Friday, December 28, 2012

Juan Gelman en Mérida






Gracias al apoyo del Ayuntamiento de la ciudad de Mérida (2012-2015), Yucatán, México, el poeta argentino Juan Gelman es parte del Mérida Fest, que es el festival cultural de la ciudad, a llevarse a cabo del 6 al 26 de enero del 2013.  

Estamos profundamente felices por la llegada de un poeta de esas dimensiones a las bellas tierras del faisán y del venado.

Los detalles que acerca de los eventos que incluyen al maestro son los siguientes:


 

Lunes 14 de enero: Conversaciones sobre poesía: 
Juan Gelman, Rubén Reyes Ramírez y Manuel Iris.

En coordinación con la Universidad Modelo. 
Centro Cultural de Mérida “Olimpo”. 
Auditorio Silvio Zavala Vallado. 20:00 horas.


Martes 15 de enero: Recital de poesía de Juan Gelman    
Centro Cultural de Mérida “Olimpo”. 
Auditorio Silvio Zavala Vallado. 20:00 horas.


Miércoles 16 de enero: Presentación de la Poesía reunida de Juan Gelman  
Presenta: José Ángel Leyva
 Centro Cultural de Mérida “Olimpo”. 
Auditorio Silvio Zavala Vallado. 20:00 horas.



Juan Gelman  (Argentina 1930) es autor de más de veinte libros de poesía.  Ha sido galardonado con numerosos premios, entre ellos el Premio Cervantes (2007), el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (2000), y los premios iberoamericanos de poesía Ramón López Velarde (2003), Pablo Neruda (2005) y Reina Sofía (2005).




...............................................................................................................


Adenda del 19 de Abril:

Pasados ya unos meses de la visita del poeta a la ciudad, me parece pertinente hacer una recopilación de algunos de los artículos que circularon acerca de ello en diversos medios locales, y que dan constancia de lo importante de su visita. La dejo aquí:
























Monday, December 17, 2012

Simpatía de Juan Ramón


[Prólogo a Jiménez, Juan Ramón. La isla de la simpatía. Visor Libros, España. 2011]







Yo sé que estoy unido a un destino de Puerto Rico, a un destino ineludible y verdadero.
                                                                                                                             Juan Ramón Jiménez



