Sunday, May 15, 2011

Poesía y circunstancia: La sal de la locura, de Freddy Yezzed




Tomado de Replicante

Se me ha pedido reseñar un libro de poesía y, como sucede a veces, antes de abrirlo empecé a valorarlo, a tener cautela. Su historia (aquí deliberadamente inseparable de la propia obra) lo convierte al mismo tiempo en una novedad y en un representante de la que es, acaso, la tradición poética más antigua: esa que habla del nexo, simbólico o real, entre poesía y locura.

Dada la peculiaridad del libro he sentido necesario hacer una reseña tripartita leyéndolo primeramente en su circunstancia, con todas las interrogantes que de allí se desprenden, luego atendiendo exclusivamente al texto más allá de la historia de su escritura, y terminando con una postdata que el lector del libro y de esta reseña no debe dejar de leer.


I

Siguiendo el plan que el propio libro supone empecé, antes que a leer los poemas, a leer en su prólogo, titulado Palabras desde la cordura, la siguiente explicación del autor:
El 11 de mayo del 2005 ingresé a Urgencias del Hospital Neuropsiquiátrico J. T. Borda de Buenos Aires. El primer dictamen fue que sufría de una alteración nerviosa y un grado alto de delirio con fuerte propensión a la violencia. Echaba saliva por la boca, gritaba obscenidades y me golpeaba contra las paredes.
[...]
En marzo del año antepasado ingresó una psicóloga a hacer sus prácticas, la Dra. Dalzotto. Ella fue la primera que me sugirió escribir los “monólogos blancos”, como yo solía llamar a esas voces en mi mente. Me rehusé de forma tajante. Pasaron meses de terapia con ella, hasta que una vez me mostró un conjunto de hojas impresas tituladas “La sal de la locura”. Las miré con temor. Me confesó que me había grabado durante nuestras cortas sesiones y que en sus horas de descanso transcribió lo que le parecía más coherente. Mi primera reacción fue de ira y decepción. Luego abandoné la terapia por petición personal.
[...]
Dedico a la Dra. Dalzotto este libro, que si tiene valor estético es por la ayuda de su mano, que si tiene valor espiritual es por la sal que extirpó de mi locura [pp. 7-8].
Por razones de espacio suprimí otras aclaraciones del prólogo, como la presencia de un “reconocido poeta” que, junto con la doctora Dalzotto, corrigió y seleccionó de entre los 685 —nada menos— textos que en dos años fueron dictados por Fredy Yezzed, hasta que La sal de la locura tomó la forma con que ganó el primer premio del VII concurso nacional Macedonio Fernández en el área de poesía, en diciembre del 2010, en Argentina, lo cual fue el motivo de su publicación.
No podemos ignorar que ese preliminar, firmando bajo el seudónimo Ariel Müller, formaba parte del manuscrito que se entregó al concurso literario. Es decir: se ha considerado necesario, desde ese momento, que la historia del libro preceda al propio texto para su dictamen. Se ha querido condicionar la lectura.
Personalmente creo que la poesía, si lo es, puede (no debe)prescindir de la figura del autor y hasta de su contexto de creación: es el poema quien crea al poeta, y no al revés. Pero este libro no quiere dejarle al lector esa opción: no nos deja matar al autor, sino que se vuelca precisamente sobre él, para que sea a partir de esa anécdota (impresionante, queda claro) que la obra se valore.
Sabiendo que el prólogo pudo ser leído como una ficción, no hablo aquí de su pertinencia, y me dispongo a preguntar por asuntos que me intrigan más: ¿Quién es el autor de este libro dictado (¿podemos llamar dictado a ese delirio?) sin intención de ser poesía, por un ser humano fuera de sí, para ser recogido, transcrito y hasta titulado por su doctora, y que fue finalmente corregido y seleccionado por otro poeta? Aunque valdría la pena preguntar primero: ¿importa resolver lo anterior cuando el libro es, a final de cuentas, un libro de poesía verdadera?
Personalmente creo que la poesía, si lo es, puede (no debe) prescindir de la figura del autor y hasta de su contexto de creación: es el poema quien crea al poeta, y no al revés. Pero este libro no quiere dejarle al lector esa opción: no nos deja matar al autor, sino que se vuelca precisamente sobre él, para que sea a partir de esa anécdota (impresionante, queda claro) que la obra se valore. El lector tiene el libro y la historia del libro, que lo amplía y enriquece.
Tal proceder no me parece condenable por parte del poeta o la editorial: conozco lectores de poesía especialmente interesados en libros y autores con historias similares. Pienso en los seguidores del español Leopoldo María Panero, con sus ya muchos e irregulares libros escritos en hospitales siquiátricos, o en los que buscan y comentan los Poemas de la locurade Hölderlin, por decir dos ejemplos ampliamente conocidos. Reservando las proporciones, estoy seguro de que La sal de la locura ganará hordas de lectores fascinados y de que el autor tiene ya sobre sí el halo de misterio que acompaña a los poetas oscuros.
Creo que hay que partir de allí hacia el poema y que nada justifica un poema deficiente, como nada descifra un poema luminoso. La poesía por sí misma es el misterio, sin importar su génesis. Dicho simplemente, un poema verdadero debe ser capaz de abandonar a su autor. ¿Lo logra hacer esto La sal de la locura?


