Friday, December 28, 2012

Juan Gelman en Mérida






Gracias al apoyo del Ayuntamiento de la ciudad de Mérida (2012-2015), Yucatán, México, el poeta argentino Juan Gelman es parte del Mérida Fest, que es el festival cultural de la ciudad, a llevarse a cabo del 6 al 26 de enero del 2013.  

Estamos profundamente felices por la llegada de un poeta de esas dimensiones a las bellas tierras del faisán y del venado.

Los detalles que acerca de los eventos que incluyen al maestro son los siguientes:


 

Lunes 14 de enero: Conversaciones sobre poesía: 
Juan Gelman, Rubén Reyes Ramírez y Manuel Iris.

En coordinación con la Universidad Modelo. 
Centro Cultural de Mérida “Olimpo”. 
Auditorio Silvio Zavala Vallado. 20:00 horas.


Martes 15 de enero: Recital de poesía de Juan Gelman    
Centro Cultural de Mérida “Olimpo”. 
Auditorio Silvio Zavala Vallado. 20:00 horas.


Miércoles 16 de enero: Presentación de la Poesía reunida de Juan Gelman  
Presenta: José Ángel Leyva
 Centro Cultural de Mérida “Olimpo”. 
Auditorio Silvio Zavala Vallado. 20:00 horas.



Juan Gelman  (Argentina 1930) es autor de más de veinte libros de poesía.  Ha sido galardonado con numerosos premios, entre ellos el Premio Cervantes (2007), el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (2000), y los premios iberoamericanos de poesía Ramón López Velarde (2003), Pablo Neruda (2005) y Reina Sofía (2005).




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Adenda del 19 de Abril:

Pasados ya unos meses de la visita del poeta a la ciudad, me parece pertinente hacer una recopilación de algunos de los artículos que circularon acerca de ello en diversos medios locales, y que dan constancia de lo importante de su visita. La dejo aquí:
























Monday, December 17, 2012

Simpatía de Juan Ramón


[Prólogo a Jiménez, Juan Ramón. La isla de la simpatía. Visor Libros, España. 2011]







Yo sé que estoy unido a un destino de Puerto Rico, a un destino ineludible y verdadero.
                                                                                                                             Juan Ramón Jiménez