Escondido tras la forma de un prólogo el presente texto es un homenaje al poeta Juan Ramón Jiménez a propósito de una de sus más breves, pero más luminosas, publicaciones. Empiezo así, directamente, por dos enigmas: ¿Qué es este pequeño libro, La isla de la simpatía, tan imposible de definir? y ¿qué en realidad nos presenta?
Sin ser un diario, libro de viajes, un poemario ni una colección de narraciones o ensayos, el libro que ahora discuto escapa, gozosamente, de la clasificación genérica porque su tema real —Puerto Rico en el poeta— era también un asunto que debía ser fundado en palabras, inventado. Coherente con la idea que le da sentido, el texto tiene una forma también por definirse.
Aunque pudiera dar esa impresión, no asistimos aquí a un conjunto de cuadros de costumbres ni a una muestra de fotografías verbales. En tanto que el trabajo del fotógrafo y del escritor costumbrista es elegir las secciones de realidad que se quieren representar para tipificarlas y fijarlas, el de Juan Ramón es elegir esos momentos para partir desde ellos hacia reflexiones interiores: acaso involuntariamente, se usa la luz de afuera para iluminar el propio misterio. Así, al asomarnos a este libro no presenciaremos una serie de retratos de Puerto Rico, sino el doble proceso de ocupación esencial entre Juan Ramón Jiménez y su nueva y definitiva casa.
Fragmentario pero unido, compacto y disperso, el andar de Juan Ramón por la isla  es un desnudamiento  continuo: vemos proyectadas en la imagen de Puerto Rico las  obsesiones del poeta, y en realidad terminamos sabiendo más de él que de lo que pretende describir. Por ello—sospecha  el lector avezado—, aún visitando ese lugar en ese tiempo, hubiera sido imposible tener esa lectura  de una realidad novedosa, porque es exclusiva de quien la define: habría que haber sido Juan Ramón Jiménez para ver y sentir de esa manera aquella realidad. Camino tendido hacia afuera, la prosa de este libro sirve al lector para entrar en la sensibilidad e inteligencia poética de quien es, junto con Darío, uno de los poetas más influyentes de la lengua española.
Pocos libros de Juan Ramón expresan tanto como éste la idea heideggeriana de que la poesía es, efectivamente, la fundación del ser por medio de la palabra. Estamos frente a una fundación poética de Puerto Rico que es la fundación Puertorriqueña del poeta, proceso en que ninguno de los dos sale perdiendo nada de su esencia original. Se viven y desnudan, se poseen. Después de todo, simpatía significa primeramente “afinidad de sentimientos”, y esa afinidad llega a ser tanta que podemos leer:
Algo de resurreccionista ha tenido siempre Puerto Rico para mí, yo me siento unido a Puerto Rico en un destino común sin ser de él, y por eso más fuerte todavía, tanto que yo siempre indeciso en mi lugar de muerte, quiero quedarme cuando mi muerte sea, muerto aquí. (Prosa XXIX, Un destino inmanente)
            No exagera el poeta en sus palabras. Puerto Rico, antes de ser su casa definitiva, se le había aparecido en diversas y definitivas ocasiones, dos de ellas a partir de una mujer, signo y experiencia fundamental en su vida. Como él mismo detalla en las siguientes páginas, fue en 1896, siendo él un adolescente que cursaba la carrera de leyes, cuando se enamoró de una puertorriqueña bellísima, de nombre Rosalina Brau, que alguna vez le dijo “Tú no sabes cómo quiere una criolla”, palabras que jamás olvidaría. Tiempo después el amor de su vida, Zenobia Camprubí Aymar, sería una “mediopuertorriqueña” por parte de su madre nacida en la isla, y medioespañola, por parte de su padre catalán. Zenobia sería su compañera hasta el final y su definitivo nexo con la realidad insular. Por supuesto, fue también Puerto Rico el sitio que lo invitó a salir de España en plena guerra civil. Con todo ello y algunas otras anécdotas, el destino de ese encuentro le parece al poeta determinado desde antes: Puerto Rico es un destino vital todavía más que un destino geográfico.
             La isla de la simpatía comenzó a fraguarse como libro en 1936, año de la primera visita del poeta a la ínsula, y se continuó hasta poco antes de su muerte.  Orgánico, testimonial, el libro iba creciendo conforme la realidad nueva le revelaba al autor nuevos ángulos de ella y de sí mismo. Más que escribirse, el libro se desplegaba.
 Como es natural en un proceso como el descrito, que no tiene final, el texto tuvo que ser publicado de manera póstuma, gracias a varias notas, apuntes y textos que, reservados en la sala “Zenobia-Juan ramón Jiménez” de la Universidad de Puerto Rico, dejaban clara su estructura final y el hecho de que la isla sería el tema exclusivo de la publicación.
Muchos años pasarían de la muerte de Juan Ramón hasta que Arcadio Díaz Quiñones y Daniel Sárraga publicasen, en Puerto Rico, la primera edición de La isla de la simpatía en 1981, conmemorando el primer centenario del nacimiento del poeta. La segunda edición, mucho más completa y también puertorriqueña, coordinada por María de los Ángeles Sanz Manzano, fue publicada en el 2008, conmemorando los 60 años de fundación de La Editorial de la Universidad de Puerto Rico. Ambas ediciones tienen largas introducciones documentales que proporcionan el contexto de la obra. El presente prólogo, por razones de espacio tanto como de interés personal, busca vislumbrar una lectura del libro, para entregarlo al lector, que tiene ahora en sus manos la primera edición española de La isla de la simpatía, publicada con el cuidado y prestigio de la Editorial Visor, dentro del proyecto de publicación de la obra completa del poeta de Moguer, acto que constituye un claro y necesario homenaje a una voz indispensable en el orbe de la nuestra poesía, y acaso de la poesía en general.
            Como lector que jamás ha estado en España ni en Puerto Rico, que sabe que ese viaje tendría que ser también un imposible viaje en el tiempo, pero que ha visitado la perenne poesía de Juan Ramón Jiménez,  siguiendo y persiguiendo sus vislumbres y obsesiones, digo sin temor que he entrado, caminado y visto el bello paisaje doble de la Isla de la simpatía, sintiéndome deslumbrado por un sol que es y no es el mío. El viaje no concluye. La isla se descubre sin orillas.

Wednesday, December 05, 2012

Poesía y desmesura: Cuerpos, de Max rojas

                                                         Tomado de  Agulha revista de Cultura








                                                Yo no me concibo como vidente o profeta hacedor de oráculos, pero sí, es muy probable que haya algo de todo eso en ese poema.