II

Una vez en el interior del libro el lector se encuentra frente a una nueva serie de interrogantes: ¿Son poemas todos los textos aquí reunidos? Me ha parecido estar, en muchos momentos, frente a un testimonio, una narración o una prosa poética. He visto también poesía. El primer texto es uno de los mejor logrados, y da idea del tono del libro completo:
ES CLARO QUE Dios se escapó de mi cráneo. Que se fue dejando una estela de sangre. Una gotita que un gorrión pisa y esparce sobre el piso blanco.
Escuchaba yo una llanura de carneros, los oía arrancar con sus quijadas las raíces. Ese ruido cuando arrancamos la hierba, ese mismo ruidito cuando arrancamos una rosa como un cabello.
Tal vez quise decir que escuchaba voces. Un susurro inesperado al cruzar la calle. Volteo y miro alrededor y no hay nadie, pero alguien que no está me mira desde la esquina. Solo. Inquietante.
Fue el viento, me digo.
Fue sólo el viento, me repito.
[9]
Tristemente luego hay prosas irregulares, en las que lo autobiográfico llega, me parece, hasta el exhibicionismo y tal vez la invención. No son muchas esas ocasiones, pero sin duda las hay.
Tristemente luego hay prosas irregulares, en las que lo autobiográfico llega, me parece, hasta el exhibicionismo y tal vez la invención. No son muchas esas ocasiones, pero sin duda las hay.
Aunque creo justo calificarlo de irregular,La sal de la locura es un libro consistentemente armado, lleno de poemas oscuros en los que se trasluce a cada momento una retórica del malditismo ya muy conocida, pero todavía bien lograda. A pesar de que su mayor virtud la historia de su escritura, admito con placer que el libro tiene muchos momentos brillantes.
Deambulando entre el testimonio, la narración, la autobiografía, la prosa poética y el poema en prosa, el libro que ahora reseño es definitivamente literatura. Sin creer que es una obra maestra, no titubeo en decir que es un libro de poesía verdadera.


Postdata imprescindible

Freddy Yezzed López nació en Bogotá en 1979. Es Licenciado en Lenguas Modernas por la Universidad de La Salle y Profesional en Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana. Ha ganado varios premios literarios, en cuento y poesía. Su tesis de grado Las raíces del poema en prosa en Colombia: A propósito de José Asunción Silva y Luis Vidales fue laureada y terminó por dar paso a la Primera Antología del poema en prosa colombiano, de próxima publicación. Actualmente radica en Buenos Aires, donde realiza estudios doctorales. La sal de la locura es su primera obra publicada.
Jamás ha estado en un hospital siquiátrico.