Escondido tras la forma de un prólogo el presente texto es un homenaje al poeta Juan Ramón Jiménez a propósito de una de sus más breves, pero más luminosas, publicaciones. Empiezo así, directamente, por dos enigmas: ¿Qué es este pequeño libro, La isla de la simpatía, tan imposible de definir? y ¿qué en realidad nos presenta?
Sin ser un diario, libro de viajes, un poemario ni una colección de narraciones o ensayos, el libro que ahora discuto escapa, gozosamente, de la clasificación genérica porque su tema real —Puerto Rico en el poeta— era también un asunto que debía ser fundado en palabras, inventado. Coherente con la idea que le da sentido, el texto tiene una forma también por definirse.
Aunque pudiera dar esa impresión, no asistimos aquí a un conjunto de cuadros de costumbres ni a una muestra de fotografías verbales. En tanto que el trabajo del fotógrafo y del escritor costumbrista es elegir las secciones de realidad que se quieren representar para tipificarlas y fijarlas, el de Juan Ramón es elegir esos momentos para partir desde ellos hacia reflexiones interiores: acaso involuntariamente, se usa la luz de afuera para iluminar el propio misterio. Así, al asomarnos a este libro no presenciaremos una serie de retratos de Puerto Rico, sino el doble proceso de ocupación esencial entre Juan Ramón Jiménez y su nueva y definitiva casa.
Fragmentario pero unido, compacto y disperso, el andar de Juan Ramón por la isla  es un desnudamiento  continuo: vemos proyectadas en la imagen de Puerto Rico las  obsesiones del poeta, y en realidad terminamos sabiendo más de él que de lo que pretende describir. Por ello—sospecha  el lector avezado—, aún visitando ese lugar en ese tiempo, hubiera sido imposible tener esa lectura  de una realidad novedosa, porque es exclusiva de quien la define: habría que haber sido Juan Ramón Jiménez para ver y sentir de esa manera aquella realidad. Camino tendido hacia afuera, la prosa de este libro sirve al lector para entrar en la sensibilidad e inteligencia poética de quien es, junto con Darío, uno de los poetas más influyentes de la lengua española.
Pocos libros de Juan Ramón expresan tanto como éste la idea heideggeriana de que la poesía es, efectivamente, la fundación del ser por medio de la palabra. Estamos frente a una fundación poética de Puerto Rico que es la fundación Puertorriqueña del poeta, proceso en que ninguno de los dos sale perdiendo nada de su esencia original. Se viven y desnudan, se poseen. Después de todo, simpatía significa primeramente “afinidad de sentimientos”, y esa afinidad llega a ser tanta que podemos leer:
Algo de resurreccionista ha tenido siempre Puerto Rico para mí, yo me siento unido a Puerto Rico en un destino común sin ser de él, y por eso más fuerte todavía, tanto que yo siempre indeciso en mi lugar de muerte, quiero quedarme cuando mi muerte sea, muerto aquí. (Prosa XXIX, Un destino inmanente)
            No exagera el poeta en sus palabras. Puerto Rico, antes de ser su casa definitiva, se le había aparecido en diversas y definitivas ocasiones, dos de ellas a partir de una mujer, signo y experiencia fundamental en su vida. Como él mismo detalla en las siguientes páginas, fue en 1896, siendo él un adolescente que cursaba la carrera de leyes, cuando se enamoró de una puertorriqueña bellísima, de nombre Rosalina Brau, que alguna vez le dijo “Tú no sabes cómo quiere una criolla”, palabras que jamás olvidaría. Tiempo después el amor de su vida, Zenobia Camprubí Aymar, sería una “mediopuertorriqueña” por parte de su madre nacida en la isla, y medioespañola, por parte de su padre catalán. Zenobia sería su compañera hasta el final y su definitivo nexo con la realidad insular. Por supuesto, fue también Puerto Rico el sitio que lo invitó a salir de España en plena guerra civil. Con todo ello y algunas otras anécdotas, el destino de ese encuentro le parece al poeta determinado desde antes: Puerto Rico es un destino vital todavía más que un destino geográfico.
             La isla de la simpatía comenzó a fraguarse como libro en 1936, año de la primera visita del poeta a la ínsula, y se continuó hasta poco antes de su muerte.  Orgánico, testimonial, el libro iba creciendo conforme la realidad nueva le revelaba al autor nuevos ángulos de ella y de sí mismo. Más que escribirse, el libro se desplegaba.
 Como es natural en un proceso como el descrito, que no tiene final, el texto tuvo que ser publicado de manera póstuma, gracias a varias notas, apuntes y textos que, reservados en la sala “Zenobia-Juan ramón Jiménez” de la Universidad de Puerto Rico, dejaban clara su estructura final y el hecho de que la isla sería el tema exclusivo de la publicación.
Muchos años pasarían de la muerte de Juan Ramón hasta que Arcadio Díaz Quiñones y Daniel Sárraga publicasen, en Puerto Rico, la primera edición de La isla de la simpatía en 1981, conmemorando el primer centenario del nacimiento del poeta. La segunda edición, mucho más completa y también puertorriqueña, coordinada por María de los Ángeles Sanz Manzano, fue publicada en el 2008, conmemorando los 60 años de fundación de La Editorial de la Universidad de Puerto Rico. Ambas ediciones tienen largas introducciones documentales que proporcionan el contexto de la obra. El presente prólogo, por razones de espacio tanto como de interés personal, busca vislumbrar una lectura del libro, para entregarlo al lector, que tiene ahora en sus manos la primera edición española de La isla de la simpatía, publicada con el cuidado y prestigio de la Editorial Visor, dentro del proyecto de publicación de la obra completa del poeta de Moguer, acto que constituye un claro y necesario homenaje a una voz indispensable en el orbe de la nuestra poesía, y acaso de la poesía en general.
            Como lector que jamás ha estado en España ni en Puerto Rico, que sabe que ese viaje tendría que ser también un imposible viaje en el tiempo, pero que ha visitado la perenne poesía de Juan Ramón Jiménez,  siguiendo y persiguiendo sus vislumbres y obsesiones, digo sin temor que he entrado, caminado y visto el bello paisaje doble de la Isla de la simpatía, sintiéndome deslumbrado por un sol que es y no es el mío. El viaje no concluye. La isla se descubre sin orillas.

Wednesday, December 05, 2012

Poesía y desmesura: Cuerpos, de Max rojas

                                                         Tomado de  Agulha revista de Cultura








                                                Yo no me concibo como vidente o profeta hacedor de oráculos, pero sí, es muy probable que haya algo de todo eso en ese poema.

Max Rojas

                                 El hombre entonces, o el poeta, se ve en la necesidad de ser dirigido, de ser absorbido, de ser inspirado por un representante suyo que actúa desde su interior…

Braulio Arenas, Mandrágora, la poesía negra



Desmesurado, sucede en mi escritorio el grueso volumen de poesía de Max Rojas titulado Cuerpos (CONACULTA, colección Práctica Mortal, 2011). Meses atrás, antes de empezar mi lectura, el solo aspecto del libro llamaba mi atención sobre su naturaleza: más de 600 páginas son inusuales no solamente para un poeta mexicano sino para un poeta cualquiera, y todavía más si pertenecen a la misma obra, al mismo poema.

La tradición poética mexicana, amante del poema largo desde su inicio (pensemos, pasando por su historia, en Grandeza Mexicana, el Primero Sueño, Suave patria, Muerte sin fin, Piedra de sol, Tarumba…) no ha tenido nunca uno de las dimensiones del poema de Rojas. El caso, también excepcional, de David Huerta y su Incurable (1987) es lo más cercano, en cuanto a extensión, que podemos mencionar, pero Cuerpos sigue siendo mucho más largo y su estirpe literaria es otra, su tono es diferente y uno debe, si quiere hacerlo, buscar fuera de la poesía nacional para poder encontrar voces que compartan cierto aire de familia con ese raro ejemplar, llegado a imprentas luego del largo silencio que siguió a la publicación de El turno del aullante (1983) y de Ser en la sombra (1986), dos únicos libros anteriores de Max Rojas, que fueron suficientes para convertirlo en un poeta central de ciertos sectores de la poesía mexicana.

