iris parece poseer un agudo dispositivo para conseguir imágenes a veces tan inesperadas como precisas, como cuando, al describir el ambiente que queda al final de la lluvia dice que “todo huele como a sabor de jícama”. No obstante, predomina el tono meditativo en sus poemas. Su centro parece situarse con más empatía en la distancia reflexiva que surge de la pausa y la mirada. Así, de un árbol apunta:

Alma tranquila, horma, dura vena,
molde interior de la escultura de sí mismo
el árbol sigue allí,
gotea.
Se va tornando cada vez más árbol.

Todo nos dice que la eternidad se acaba
y el silencio sigue allí,

cayendo.

La sección que cierra el libro, titulada “Poemas escritos en Ludlow Avenue”, contiene una serie de piezas más heterogéneas desde el punto de vista temático, si bien varias de ellas sin duda magníficas. Resulta muy significativo, por ejemplo, un poema como “Actos políticos”, en especial si se toma en cuenta que está escrito en Estados Unidos a unos cuantos días del triunfo de Donald Trump en las elecciones de 2016. En él Manuel Iris —en muchos sentidos un inmigrante como él mismo se reconoce— enumera con agudeza e ironía los sencillos actos cotidianos que constituyen rotundos actos políticos dentro de una nación que está obligada, si asume sus propios principios y su historia, a ser una nación edificada por la diversidad:

En la tierra de los libres, el hogar de los valientes
ya no hace falta ideología ninguna
para ser contestatario: es suficiente
vivir con dignidad.

O un logrado poema melancólico y cavafiano, con algo de esa cínica sabiduría de Jaime Gil de Biedma, como lo es “Para brindar ahora”, donde la conciencia del autor reconoce, acaso, esa verdad final de la que nadie escapa:

Y partiremos, viejos y cansados
callándonos que todo
es una gran mentira.

Sin embargo, el penúltimo poema del libro, titulado muy significativamente “Arte poética” es, desde mi punto de vista, una joya. Allí se alcanza, con madurez de estilo e impecable inteligencia, una alegoría vegetal que explica mejor que cualquier tesis lo que tal vez significa la poesía. Vale la pena citarlo completo:

Terca, la hoja amarilla
no se suelta de la rama.

La observo en su disputa
contra el viento y la lluvia,
contra la gravedad.

Llevo días mirando
su callado esfuerzo,
su tragedia diminuta.

Su persistencia
no merece olvido.

Es por eso
que la he puesto aquí,
en este verso
del que no caerá.

Conocí a Manuel Iris hace más o menos nueve años, precisamente en Cincinnati. Para ser más específicos, en el campus (hermoso y muy nórdicamente delineado) de la Universidad de Miami que, por cierto, no se encuentra —como casi todo mundo piensa al oír este nombre— en Florida, sino en Ohio. Tan inesperado como afable, este primer encuentro me obsequió, por lo menos, dos regalos: hallar en aquellas latitudes a un relajado compatriota que podía conversar de México lo mismo que de música o de poesía y, también, a un espíritu refinado que estudiaba la literatura entendiendo que lo verdaderamente importante de ella no está en la literatura sino en la vida.

Debo decir —y festejar— que, conforme he leído este y algún otro libro de Manuel Iris, me he percatado de una particular cercanía. Una empatía de emociones, de temas, de imágenes o de ritmos que parecen sorprendentes desde el punto de vista de las distancias no sólo generacionales, sino también geográficas que nutren nuestras respectivas escrituras. Pero esto es lo más importante, por lo menos para mí: nuestra cercanía es una cercanía, acaso, de centrales intuiciones poéticas.

A lo largo de una —no sé si larga pero sí apasionada— vida de lector me he decepcionado mucho, pero también he aprendido, creo, a reconocer ciertas cosas, a reconocer, cuando las hay, ciertas evidencias claras que marcan un rumbo en el camino de un escritor. La cuestión es que nadie sabe cuántos libros ha de escribir. Cada quien intenta, por lo mismo y por lo menos, decirlo todo en el que está escribiendo. Todo lo que en aquel momento parece decisivo. Manuel Iris hace esto precisamente desde aquí, desde la imprescindible parte de su vida que significa la estancia académica en los Estados Unidos. Lo hace, es verdad, de modo discreto y hasta en algunos momentos irónico de sí mismo, pero al final es insuperablemente transparente lo que dice, lo que sólo el verdadero viajero puede decir al regresar del viaje:

Que es imposible quedarse, aunque te quedes.
Que es imposible, aunque regreses, regresar.

Jorge Fernández Granados

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