Monday, May 09, 2011

Vela de armas, de Juan Calzadilla





Tomado de Jornal de poesia




Contrario a la costumbre de las reseñas contemporáneas, no hablo aquí de un libro Vela de armas (Ediciones El árbol Editores. Caracas, Venezuela, 2007) –con la tinta fresca todavía, de una ‘novedad’ editorial. Hablo, sin embargo, de un libro de poesía sumamente actual salido de la pluma de Juan Calzadilla (1930, Altagracia de Orituco), decano de la poesía, el ensayo y la plástica venezolana.
Como si se tratase de un signo caligráfico, pocas líneas son necesarias para trazar su perfil: de talante fielmente vanguardista, participa en la fundación del Grupo Apocalipsis de tendencia surrealista, en Maracaibo, funda en el diario El Universal la columna 'Reseña de la Semana', dedicada a la actualidad plástica, luego es miembro fundador de El Techo de la Ballena, grupo de vanguardia que repercute de manera significativa en la actividad literaria y plástica durante la década de los ' 60, y es más tarde miembro del movimiento pictórico conocido como Informalismo. Con todo, Calzadilla tiene una obra poética de más de 20 títulos, a la fecha. El más reciente de ellos es el que ahora nos ocupa: Vela de armas.
Porque nada es gratuito (lo que no significa dejar de lado el azar) en poesía, ya desde el título se nos habla de lo que será un conjunto de textos contemplativos, pero no pasivos: como caballero medieval, acaso como Don Quijote en su primera salida, Calzadilla está velando las armas, está quieto y al mismo tiempo cuidando la posibilidad del combate. Velar las armas es estar alerta, y el poeta lo está. Sin embargo, su alerta no atiende al orden normal de las cosas. Por ello, declara en el poema que le sirve de Proemio:
Sólo tengo ojos para lo que no existe
pues lo visible es lo que ya ha sido creado
sin resistencia, sin necesidad de nombrarlo
nuevamente por las palabras…
Lo velado, las armas, se encuentran más allá de lo que ha sido creado y aceptado sin resistencia. La batalla potencial es acaso con la realidad misma, pero no en éste libro. Aquí se cuida lo apetrechado, la munición dispuesta. Es este carácter pre-belicoso lo que me parece cohesiona los poemas tan diversos de Velar las armas, que lo mismo habla de la creación poética que del mundo, del poeta en el mundo, de sexo o de la muerte.
Visto así, Vela de armas es una colección de poemas y al mismo tiempo un libro integral. Me explico: sus poemas no tienen un eje temático ni formal, pero los une un carácter proposicional: todos los poemas toman una postura respecto de aquello a lo que se refieren. Quiero decir que, como es de esperarse en un artista “total” o “integral”, como él mismo se define haciendo referencia a su capacidad para pasar de una forma artística a la otra casi sin notarlo, éste no es un libro de exploración sino de propuestas. El tono poético de Calzadilla es ya cierto y sólido. Su poesía es, con plena convicción y sin ningún aspaviento dramático, desencantada, de un pesimismo burlón y desenfadado que empieza y termina por desdeñar el preciosismo, la floritura. Vela de armas es el libro de un poeta decano que se sabe en posición de aconsejar como lo hace en el segundo poema de su libro, titulado Consejos a los jóvenes poetas, y que yo cito completo:
No digas todo de un golpe,
Dilo poco a poco.
Manda al diablo la versificación y la métrica.
La impostación y la retórica.
Promedia tus necesidades de verbalización
de modo que tu discurso no resulte largo ni torpe.
El poema como el aliento debe ser corto,
y las palabras no demasiado enfáticas
para que, cuando te sientes a escribir
digas con exactitud todo lo que nunca
Llegarás a saber de las cosas.
Este poema, como los demás del libro, afirma una postura sin vacilaciones. No estamos frente a un poeta que se acerca a la poesía para indagar, sino frente a un artista que la usa como medio para expresar que ha tomado partido, que cree algo, aunque ese algo sea precisamente no creer, o en burlarse de esa ‘increíble realidad de las cosas’ que abarca incluso la imagen propia y la ajena. Por esta disociación del “yo” salta más de una vez en el libro la imagen de Rimbraud, disociador de lo mismo hasta volverlo múltiple, que Calzadilla sigue hasta el extremo de titular un poema Yo es otro, partiendo hacia la no-comunión con su propia imagen, en el espejo:
Lo que el espejo dice de mí
no crean que me reconforta.
Cuando me veo en él me veo perdido
como si, más que un espejo,
se tratara de mi fosa.
Ya quisiera yo verme en él de cuerpo entero,
libre de edad y de los estragos del tiempo
sin recibir amenazas
de una sustancia extraña y lisa
que tomándose atribuciones
y hablando en mi nombre
se empeña en demostrar que
ese que veo en el espejo no es yo
sino otro.
Esta disociación entre el cuerpo y la energía inmortal que contiene aparece en varios textos de este libro, diseminados como la intención de no aparentar que se trata de una obsesión recurrente. De modo novedoso, aparece en esos poemas el nada nuevo tema del tempus figit que el poeta aprovecha para hablar de su propio cuerpo como algo lejano, no propio. A veces el poema está incluso fuera del ‘yo’ como hablante lírico. Cito fragmentos de dos poemas consecutivos en el libro, aComo espejo de sí mismo:
Examen de la territorialidad matutina que este sujeto rinde al despertar. Suerte de ceremonia diaria mediante la cual pasa revista a las propiedades de su cuerpo. Despabila, se rasca, examina en el espejo el mapa fláccido de su rostro, flexiona una y otra vez cada uno de sus músculos para verificar si giran en sus cuerpos…
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Y de El espécimen dentro del cual momentáneamente quepo:
Mientras camino me vuelvo real en el espacio que mi cuerpo llena, y me hago evidente como una interrogante que marcha o, con más exactitud, como una palabra ensamblada a duras penas sobre el eje junco de mis dos piernas.
Entiéndase bien, sucede que trato de ser apto, de trata de que existo modelado por las cifras de mi nombre…
Como dije al inicio, éste es un libro de seguridades plenas, aunque sean ellas las que dinamiten la propia concepción de la realidad. Por la factura de los poemas, a pesar de (o precisamente por) ser un libro salido de la pluma de uno de los surrealistas más importantes de Latinoamérica, no me parece éste un libro plenamente surrealista, sino una suerte de cartografía de obsesiones personales desarrolladas como tópicos poéticos, amalgamados por una clara anti-técnica, reservada por momentos.
Uno de los poemas más peculiares por su tema y tratamiento es Asuntos del Trópico, que no puede leerse sin pensar en los poemas llenos de luz escritos por un poeta también venezolano, solamente 8 años menor que Calzadilla, aunque mucho más cuidadoso de la forma del poema, concebido como canto. Hablo por supuesto de Eugenio Montejo, y de su bello texto Trópico absoluto. Por la fecha de publicación, es fácil pensar en una influencia directa del texto de Montejo en el poema de Calzadilla, lo cual es en sí mismo una lección de poesía: las armas se velan contra la realidad, pero jamás contra poesías distintas, mientras efectivamente sean poesía. Por ello adquiere especial significado que la colección en que se publica el libro que ahora reseño se llame precisamente “Alfabeto del mundo”, en honor a un libro de Montejo. Dejando de lado la retórica onírica, el poema de Calzadilla asegura:
El sol
no hace ruido pero cómo
quema. esa es su manera
de dorarnos la píldora
para recordarnos con saña
que le debemos la vida.
Esa es su manera
de pasarnos la cuenta
y de decirnos que son
nuestros cuerpos el papel
donde más goza escribiendo su recibo…
Así, en Vela de armas no hay un tema permanente, pero sí un carácter afirmador que termina por ser el elemento aglutinante del libro. Ciertamente, debo decirlo, en el libro hay una clara reiteración del tema de la muerte y del cuerpo, que no termina sin embargo por ser su eje central, porque no lo hay. Lo mismo puede decirse de las reflexiones sobre el cómo escribir, esbozadas en los Consejos a los jóvenes poetas, y retomadas en el poema Cuando estás cazando caribús/debes pensar como un caribú, en el que se asegura:
Cuando estés escribiendo, obsérvate como si
fueras la escritura
con el lápiz apuntando hacia el centro de ti
rayándote el alma.
Además de los citados hay poemas que hablan de sexo, el arte y el mercado, el cansancio, la duda permanente, y otros temas…pero el libro es sorprendentemente esbelto, breve. No soprende por ello que cada poema cumpla una función aforística: decir algo, si no claramente expresado, firmemente creído.
Desde mi lectura, cada una de estas posturas, cada poema del libro es una forma de velar las armas, de prevenir el combate que será frontal contra la realidad paralizada…pero no en este libro que ha decidido apelar únicamente a lo invisible, desde el Proemio, dejando afuera lo otro.
Con todos sus aspavientos e ironías, estamos frente a un libro contemplativo venido de las manos de un guerrero o de un Quijote que conoce las batallas, que las ha ganado, y que ahora vela y aconseja y que, preocupado por el tiempo, termina el libro escribiendo su Epitafio, e interpelando con ello a los que vendrán después, a los jóvenes aconsejados, a esos lectores que lo siguen y a los cuales, generosa pero veladamente, les anuncia un lugar, una vacante que él mismo heredó:
Todos los que han muerto, murieron por mí.
Todos los que mueren, mueren por mí.
Si no murieron por mí, yo no estaría vivo
ni estuviera yo llenando por ellos
el lugar que dejaron vacío para mí.
No estaría yo ocupado
de escribir en este momento
el poema con que termino.
Vela de armas es, de inicio a fin, un libro en que puede leerse a un poeta dueño de sí mismo y de su propuesta, incluso en su anti-técnica de escritura que algunos lectores pueden leer como escritura simplemente descuidada, pero hay que leer el libro sabiendo su procedencia: Calzadilla es un decano de batalla y al mismo tiempo el más joven de todos, el reinventado.
Contrario a la mayoría de los libros de poesía actuales, Vela de armas no se dedica a cuestionar ni a ‘deconstruir’ nada sino que, partiendo del rechazo de la realidad como la conocemos, ejerce su voluntad expresiva señoreándose, lo que lo hace un libro raro y extremadamente valioso dentro y fuera de la obra de Juan Calzadilla, y de la propia poesía venezolana.