Tal vez toda la poesía contenida en los años que separan este libro de los otros es la causa del larguísimo aliento de Cuerpos. Personalmente, luego de intentar la hazaña de leerlo de principio a fin, creo de que no es un libro de poemas terminados, cerrados, sino un libro de escritura poética realizándose frente a los ojos del lector que se encuentra con un largo, larguísimo poema que va desenvolviéndose para el asombro de quien lee y —esto es importante— de quien lo escribe: es poesía sucediendo.

El libro, que es la suma de una serie de textos que en realidad son un mismo poema, abre con una nota preliminar en que su autor declara: Cuerpos se comenzó a escribir en junio de 2003 y muy pronto amenazó en convertirse en un poema interminable. Para mediados del 2009 el libro terminó por hartarme, así que lo abandoné, lo que no quiere decir que esté terminado (4).

He citado este fragmento porque creo que a pesar de que es un lugar común afirmar que un poema se escribe a sí mismo, decir que se ha llegado al extremo de escribirlo durante seis años, hasta tener que abandonarlo sin cerrarlo, sin concluirlo —calcando casi letra por letra aquella frase de Valery de que un poema no se termina, sino que se abandona—porque su cauce parece ser inagotable, no es un asunto menor: es la declaración de un modo de escribir y concebir la poesía. Un modo nada nuevo pero poco frecuentado, o pocas veces declarado abiertamente, en la poesía mexicana, tan gustosa de expresar su arquitectura, su factura premeditada, para el lucimiento de la ‘técnica’ de sus autores.

No se trata de escritura automática, pero sí de una poesía de raigambre surrealista (no en su resultado concreto, sino en su sistema de escritura y en su idea de poesía como acto cercano al inconsciente) que, en Latinoamérica, puede encontrarse en poetas como los el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, los chilenos Braulio Arenas y Rosamel del Valle, o el venezolano Juan Sánchez Peláez, por mencionar algunos, que confesaban ese impulso creador que tiene una lógica interna, y un método escritural basado en la libertad entera del poeta, entendida como una completa servidumbre a la poesía: el poema, para ellos, es una suerte de revelación de la realidad que de algún modo toma al poeta y lo usa para escribirse. El poema se escribe. El poeta es un amanuense. Dice Max Rojas, en esa misma nota preliminar: A partir de cuerpos tres el poema me hizo a un lado y me tomó como un mero escribiente. De ahora en adelante, cada libro ni empieza ni termina, y sólo tiene como hilo conductor las obsesiones del poeta y una “lógica poética” que le da unidad y ruptura a todo el libro.

Pero ¿de qué se puede hablar por tantas páginas? De todo. Max Rojas habla de la poesía misma, de la propia escritura del poema y de los cuerpos que se aman y desean y se habitan. Los cuerpos que se dejan, los cuerpos olvidados. El libro habla de lujuria y deseo, de la muerte y el amor, del abandono. En suma, es un libro de intensa experiencia vital:



La lujuria, Cuerpos, la espléndida lujuria,

el desenfreno en plenitud,

la vida airada vista como vida beata,

como contemplación de lo esferoide,

senda de salvación,

camino hospitalario

(173)



la mala suerte que acompaña en sus andadas al amnésico

que quiere no olvidar el nombre de cada uno de los cuerpos que adoró en su vida

y dejar bien claro que esa ha sido la única causal de fe que ha encontrado digna de seguirse, punto y firma

del suscrito que se sienta a redactar un poema interminable

que pudiera ser, al mismo tiempo,

una especie de Manual para náufragos sin salvación posible

(411)



historia de los cuerpos como relato de abandonos,

de nostalgias que fomentan la invención de otras nostalgias,

otro olvido que no acaba de creer

que su función es olvidarlo todo

y no dejar indemne ningún rastro

(640)



La verdadera hazaña verbal de Max Rojas no ha sido escribir un poema de estas dimensiones, sino lograr que el poema no decaiga jamás. Frente a esa intensidad sostenida el lector, por supuesto, termina siendo abatido, como quien anda un hermoso camino larguísimo. Porque es claro: salvo alguna excepción improbable, Cuerpos es mucho más extenso que aliento de quien lo ande. Por suerte, es un camino que no tiene fin ni principio y que no busca un efecto, un destino, final: el libro puede ser abierto al azar con la seguridad de que en cualquier página hay verdadera y alta poesía.

No es de extrañar que una obra como ésta llame la atención de los jóvenes: su intensidad es actual. Dudo que exista, en poco tiempo al menos, otro poema cuyo aliento sea comparable a lo que ha conseguido Max Rojas. Dudo también que exista, en corto o mediano plazo, una lectura satisfactoria de este hermoso y desmesurado espécimen que ilumina zonas ignoradas de nuestra propia poesía.









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  New York, NY (March 11, 2025)—The Academy of American Poets announces that  Toda la tierra es un jardín de monstruos / The Whole Earth Is ...