Max Rojas

                                 El hombre entonces, o el poeta, se ve en la necesidad de ser dirigido, de ser absorbido, de ser inspirado por un representante suyo que actúa desde su interior…

Braulio Arenas, Mandrágora, la poesía negra



Desmesurado, sucede en mi escritorio el grueso volumen de poesía de Max Rojas titulado Cuerpos (CONACULTA, colección Práctica Mortal, 2011). Meses atrás, antes de empezar mi lectura, el solo aspecto del libro llamaba mi atención sobre su naturaleza: más de 600 páginas son inusuales no solamente para un poeta mexicano sino para un poeta cualquiera, y todavía más si pertenecen a la misma obra, al mismo poema.

La tradición poética mexicana, amante del poema largo desde su inicio (pensemos, pasando por su historia, en Grandeza Mexicana, el Primero Sueño, Suave patria, Muerte sin fin, Piedra de sol, Tarumba…) no ha tenido nunca uno de las dimensiones del poema de Rojas. El caso, también excepcional, de David Huerta y su Incurable (1987) es lo más cercano, en cuanto a extensión, que podemos mencionar, pero Cuerpos sigue siendo mucho más largo y su estirpe literaria es otra, su tono es diferente y uno debe, si quiere hacerlo, buscar fuera de la poesía nacional para poder encontrar voces que compartan cierto aire de familia con ese raro ejemplar, llegado a imprentas luego del largo silencio que siguió a la publicación de El turno del aullante (1983) y de Ser en la sombra (1986), dos únicos libros anteriores de Max Rojas, que fueron suficientes para convertirlo en un poeta central de ciertos sectores de la poesía mexicana.

Tal vez toda la poesía contenida en los años que separan este libro de los otros es la causa del larguísimo aliento de Cuerpos. Personalmente, luego de intentar la hazaña de leerlo de principio a fin, creo de que no es un libro de poemas terminados, cerrados, sino un libro de escritura poética realizándose frente a los ojos del lector que se encuentra con un largo, larguísimo poema que va desenvolviéndose para el asombro de quien lee y —esto es importante— de quien lo escribe: es poesía sucediendo.

El libro, que es la suma de una serie de textos que en realidad son un mismo poema, abre con una nota preliminar en que su autor declara: Cuerpos se comenzó a escribir en junio de 2003 y muy pronto amenazó en convertirse en un poema interminable. Para mediados del 2009 el libro terminó por hartarme, así que lo abandoné, lo que no quiere decir que esté terminado (4).

He citado este fragmento porque creo que a pesar de que es un lugar común afirmar que un poema se escribe a sí mismo, decir que se ha llegado al extremo de escribirlo durante seis años, hasta tener que abandonarlo sin cerrarlo, sin concluirlo —calcando casi letra por letra aquella frase de Valery de que un poema no se termina, sino que se abandona—porque su cauce parece ser inagotable, no es un asunto menor: es la declaración de un modo de escribir y concebir la poesía. Un modo nada nuevo pero poco frecuentado, o pocas veces declarado abiertamente, en la poesía mexicana, tan gustosa de expresar su arquitectura, su factura premeditada, para el lucimiento de la ‘técnica’ de sus autores.

No se trata de escritura automática, pero sí de una poesía de raigambre surrealista (no en su resultado concreto, sino en su sistema de escritura y en su idea de poesía como acto cercano al inconsciente) que, en Latinoamérica, puede encontrarse en poetas como los el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, los chilenos Braulio Arenas y Rosamel del Valle, o el venezolano Juan Sánchez Peláez, por mencionar algunos, que confesaban ese impulso creador que tiene una lógica interna, y un método escritural basado en la libertad entera del poeta, entendida como una completa servidumbre a la poesía: el poema, para ellos, es una suerte de revelación de la realidad que de algún modo toma al poeta y lo usa para escribirse. El poema se escribe. El poeta es un amanuense. Dice Max Rojas, en esa misma nota preliminar: A partir de cuerpos tres el poema me hizo a un lado y me tomó como un mero escribiente. De ahora en adelante, cada libro ni empieza ni termina, y sólo tiene como hilo conductor las obsesiones del poeta y una “lógica poética” que le da unidad y ruptura a todo el libro.