Wednesday, March 30, 2011

Retrato hablado de la fiera: evocación de un encuentro con Eduardo Lizalde




Manuel Iris

…será sin valor mi testimonio.

Rubén Bonifaz Nuño


No la buena memoria sino el temor al olvido provoca esta evocación de uno de los encuentros más notables de mi vida. Sucedido hace no demasiado tiempo, lo he referido tantas veces que he terminado por notar mis propias variaciones en el relato. Acaso para fijar una versión cuyos detalles seguramente luego de impreso este texto ampliaré o rectificaré en conversaciones, escribo estas páginas que sirven de homenaje y agradecimiento a un poeta mayor.

El encuentro, arreglado por la bondad de varios amigos míos, fue en la ciudad de Mérida, Yucatán, sitio en que yo radicaba entonces y en el cual el poeta visitaba familiares suyos en diciembre del 2005. Esos mismos amigos me dijeron de la llegada del Tigre un poco antes que sucediera, pero no me atreví a insinuarles que me lo presentasen. Estaba dispuesto, eso sí, a preguntar todas las anécdotas posibles de su visita. Lo recuerdo casi de memoria.

Y mismamente recuerdo que por la mañana del 23 de diciembre recibí una llamada al celular.

—¿Estoy hablando con el joven Manuel Iris?

—Sí, ¿quién habla?

—Manuel, te llama Eduardo Lizalde…

Me asusté, hice silencio. Dije:

—Maestro, mucho gusto.

—Te llamo para saber si te gustaría que platicásemos un rato. ¿Qué te parece un desayuno el día 26 por la mañana? ¿Tienes tiempo?

—Por supuesto que tengo tiempo, maestro.

—Perfecto. Pues, nos vemos el 26 a eso de las 10 de la mañana en el restaurante del Fiesta Americana, ¿te parece?

—Claro maestro. A las 10 de la mañana.

—Muy bien Manuel. Hasta entonces.

—Muchas gracias maestro.

Hasta hoy desconozco por qué medio mis amigos y los propios familiares del poeta radicados en Yucatán convencieron al Tigre de brindarle una atención de ese tamaño a un joven de 22 años, que no era (no es) más que un lector de muchos. Lo cierto es que luego de la llamada caminé varias horas por las calles cercanas a mi casa pensando qué decir dos días después, frente a él.

Con egoísmo del cual sigo esperando arrepentirme, le dije del futuro encuentro a todos mis amigos no-poetas, no-escritores, y evité así pasar la pena de llegar a la cita acompañado de una turba de muchachos como yo. No quería perder el estilo delante de un poeta que adivinaba serio, elegantísimo y temperamental.

El 26 llegué al restaurante del Fiesta Americana a las 8:00 de la mañana. Caminé un rato y a las 9:50 estaba ya en el lobby del hotel con la mejor de mis guayaberas, unos poemas míos, y mi primera edición de la Antología impersonal con toda la intención de que el Tigre la autografiase. Decidí ser discreto y dejé el libro encargado en la recepción, con el siguiente plan: si la plática terminaba bien iría a buscarlo y pediría el autógrafo, si no, podía retirarme discretamente y pasar luego por el libro. Guardé mis poemas.

Camino a la recepción reparé en que no tenía idea del aspecto de Lizalde más allá de la foto en la contraportada del libro que estaba a punto de entregar, así que le di un último vistazo y me dispuse a imaginar el rostro de ese hombre pasados unos años de capturada la imagen.

Subí al restaurante y todo era un fracaso: el Tigre no estaba o yo era incapaz de reconocerlo y además era tarde —las 10:15—, así que para no hacer esperar más al poeta decidí bajar de nuevo a la recepción y preguntar cómo se veía el huésped llamado Eduardo Lizalde, si no lo vieron subir al restaurante, cómo estaba vestido. Ensayaba disculpas. Se abrió el elevador, según recuerdo.

—¿Manuel?

—Maestro…

Tal vez no fue a propósito pero vistió de tigre: traje de un café muy claro, camisa dorada, corbata que hacía juego con un pañuelo mostaza, casi naranja. Como si lo estuviera viendo.

—¿Ya estás en alguna mesa? —No.

—Pues vamos.

Tomamos una mesa grande porque el Tigre esperaba, en un rato, a las personas con las que viajaba. Pedimos café y hablamos de la ciudad y de su clima caluroso en pleno invierno. Me preguntó:

—Bueno, Manuel, y ¿qué has leído de mis poemas?

—Todo.

El poeta rió, más que por mi declaración, por el candor con que la hice.

—Bueno, ¿y qué te gusta más?

—La verdad, maestro, lo que más me gusta es Cada cosa es babel.

Asintió con la cabeza. Se puso serio.

—O sea, también me gustan La zorra enferma y todo lo del tigre, pero ese libro me dice mucho. Todo eso de los nombres…

—Sí, es un libro sobre el lenguaje, cratiliano…me dio mucho trabajo escribirlo. En ese entonces leía mucha filosofía, eso estudié…

Me es imposible reconstruir un dialogo que duró 4 ó 5 horas en que hablamos ininterrumpidamente de poesía mexicana y poesía en general. Puedo decir, eso sí, que lo escuchaba hablar de amigos suyos cuyos nombres resonaban en mi cabeza como un listado de autores que, siendo para mí bibliografía y mito, cobraba en sus anécdotas una humanidad inusitada. No podía creer la familiaridad con que se refería a hombres que para mí eran nombres, vocablos de otros vocablos.

Recuerdo bien que me habló de una ocasión en que Neruda —he olvidado dónde y la ocasión, aunque las dijo— dio un discurso tan horrible y largo que varios poetas y artistas de distintos países sencillamente se retiraron del evento y lo dejaron hablando solo. En algún momento le dije de mi admiración por el grupo Orígenes, en especial por Lezama, y entonces me contó de cuando él, Álvaro (Mutis) y Eliseo (Diego) leyeron juntos en la feria del libro de Guadalajara, la ocasión que Cuba fue el país invitado.

A propósito de aquella vez, recordó la salud precaria de Eliseo Diego quien, a diferencia de él y Álvaro Mutis necesitó micrófono para leer porque, aun sin tomar en cuenta su delicado estado, es dueño de una poesía susurrante como su propia voz.

No sé si fue el Tigre o yo quien dijo que quizá el tono de los poemas de Eliseo Diego se debía precisamente a su voz, y que tal vez el tono oratorio de los poemas suyos se deba a su voz potente. De cualquier modo, desde aquella plática creo en esa relación entre el tono de un poeta y su voz física.

A lo largo de la charla el Tigre me preguntaba, amablemente, por mis lecturas, pidiéndome valoraciones de libros y poemas. Yo contestaba con temor al inicio, luego con más soltura porque el poeta era afable y decía bromas, me aprobaba. En algún momento preguntó por poetas actuales, como pasando lista. En pocos minutos llegamos a un personaje peculiarmente conocido y le dije, refiriéndome a aquél, que si escribiese como cree que escribe no sería quien es, sino Pessoa. El poeta rió —así es, anda con aura de iluminado— me dijo.

Hablamos largamente de chismes literarios, del premio Aguascalientes y, al menos en mi memoria, el poeta estaba de acuerdo con algunos de mis juicios. Hoy sé que fue amable. En algún momento dijo que, para no vivir en el DF, yo estaba bastante bien enterado de ese ‘ambiente’.

Ya con confianza empecé a preguntarle por dos poetas que todavía considero fundamentales: Rubén Bonifaz Nuño y Alí Chumacero. Me dijo que eran sus amigos, que ya estaban muy mayores pero estaban bien, y que él mismo los admiraba y respetaba mucho. Mencionó la palabra maestro al hablar de Bonifaz y habló del buen humor, del carácter de Alí Chumacero. De nuevo no podía creer que hablara de personas cuando yo le preguntaba por autores. Eso sí lo recuerdo.

Para almorzar más que para desayunar llegaron las acompañantes del poeta, quienes me saludaron con naturalidad. Pedimos algo (no recuerdo qué) para comer y platicamos todos, un rato largo. El poeta pidió la cuenta y no me dejó pagar: yo te invito, Manuel. El encuentro se acababa.

Supe que podía pedir el autógrafo. Me disculpé para ir al baño y fui en cambio a la recepción del hotel para buscar el libro que había dejado encargado. En el camino saqué los poemas de mi bolsa, los desdoblé y me detuve a releerlos. Dos de sus últimos versos decían El tigre es un incendio/contenido por sus rayas. Taché inmediatamente la palabra tigre, escribiendo sobre el tachón la palabra poema.