Pero ¿de qué se puede hablar por tantas páginas? De todo. Max Rojas habla de la poesía misma, de la propia escritura del poema y de los cuerpos que se aman y desean y se habitan. Los cuerpos que se dejan, los cuerpos olvidados. El libro habla de lujuria y deseo, de la muerte y el amor, del abandono. En suma, es un libro de intensa experiencia vital:



La lujuria, Cuerpos, la espléndida lujuria,

el desenfreno en plenitud,

la vida airada vista como vida beata,

como contemplación de lo esferoide,

senda de salvación,

camino hospitalario

(173)



la mala suerte que acompaña en sus andadas al amnésico

que quiere no olvidar el nombre de cada uno de los cuerpos que adoró en su vida

y dejar bien claro que esa ha sido la única causal de fe que ha encontrado digna de seguirse, punto y firma

del suscrito que se sienta a redactar un poema interminable

que pudiera ser, al mismo tiempo,

una especie de Manual para náufragos sin salvación posible

(411)



historia de los cuerpos como relato de abandonos,

de nostalgias que fomentan la invención de otras nostalgias,

otro olvido que no acaba de creer

que su función es olvidarlo todo

y no dejar indemne ningún rastro

(640)



La verdadera hazaña verbal de Max Rojas no ha sido escribir un poema de estas dimensiones, sino lograr que el poema no decaiga jamás. Frente a esa intensidad sostenida el lector, por supuesto, termina siendo abatido, como quien anda un hermoso camino larguísimo. Porque es claro: salvo alguna excepción improbable, Cuerpos es mucho más extenso que aliento de quien lo ande. Por suerte, es un camino que no tiene fin ni principio y que no busca un efecto, un destino, final: el libro puede ser abierto al azar con la seguridad de que en cualquier página hay verdadera y alta poesía.

No es de extrañar que una obra como ésta llame la atención de los jóvenes: su intensidad es actual. Dudo que exista, en poco tiempo al menos, otro poema cuyo aliento sea comparable a lo que ha conseguido Max Rojas. Dudo también que exista, en corto o mediano plazo, una lectura satisfactoria de este hermoso y desmesurado espécimen que ilumina zonas ignoradas de nuestra propia poesía.









Thursday, November 15, 2012

Uno viene al mundo: Pantone 8602, de Rodrigo Castillo


Uno viene al mundo 
a morirse, y eso, nada tiene de malo.

Rodrigo Castillo, Pantone 8602

Tomado del Periódico de Poesía de la UNAM

Es innegable: la poesía mexicana escrita por autores jóvenes parece estar tomando, en ciertos sectores, riesgos que demuestran un claro alejamiento del modo conservador que puebla los (escasos, por otro lado) estantes de lírica actual que vale la pena leer. Libros como Tesaurus, de Karen Villeda, o Tránsito, de Claudina Domingo muestran, con una propuesta distinta cada uno, pero llena de vasos comunicantes en su estilo e intenciones conceptuales, que la poesía joven mexicana tiende cada vez más notoriamente a cierta experimentación verbal y conceptual que el tiempo, como siempre, habrá de aquilatar obra por obra. No quiero ni debo calificar aquí los libros que he mencionado ni sus propuestas. Me declaro, más que escéptico, espectador —expectante— de lo que sucederá con ellas.
Por lo pronto, lo cierto es que la aparición de libros como éstos es un síntoma de la necesidad de renovación en el modo de hacer poesía, por jóvenes, en México. Aunque es innegable, por otro lado, la existencia de una corriente supuestamente conservadora que ha dado buenos libros y poemas, y también ha dado más de una célebre camada de repetidores de formulas y tópicos anteriores, con infinitamente menos talento que aquellos poetas mayores de quienes se toma prestado. Esas cosas pasan. Lo importante es que, en resumen, la poesía joven en México, conservadora o no, busca renovarse.
Pero ahora quiero dedicarme específicamente a Pantone 8602, libro de Rodrigo Castillo (Ciudad de México, 1982) editado por Bonobos en el 2011. Me parece que este libro se sitúa en el medio de los dos extremos que he mencionado. Su tono y su tema, su manera de decir las cosas, y por tanto su modo de pensar la poesía tiene antecedentes mexicanos como Ricardo Castillo o, más certeramente, Gerardo Deniz, que es una de las influencias principales del autor, sin que esta influencia termine siendo vasallaje: estamos frente a una voz peculiar y, más todavía, frente a un poeta con una mirada e intenciones muy poco comunes: Castillo se interesa por lo real y no pretende hacerlo bello, no quiere partir de una realidad prosaica para hacerla poética, sino que pretende (y logra) dejar esa realidad tal y como está, revelar que eso es bello sin necesidad de acudir a la revelación poética. Para Rodrigo Castillo a la realidad, como a la cerveza amarga, hay que agarrarle gusto, y se lo agarra y escribe desde allí.
 El tono de los poemas no es, por ello, el del erudito, ni el del poeta lírico ni vanguardista, sino el de un poeta que puede ir, en un verso, del parnaso a la cantina, no para señalar nada, sino para regodearse en todo lo que le gusta, y que está allí, en el mundo. No es un libro, lo reitero, que busca embellecer las cosas, ni regodearse en la fealdad entendida como estética, sino un libro escrito desde una sensibilidad que disfruta las cosas como quien puede hacerlo, a partir de un leguaje que, sin ser hermético, requiere el esfuerzo del lector.  Ese modo decir las cosas es, creo, el aporte de Rodrigo Castillo, y es un aporte logrado, no una mera intención. No es un libro que busca solamente, aunque lo hace, sino que, creo, logra lo que pretende.
Dividido en cuatro fragmentos (En Xico soy Eneas, Nostos, Mudanzas y Fluidos) el libro tiene diversos ejes narrativos que pasan siempre por el erotismo, la lectura misma y la factura poética, como obsesiones claras.  Es imposible no darse cuenta de que el viaje, el desplazamiento y la épica (La Odisea y la Eneida son las referencias vertebradoras de la obra) son determinantes en lo temático y en lo tonal de este libro que no teme en pasar de lo literario a lo no-literario en una misma estrofa: no distingue entre registros, no lo quiere. La belleza del texto está precisamente allí, en su escritura unificadora que no pretende nada más que decir las cosas sin maquillarlas, acaso sí burlándose de ellas y de sí mismo (de la misma voz poética y sus horizontes intelectuales e ideológicos, quiero decir), porque después de todo es Ésa nuestra fe, la más ardiente, que colea / entre un escepticismo mamón y la lectura / completa de Heidegger. (Poema donde el perro ladra, 26).
Observando la lista de sus obsesiones (erotismo, viaje, amor, la misma escritura)  nada nuevo parece posible decir, pero ¿qué tal si esas constantes dichas y redichas están pensadas del siguiente modo, y vistas en los siguientes referentes?:

Me quedé callado. En esos momentos, cuando dispuse
de su hilo entre las nalgas, vacilé: una bóveda celeste, Orión dando de tumbos
al Minotauro, ella con sus zapatillas puestas, amarillo entre su coxis,
un crepúsculo en serio ensombreció su declinar. Afuera, a cántaros la lluvia,
Lavinia, mirando el cielo de Xico, presagiaba un resfriado.

                                                                  (En Xico el paisaje no es verde, 11)

…ella mirándome, sin queja o quizá con todas las del mundo,
arrobada por su bolso y las fotocopias del Libro del Buen Amor.
Y cómo no si uno de los dos debía tener los pies sobre el piso
y mantener las decisiones del otro, el que optó, en este trecho,
divertirse. Por desgracia ese fui yo, el de las fiestas que terminan
temprano porque ella dice tener sueño,
porque “ella”, entrecomillada, es forma y contenido,
intención y exégesis, no un poema.

                                                                     (Cuando pienso en no asirme, 18)

De cualquier modo algo pasará, los libros no leídos, guardados en cajas
y Bolaño adentro espera seguir burlándose de los míos. Los poetas.
Es cierto [qué verdad más cierta hay] que no moriremos juntos,
que no sepamos jamás uno del otro. Morirán también todos los hombres
una y otra vez y los ríos desbordarán como lo hacen cada año.
Chalco, Chimalhuacán, algo pasará pero no estaré aquí para contarlo.
Ni ella tampoco ni sus sombras ni labiales ni el desorden de la habitación
que deja encima de la cama, el talco, cotonetes (que llamo por idiota hisopos)
[lo que más detesto] la toalla mojada y sus huellas embarradas en el piso,
para nada sirvió el tapete que compramos en Taxco, ya me decías,
era mejor idea llevar un alhajero.