Cuando regresé a la mesa el poeta estaba de pie. Al ver el libro supo mi intención, y extendió la mano:

—Esto ya es una rareza bibliográfica

—Sí, me lo vendió un amigo.

—A ver, voy a corregirle un par de erratas en la contraportada…

Se puso los lentes, sacó su pluma y tachó las erratas en la afirmación de Pessoa “Dios es el nombre de otro Dios más grande” poniendo al lado de sus tachones las letras o palabras necesarias para leer “Dios es un hombre de otro Dios más grande” que es, según me dijo, la versión correcta. Mientras me dedicaba el libro, dijo:

—La primera vez que alguien me firmó un libro fue el maestro Enrique González Martínez. Para ese momento yo era muy joven y no había escrito nada, menos publicado. Pero me puso en la dedicatoria “para el joven poeta Eduardo Lizalde”.

Terminó de escribir y me entregó el libro. Le di mis poemas.

—Se los regalo, maestro.

—Muchas gracias Manuel.

Me despedí de sus acompañantes, estreché su mano y le dije “muchas gracias” varias veces, antes de irme. Minutos después, ya fuera del hotel y completamente seguro de que nadie me veía, me dispuse a leer la dedicatoria que acababa de obtener. Decía:


Para el joven poeta Manuel Iris,

Celebrando su información literaria y con

el gusto de conocerlo

y con el abrazo de


Eduardo Lizalde.

Mérida, Yuc. Dic 26 2005


Recuerdo muy bien todo eso, y lo agradezco profundamente. Quede asentado mi testimonio y tributo.



*El presente ensayo forma parte del libro " Una raya más. Ensayos sobre Eduardo Lizalde".Compilación de Victor Cabrera. Fondo Editorial Tierra Adentro, 2011.




Wednesday, February 16, 2011

Abrazo para Pedro Lastra




Eludiendo lo que se espera de una columna mensual, el presente testimonio busca dar noticia de la presencia y generosidad de un poeta mayor. Sin embargo, reservando eso para otro momento, no hace la crónica de una amistad, no cuenta anécdotas, y se decide a empezar por la poesía.
Pero digo, escuetamente, algo: el día que lo conocí, Pedro Lastra leyó un poema que terminó por afectarme hasta causar una respuesta mía, por supuesto muy inferior. Lleno de temor y de cariño pongo aquí su texto y el mío. Lo hago porque quiero hacer explícito homenaje y agradecimiento por todo lo aprendido, dentro y fuera del vocablo.
Contento, doy este texto como se da un abrazo y, por el momento, me conformo con eso. Más tarde vendrá la narración de algunas horas.
Cincinnati, OH. Febrero y 2011


Ya hablaremos de nuestra juventud



Pedro Lastra

Ya hablaremosde nuestra juventud,ya hablaremos después, muertos o vivoscon tanto tiempo encima,con años fantasmales que no fueron los nuestrosy días que vinieron del mar y regresarona su profunda permanencia.
Ya hablaremos de nuestra juventud
casi olvidándola,
confundiendo las noches y sus nombres,
lo que nos fue quitado, la presencia
de una turbia batalla con los sueños.

Hablaremos sentados en los parques
como veinte años antes, como treinta años antes,
indignados del mundo,
                                                       sin recordar palabra, quiénes fuimos,
                                                       dónde creció el amor,
                                                       en qué vagas ciudades habitamos.



Para brindar ahora

 
                           Homenaje a Pedro Lastra.
                          Para Raúl Diego y Denis Pech.


Después diremos que hemos sido jóvenes,
que salimos en aviones a buscar palabras
y muchachas nuevas.
                                                Que nos sentamos
la belleza en las rodillas, la encontramos amarga
y la injuriamos.

Después diremos que hemos sido mercenarios
de calles largas y licorerías.

Diremos que hemos despertado alegres.

Que una mañana desnudamos la poesía
y allí, frente a su cuerpo irregular y enorme
difícil de preñar
hemos tenido el miedo y el deseo
de que todo
termine.

Diremos
que nos hemos conformado
con hacer literatura:
                         
                                 quisimos armar piedras
                                 quisimos fundar tigres
                                 quisimos construir un templo de ceniza
                                 y alimentar su hoguera.
                      
Después diremos
que dejamos el lenguaje, que no nos hizo falta           
y partiremos, viejos y cansados
callándonos que todo
es una gran mentira.

Cincinnati, Ohio. Diciembre y 2008.