                                                                        (Plebeya, 39)

(…)cuando te cortaron el seno. Seno de río,
madre que desboca tu chichi extirpada.
“¿Y ahora cómo voy a alimentar a míos críos?”
(A decir verdad a tus cincuenta lo vería difícil).
Así, podemos ahorrarnos preguntas inútiles:
—¿a dónde vas con ese que te sobra?—
—enigma sin solución.
—gran ventaja para las cabezas.
—quedarse para siempre.
—sin chuparte los pezones.
Y sí, de rebote, nos vimos caminando en Lechería,
compramos unas crepas y subiste al auto.
Me despedí como se despiden los grandes:
apreté la que sobraba y tú, a lo lejos, sobre Periférico.

                                                                             (Debut pornográfico, 52)


No la realidad sino más precisamente la cotidianidad se asoma siempre en los poemas de este libro. Con ello, Castillo no deja que el lector se quede en el puro ensoñamiento poético, sino que busca exactamente el efecto contrario. Dicho brevemente, los poemas de este libro están hechos para no salir del mundo. Sin embargo, tampoco buscan internarse en él. Quieren mirarlo y, para ello, se sirven de un lenguaje que mantiene un tono capaz de ir sin sobresaltos de una reflexión sobre la muerte hasta la transformación de este pensamiento en una referencia cotidiana, actual:

Los muertos, te dije, con esto los atarantamos, sus cerebros, vaya pues
sus desdichas, y del cuerpo, esos que se fueron incompletos,
(por eso no hay fotos de los míos) sin la mitad del estómago,
sin una pierna, con la espalda llagada, etcétera.
No, mejor abre las cervezas y prende la televisión,
The Wire está empezando, en Baltimore, tú sabes,
también la gente muere.

                                       (Nos fuimos a Narvarte a encender veladoras  41)

En este libro, y es importante señalarlo, lo cotidiano no se confunde con lo conversacional: su naturalidad no es un asunto de tono, sino una manera de aprehender el mundo.  La dicción de cada poema ha sido cuidada y, en ese sentido, no se busca mayor experimentación. La novedad de este libro  no está tanto en cómo dice las cosas, sino en   cómo el hablante las siente.
Creo, para regresar a lo que decía acerca de las tendencias de la poesía joven en México, que un libro como el que ahora reseño tiene claros, aunque escasos, referentes  en la tradición mexicana, pero en cambio no tiene ningún o casi ningún contemporáneo, sobre todo en cuanto a esa manera de escribir la realidad, sin aplicarle un filtro de poeticidad que busque  embellecerla. El libro cree, sinceramente, que nada tiene de malo venir al mundo a morirse y ya, y lo dice así, sin desenfado.
       Quizá por ser yo un lector tradicional y algo conservador, el poema central, ¨Plebeya¨, ha llamado mi atención de un modo peculiar: me parece que en él se encuentra desnudo ese afán de meter la realidad en el poema. Por supuesto, no "la realidad" de los poetas sociales sino ésta, la corriente y cotidiana puesta allí sin solemnidad alguna. Creo que este poema, y el que da nombre al libro (dicho sea de paso, el Pantone 8602 es un color, un tinte oscuro que no llega a ser negro, un tono terroso y plomizo, pesado, es decir, con aspecto de realidad) deben ser visitados con cuidado por el lector que deberá leer con calma: no es ésta una lectura rápida ni sencilla. Es, sin embargo, una lectura disfrutable. Hay poesía, buena poesía, en este raro ejemplar.
Puedo decir, sin temor a equivocarme, que Pantone 8602 no es un  libro con gesto vanguardista, no es iconoclasta, no grita cosas con escándalo. De hecho, es clarísima la deuda del autor con todo el canon occidental del siglo de oro hasta ahora. Lo que sucede es que le gusta poner en el centro del poema esa otra belleza no preciosa ni domada. No es tampoco, por supuesto, un libro conservador. En ese sitio intermedio, y pudiendo presentar novedad y belleza se coloca este ejemplar breve, valioso y extraño. Es un libro raro que tendrá, como lo tuvieron los autores que admira Rodrigo Castillo, pocos pero fervientes lectores que gustan de esos modos de pensar el mundo y el poema.



Thursday, October 04, 2012

En la orilla del silencio: Ensayos sobre Alí Chumacero




Finalmente ha sido publicado ¨En la orilla del silencio: ensayos sobre Alí Chumacero¨, en el Fondo Editorial Tierra Adentro. El libro ha sido coordinado por mí, con la participación de Ignacio Sanchez Prado, Eva Castañeda B, Jorge Aguilera López, Agustín Abreu Cornelio, Marco Antonio Rodriguez Murillo, Ivan Trejo y Lorena Ventura. 


La contraportada dice: ESTE LIBRO NO PRETENDE ser un homenaje más a Alí Chumacero. La suya es una obra poética entera y cerrada, a la que es necesario alejar del mausoleo y la crítica acartonada. Los ensayos reunidos en este volumen, coordinado por Manuel Iris, buscan responder preguntas como: ¿por qué en la literatura mexicana es central la figura de Chumacero, si tiene una obra tan breve? y, ¿hay un grupo de poetas que continúe su escuela? Los autores que escriben en las páginas de En la orilla del silencio dan elocuentes respuestas y, a la vez, hacen una contribución encaminada a leer de nuevos modos a este poeta que, como dice el propio Iris, suele dar la ilusión de haberse entendido ya.

Está a la venta en todas las librerías Educal del país.


Sunday, September 23, 2012

What purpose do you serve?: The practical function of poetry



From: Agulha, Revista de Cultura (The original Spanish version can be read in this same blog)




This text was read as part of a lectures panel on the Practical function of poetry (“La Función práctica de la poesía”), during the 3rd National Conference of Young Writers in Monterrey, Nuevo León, Mexico, August 2011.

Translated  by Allan Vidigal.



Let me begin by expressing my thanks for the invitation back here to Monterrey, one of the most beautiful and industrious cities in a country now divided between hope and fear, shame and faith, violence and quiet. As fate would have it, I come here fresh from a visit to Bogotá and Caracas, on a recent holiday, to investigate poetry.
 Bogotá, Caracas, Monterrey. The three cities are or have been seen as dangerous, but also as places of poetry, as cultural hubs, and the homes of remarkable artists. I recall those destinations because in all three cities I was asked (by taxi drivers, salespersons and even librarians over there, at a much more formal conference here) about the practical function of poetry.
What do you do for a living? What purpose does poetry serve? These are questions I’m often asked in contexts as variegated as my family or the university. The two questions convey another that, out of embarrassment perhaps, no one dares to ask: Poet, what purpose do you serve? I can’t help but take the matter personally and answer, knowing beforehand that, regardless of the response and of the little affection certain audiences may have for it, poetry will continue to exist.
My answer begins by pointing out that I am not and will not be a social poet. I am, however, a poet and a citizen aware of his surroundings. It is no surprise, then, that in cities like the ones I have visited this past month and others not as violent, people, both more intellectual and more pedestrian, should be curious about the subject at hand.
I believe that any question about the practical purpose of poetry is a trick question: when someone asks what purpose is served by poetry – poetry, which has always been and will never disappear; poetry, which is necessary-, the issue lies not in poetry, but in the use they make of the verb to serve, assuming that things only serve when they create or produce something that can be bought, or sold, or used as a tool. Certainly, poetry has no utility, it doesn’t serve as a hammer, or a gun, or a screwdriver. Nor does it sell or buy anything, and maybe this is why it has a clear, albeit false, appearance of uselessness.
 Faced with this trap, a few poets have found themselves caught and have even admitted, without necessity and sometimes with a little vanity, the uselessness of poetry. Nothing could be more wrong. Poetry is useful in a different order of ideas, perhaps not a higher order, but one that does exist: poetry in full at least signals and explores the gaps in our social life and individual consciousness. And so it really serves not to count things, nor to make money, nor even to boost technology, but so that we can reveal our nature in a non-routine manner. This is its use, and not in any way idealized or figurative. It is a practical use. And failing to realize it as such belies not a “lack” of meaning in poetry, but a clear mechanization of our social and individual lives.
Poetry is (among many other things) and has been since the beginning of time a means to communicate with ourselves and with transcendence, and has not changed except in format. I don’t doubt that the notion that poetry is useless is also ancient, but here and now, as in other times of hopelessness, it is mentioned more often and even with a pinch of bad faith. It is the fruit, actually, of asking poetry for things it has no reason to provide, even if provide it may on occasion: poetry is not intended to stop wars, solve the issue of famine, end poverty, and nor is it supposed to. There is no sense in demanding that it should solve problems it never created and, still, in times like these, poetry – and not just social poetry – is completely necessary.
Let me calm down and return to the issue of the utility of poetry by telling a recent anecdote. In Bogotá, a lady who sold me pastries asked, while talking vary casually about poetry, what is it for?, and a young girl who was helping her sell answered, as if apologizing to me, the boy writes poems, they speak of love, of beautiful things. Her reply was very well meaning, and I appreciate it. Still, to say that a poet is useful because he makes beautiful things is almost the same as equating him with a maker of decorative knick-knacks. A poem’s purpose is far deeper, eve if it begins with a need to add a beautiful object to reality. We so face not only a trick question (what purpose does poetry serve?) but also an equally tricky question (it speaks of beautiful things). Both invalidate poetry and make it look like an unnecessary luxury, a pair of cuff links. I believe poets must be careful not to enter any of those dynamics.
 After the kind response from the pastry vendor’s helper, let us now discuss that from certain young poets (or so I heard it from them), according to whom in the midst of so much sadness and violence, poetry is an oasis of sorts, a kind of locus amoenus that serves as sanctuary from reality. To complete the cliché, someone will soon call them “escapist” and they will quickly start talking about symbolism, about pure poetry, and all those things that have been said and repeated over and over.
It is a huge misunderstanding, not because their poetry is actually an escape, but because it was not (I hope) written as such, as something to distract readers from their surrounding reality. The poem has appeared and is there, in the world, performing its function of linking men to their nature, as if seeing it for the first time. 
But who has called the poets I refer to escapists? The others, the “aware” and “responsible” poets, those who hit the road and turn poetry from song into a gun loaded with the future, human and real. In this case, my friends, it appears to me as a poet that the trap is even deeper: I think poetry is not required to talk about human strife, even it is able to. My point is that I completely disagree with those who argue that poetry must speak of this or that. Poetry must be poetry and nothing else. To speak of what it will, whether the subject is social or not.
A poem, even a social poem, is an intimate act; a poem happens in solitude. Therefore, a poet must be candid, honest and responsible towards poetry. Others may or may not be in it. We cannot forget that poets, however social they may be, are also citizens. What a poet says or does not say should not affect his or her actions as a citizen. That is, the absence of protest in a poem does not require it to be absent from the streets. A poet is a citizen like anyone else and, as such, must perform his or her social duty.
The practical use of a poem is to shed light on ignored or obscure corners of our nature. It is to show that not everything must serve like a car does, because a poem reveals another possible for (as ancient as the former and perhaps more necessary) of usefulness. A poem’s uses are also as vast as its possibilities: it can speak of anything, express discontent as much as rage, love, desire. A poem’s use – and I say again, a practical use – is to serve as the instrument and embodiment of an idea/emotion that cannot be said any other way.
Poetry, all poetry, is necessary. Art is necessary, required. Its justification, however, lies in another order of ideas. This means, dear friends, that poets are like jugglers, bakers and architects, we serve a purpose. We have earned the right to exist.