Tuesday, January 11, 2011

La otra herencia de Alí Chumacero


Manuel Iris

No conocí a Don Alí Chumacero. Lector constante y deslumbrado de su obra, no supe sino por amigos comunes de su humor, su cordial trato y su generosidad. En agosto del 2009 intenté verlo, entrevistarlo acerca de los temas de mi tesis doctoral (tal era mi pretexto), que contempla su trabajo. Su delicada salud hizo imposible un encuentro que ya no sucederá. El presente texto es, pues, un homenaje y un acto de comunicación con él, usando la única vía posible y verdaderamente a mi alcance: el silencio de lo escrito, las palabras en reposo.
Mucho mejor de lo que yo podría hacerlo, poetas y escritores mayores han señalado la importancia de Alí Chumacero en la poesía mexicana, latinoamericana y del orbe de la lengua. Mucho se ha dicho, aunque todavía no suficientemente fuera de México, de su poesía compacta, exacta como un diamante. Por ello no hago aquí un recuento de sus logros estéticos, sino señalo los diversos compromisos éticos que una vida como la suya deja en quienes actualmente pretendemos hacer poesía.
Lo digo porque tras pensar en un hombre que pasó su vida leyendo, reseñando, editando y comentando libros mientras escribía una poesía que después de tres breves entregas decidió dejar allí, suspendida y todavía creciendo, ahora hacia adentro, no puedo no dirigir mi atención a los poetas jóvenes de México, tan deslumbrados por un aparato cultural que a veces parece prometer fama instantánea y hasta no despreciables prebendas económicas. Nada malo hay en estas posibilidades, por supuesto. Pero quiero llamar atención sobre la vida de un hombre que vivió en y para la poesía, aun dejando de escribir poemas por más de 50 años.
Llegado al DF en 1937, Alí Chumacero trabajó desde un inicio en la difusión y el análisis de la literatura de su tiempo: se dedicó a leer y a colectar libros hasta tener una de las más extensas bibliotecas del país. Consagró toda su vida a formarse como lector.
Siendo el único poeta mexicano vivo que todavía podía reclamar herencia directa de Contemporaneos —grupo que, como señala Ignacio Sánchez Prado en su reciente pero ya imprescindible Naciones intelectuales, prácticamente crea e instaura la idea actual de poesía nacional—, no sólo es uno de nuestros poetas centrales, sino uno de los secretos forjadores de nuestro actual canon literario, gracias a su larga labor en el Fondo de Cultura Económica. Todo ello sin ser nunca un poeta central, y estando voluntariamente apartado de los medios. Silenciosa, su influencia ha sido imprescindible.
El maestro tenía 19 años cuando fundó, con los también muy jóvenes José Luís Martínez, Leopoldo Zea y Jorge González Durán, la revistaTierra Nueva, que es ahora una publicación histórica. No era su intención, únicamente, hacer su literatura. Tampoco pensó en la revista como un medio para difundir su obra, sino como una forma de servir a la palabra. De servir. Esta actitud también debe observarse y ser valorada en sus auténticos alcances.

Sé de oídas que el resultado de esa primera humildad frente al poema provocó la otra humildad de su persona: su disposición de ayudar a los jóvenes. El asunto, siempre, era servir de algún modo a la poesía.
Como cualquiera en este oficio, conozco poetas jóvenes con más premios y cuando menos el doble de la obra publicada de Alí Chumacero, todavía desesperados por “estar vigentes”. Pienso que debemos detenernos y pensar qué pasa. La vida del maestro debe ser una llamada de atención. Por ello, este homenaje quiere apelar al ejemplar silencio de Alí Chumacero, que compone la otra parte de su legado: una ética inseparable de su actuar estético.
Su vida es un llamado a la lentitud en la escritura, al silencio del que escribe, a la calma que produce frutos ya maduros, y a esa paz necesaria más que nunca en un México en que los poetas son casi una nueva clase social, tan gustosos de ser celebridades, antes que servidores del vocablo. Dueño de un oído poético privilegiado, Chumacero no escuchó sirenas.
No quiero extender más este homenaje que es también una acción de gracias para Alí Chumacero, y una invitación a pensar en su silencio y en su vida como propuesta ética congruente, palmo a palmo, con su compacta y luminosa poesía.
Como dije al principio, jamás conocí a Alí Chumacero. No estreché su mano pero acaso no hizo falta: le extiendo aquí, desde esta orilla, mi abrazo y mi agradecimiento.


*El presente texto fue publicado en la revista Tierra Adentro 167-168

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