Manuel Iris

Traducción de un poema de E.E. Cummings


I carry your heart

                   E.E. Cummings



i carry your heart with me (i carry it in
my heart) i am never without it (anywhere
i go you go, my dear; and whatever is done
by only me is your doing, my darling)                                                        
i fearno fate (for you are my fate, my sweet) i want
no world (for beautiful you are my world, my true)
and it's you are whatever a moon has always meant
and whatever a sun will always sing is you

here is the deepest secret nobody knows
(here is the root of the root and the bud of the bud
and the sky of the sky of a tree called life; which grows
higher than soul can hope or mind can hide)
and this is the wonder that's keeping the stars apart

i carry your heart (i carry it in my heart)





Llevo yo tu corazón

      Versión de Manuel Iris


Llevo yo  tu corazón (lo llevo dentro
de mi corazón) y  nunca estoy sin él (a donde voy
 tú vas, Amor, y lo que sea que yo haga
estás haciendo, amada)
no le temo
al destino (porque tú eres mi destino, dulce mía) ni quiero
el mundo (por hermosa eres mi mundo, verdad mía)
y eres todo eso que la luna ha, alguna vez, significado
y cualquier cosa que un sol cante, alguna vez, serás también.

Éste es el secreto más profundo, el que nadie sabe
(ésta es la raíz de la raíz, el destino del destino
y el cielo del cielo de un árbol que se llama vida, que crece
más alto de lo que un alma puede desear o una mente ocultar)
y esta es la maravilla que mantiene, separadas, las estrellas.

Llevo yo tu corazón (lo llevo dentro
de mi corazón).


The Academy of American Poets Announces the 2025 Recipients of the Ambroggio Prize

  New York, NY (March 11, 2025)—The Academy of American Poets announces that  Toda la tierra es un jardín de monstruos / The Whole Earth Is ...